
Amanece. Tras dar buena cuenta del desayuno matinal, salimos "escopeteaos" hacia la calle, esa calle que no conoce el cemento de la ciudad y que aún se haya compuesta sólo por tierra, piedras y algún matojo ocasional... y que a través de la cuesta del Bar de Clemente (a nuestra edad, las calles no tienen nombre, tienen referencias), nos hace llegar al frontón y a la fuente, punto habitual de reunión para comenzar las aventuras diarias. Llego el primero, las calles están desiertas salvo por algunos perros que pasean por ellas (el pueblo está lleno de ellos) y por Pedro José, que ya está sentado en su piedra habitual junto al morero (ésa que dicen se pesó una vez y pesa alrededor de 100 kilos).
Para pasar el rato, me dedico a subir y bajar por la cuesta del semicírculo que hay en el centro de la fuente. No es un columpio al uso, pero da su juego. El grifo de la fuente gotea, como siempre, llenando el abrevadero con su agua. Los cabezudos que en él habitan empiezan ya a desarrollar patas, pronto serán ranas que poder cazar para ser incluidas en nuestros juegos habituales. Pobres, no saben lo que les espera.
Por las calles de la Casa del Cura (en la que no vive ningún cura) aparece el primero. ¿Que de qué casa es? Y yo qué sé, a mi edad esas cosas no nos preocupan. Ni siquiera sé de qué casa soy yo... como para saberme la de los demás. Lo único que importa es que tengan ganas de jugar, lo demás es cosa de mayores. ¡Y mira que les gusta preguntarlo! Siempre la misma retahíla, que si tú de qué casa eres, que quién es tu padre, qué majo era (o es) tu abuelo... Del mío alguien me dice que era buen bebedor, porque tenía el cuello corto. ¿Buen bebedor? ¿Pero es que hay gente que no sabe beber? Qué cosas más raras hablan estos del pueblo...
Con la llegada de un tercero, nos decidimos a ir por la calle Cantarranas (ésta me la sé porque me hace gracia el nombre) hacia el basurero que hay detrás de la Era de San Juan (la llamo así porque allí nos juntamos a comer para San Juan). El basurero es una fuente de inspiración, aunque hay que moverse con cuidado, según donde pisas aquello son "arenas movedizas" que se desplazan de repente y te pueden mandar muy muy abajo... y acabar muy muy lleno de todo tipo de porquerías. Pero los tesoros que se pueden encontrar allí son inimaginables, todo tiene alguna utilidad, todo es aprovechable para un juego, un montaje o una aventura.
Esta vez recogemos algunas cacerolas viejas con apenas agujeros y las llevamos a la cabaña en construcción que hay en medio de los "bujos" de la entrada del pueblo, esa que a veces cuesta encontrar porque no se ve desde afuera. La hicieron los chicos mayores, pero ya no pasan por allí así que ahora es nuestra. Y en ella tenemos una fortificación para todo tipo de juegos. Y su cercanía con las rocas da mucho, pero que mucho juego. La imaginación es el límite...
Y el otro límite es la hora. Porque cuando estás en plena fantasía del juego, a veces cuesta desconectar para ver que es la hora de ir a comer y eso nos hace ganarnos alguna que otra bronca por llegar tarde. Es una pena que las cabras vengan sólo por la noche, entonces es más fácil, a casa cuando las oyes llegar que ya es la hora de la cena. La vida es así de sencilla en el pueblo y siempre lamento el momento de tener que subir de nuevo al 600 de mi padre para volver a la ciudad. El verano se hace muy corto cuando te lo pasas tan bien como aquí...














