Como ya dije en otra ocasión, hubo un tiempo, cuando éramos simplemente maestros, que teníamos que fijar nuestra residencia en la localidad de destino. Digo lo de “simplemente maestros” porque no sé si ustedes conocen la retahíla de títulos que hemos ido acumulando a lo largo de las últimas décadas. En los años sesenta, el título que colgaba de una de las paredes de mi casa anunciaba que allí vivía un “Maestro de Primera Enseñanza”. En los setenta, se nos encumbró, por obra y gracia, al título rimbombante de “Profesores de E.G.B”. Así al menos figuraba en mi DNI. Sin mover un dedo por nuestra parte, de un plumazo, como suele decirse, habíamos sido admitidos en el club de los “profesores” porque, según decían, merecíamos una mejor consideración social y económica. Pero como la alegría de los pobres suele ser muy efímera, pronto se levantaron voces en contra de nuestro ensalzamiento gratuito. Resultado, fuimos degradados otra vez, nos quitaron los galones como en las películas americanas, y nos devolvieron de nuevo al estatus de “Maestros de Educación Primaria”. En el largo proceso había desaparecido de nuestro título la palabra “Enseñanza”, tal vez por anticuada, y en su lugar figuraba el término “Educación”, que tampoco está nada mal. Aunque si les he de ser sincero, después de tantos años en el mundo de la docencia, tengo mis dudas sobre con cuál de ambos vocablos, “enseñanza” o “educación”, se llega más lejos hoy día. Lo ideal es que ambas expresiones vayan bien conjugadas.