
Amanece. Tras dar buena cuenta del desayuno matinal, salimos "escopeteaos" hacia la calle, esa calle que no conoce el cemento de la ciudad y que aún se haya compuesta sólo por tierra, piedras y algún matojo ocasional... y que a través de la cuesta del Bar de Clemente (a nuestra edad, las calles no tienen nombre, tienen referencias), nos hace llegar al frontón y a la fuente, punto habitual de reunión para comenzar las aventuras diarias. Llego el primero, las calles están desiertas salvo por algunos perros que pasean por ellas (el pueblo está lleno de ellos) y por Pedro José, que ya está sentado en su piedra habitual junto al morero (ésa que dicen se pesó una vez y pesa alrededor de 100 kilos).

















