Lobera se muere. De poco en poco y en una agonía lenta pero firme, nuestro pueblo está condenado a la desaparición. Cada año se reduce su ya de por sí escasa población, dejando cada vez más casas vacías y una caída progresiva en el padrón. Y aunque le podamos echar la culpa al abandono de las instituciones, a la falta de oportunidades en el medio rural y a su desertización, nunca está de más hacer autocrítica para darnos cuenta de que, independientemente de su economía, aislamiento o demografía, Lobera se puede estar muriendo, sí, pero lo que es más triste aún: también la estamos dejando morir.



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