Como ha ocurrido con tantas otras cosas de la vida, los inspectores de enseñanza ya no son lo que eran. Y digo esto, no desde el punto de vista personal o peyorativo, líbreme Dios, sino porque el desempeño de su profesión ha experimentado cambios importantes. Me gustaría pensar que para bien. Han quedado atrás aquellos tiempos en que debían afrontar agotadoras etapas a pie, o a lomos de caballería, para llegar a cada una de las escuelas sembradas por valles y montañas del Pirineo. Del vaivén producido por el transitar de aquellas monturas a lo largo de caminos empinados y pedregosos se ha pasado a los confortables sillones giratorios emplazados frente a la pantalla del ordenador para dirigir, a distancia, la marcha de la educación en sus demarcaciones. En esa ventanita mágica, instalada en su propio despacho, tienen a su disposición toda la parafernalia burocrática de los centros educativos: planes de centro, programaciones generales y parciales, informes y más informes, memorias finales de curso, actas de todo tipo, estadísticas, otra vez informes, etc. Sólo tienen que pulsar una tecla y, milagro, ahí está todo. Este trasiego de información me parece muy bien, faltaría más, pero qué quieren que les diga; donde esté el trato directo, el intercambio personal de opiniones, la búsqueda de soluciones in situ, que se quiten todas las burocracias almacenadas en esas relucientes pero frías computadoras, como dirían nuestros amigos americanos.














