
Es ese arraigo a algo que se considera importante, como las personas, cosas, lugares... El sentido de pertenencia a la casa, a la familia, a los amigos, al entorno que nos vio crecer, vivencias, que producen seguridad y hacen sentir como parte de algo...
Yo lo siento por el pueblo de mi familia materna. Soy de casa Campos, nieta de Mariano (la casa lleva su apellido) y Anunciación Plano de casa Marcelo, los cuales tuvieron siete hijos. La mayor, Ramona, se fue a trabajar a Pamplona, donde se casó con Fernando y tuvieron cuatro hijos. Yo soy la tercera.
Los primeros recuerdos que tengo de Lobera son de muy pequeña, aunque para entonces ya había estado varias veces, incluso sin cumplir el año de vida. Recuerdo la casa sin arreglar, lo que más, las escaleras que bajaban de la cocina a las cuadras donde además de muchas telas de araña, te decían que estaba el WC, y si no, tenías que salir al campo (no sé que era lo que menos miedo daba).
El abuelo y después el tío Máximo hacían migas (¡qué buenas!) y en la sobremesa jotas y risotadas que decía la abuela. Unas veces a cortar leña, otras a podar, o sulfatar, otras... ¡yo que sé, eran cosas de mayores!
De alguna manera mi círculo social se amplió con las primas Anabel de Plano y Ana Mari de Marcelo, también conocí a Belén, Mª Jesús y Bernardo de Clavel, Juan Miguel, Mariano y Vicente (que por entonces vivían en el pueblo), Pili de la Herme y su hermana Anabel (mi mejor amiga de la infancia), las Marisoles de Pepalonso y de Francia, Manolo de Obispo, José Luis de Gurría... perdonad si no os nombro a todos, ¡me vienen tantos nombres a la cabeza!
Las calles estaban sin arreglar, nos bañábamos en el Pozo del Puente o en el de la Raya. Había dos bares, el Flor de Lis (más conocido por bar Clemente) y el Bar Cardesa. ¿Os acordáis del Teleclub, de la fuente con el abrevadero, de los machos, del lavadero a la entrada del pueblo, del horno en uso, de la peña el Paco, las bicis, el morero, el acordeón y el saxofón de las fiestas, etc.?
¡Qué días más largo y cómo duraba el verano! Pero las vacaciones se terminaban y había que volver a la rutina del colegio. ¡Qué tristeza y qué lloros porque no queríamos que aquello terminase! Con suerte regresábamos para el Pilar a vendimiar o por Semana Santa, y después de San Fermín comenzaba otra vez el ansiado verano en el pueblo. A mí no me importaba que no fuesen o se quedasen mis padres o ningún otro mayor de casa Campos, si no le apetecía a la abuela, lograba habitación en casa de tía Carmen, tía Luisa o tía Máxima, con la promesa de no portarme mal.
Pocos años después empezamos con los pipotes, creo que el primero fue en casa Mariona, y después sucedieron otros. Los juegos eran diferentes, como el de la cerilla, con verdad y atrevimiento, y la pregunta más frecuente de "¿Quién te gusta?". Las pruebas de atrevimiento más comunes eran ochos con el culo o besos.
Éstos y otros son mis recuerdos, mis vivencias, y aunque ya no paso los veranos en Lobera, siempre van conmigo porque todo eso forma parte de mí.














