Lobera de Onsella

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¿Ángeles o demonios?

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Gato en el mirador

Cuando tienes hijos, sobrinos o algún niño en el que influir educativamente, te encuentras ante la situación de no poder impedir que uno de estos críos haga algo porque tú a su edad también lo hacías. Y es que nuestros críos nos pueden parecer a veces unos pequeños gamberros, pero no son nada comparado con lo que podrían ser si en vez de veranear en el Lobera actual lo hicieran en el "antiguo Lobera".

Si me remonto a mis años de infante terrible, puedo reencontrarme con ese grupo de chavales que estaban más en el basurero del pueblo que en su casa. ¡Eso era una mina de oro! Allí había cualquier cosa que necesitases para divertirte y los límites eran la imaginación (y aún no he encontrado el límite de la mía). Recogiendo todos los frascos de medicinas que encontrábamos, se obtenía una maravillosa mezcla en un recipiente oxidado. El brebaje debía estar buenísimo y, como buenos chicos, se lo hacíamos probar a ese gato que pasaba, para su desgracia, en ese momento por allí. No sé cómo sobrevivían...

Y hablando de gatos, ¡qué cacerías! ¿O debería decir animaladas? Las varillas de los paraguas viejos, convenientemente privadas de los restos de tela, resultaban ser unas contundentes flechas para los arcos de bog de fabricación casera que todos poseíamos. La caza mayor era el gato doméstico y, aunque gracias a Dios nunca tuvimos la puntería de matar a ninguno, alguno sí se fue con una flecha colgando del lomo, clavada sólo en la primera capa de piel de lado a lado. La otra víctima grave fui yo, que uno me clavó la flecha en el pie para comprobar si la zapatilla aguantaría el impacto. ¡Eso son amigos!

Un verano se pusieron de moda las escopetas de perdigón y yo, por supuesto, tenía la mía. Entonces se creó una nueva modalidad de caza más rupestre y salvaje: las lagartijas. Al ser más pequeñas y más rápidas, le daban más aliciente al juego. En la zona del Pozo del Puente, fuimos tres con nuestras carabinas tres días seguidos. El primero acabamos con 73 lagartijas, el segundo con 95 y el tercero con 80. Nunca más he vuelto a ver lagartijas en esa zona.

Alguna infeliz lagartija era cazada a mano y, por tanto, capturada viva. Entonces era el momento de ir al basurero en busca de inspiración. Nos habían dicho que si las poníamos tripa arriba, al Sol, se ponían azules. Pero no sabíamos como sujetarlas. En el basurero encontramos una solución: un crucifijo viejo sin figura colgada. Nosotros pondríamos la figura. Así fue como se crucificó la primera lagartija de la historia (supongo yo). Por cierto, sí que se ponen azules.

Batallitas de éstas tengo por arrobas. Como comprenderéis, ante ciertas cosas que hacen los niños no puedo sino sentirme algo cómplice y, la verdad, más que regañalarles me da ganas de unirme a ellos. Y eso que estos críos no tienen "el almacén mágico" que era el basurero, ni tantos animales indefensos del campo para hacerles trastadas, ni posiblemente la imaginación necesaria para crear diversión con pequeñas tonterías, como posible consecuencia de una infancia con más videoconsolas que diversión al aire libre...

 

 

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