Lobera de Onsella

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Colaboraciones

Queremos que esta sección sea una ventana abierta a todas aquellas personas que tengan o hayan tenido alguna relación con Lobera de Onsella (secretarios, maestros, médicos, sacerdotes, turistas, conocidos, amigos...) y quieran expresar aquí sus vivencias y recuerdos o sus trabajos, estudios, análisis, etc. sobre el pueblo o sus habitantes.

Nuestro agradecimiento a todos los que han participado hasta este momento, os animamos a seguir enviándonos vuestros escritos.



Lobera de Onsella y los Jesuitas (II)

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LOBERA DE ONSELLA Y LOS JESUITAS (II)

COMANDA: ESCRITURA DE CONTRATACIÓN DE UN CENSO:

En Aragón, la escritura utilizada en la contratación de censos recibió el nombre de “comanda”. Se trata de un instrumento legal que permitía la inserción solapada del interés del capital prestado, sin mencionar jamás este término. Con ello se evitaban las críticas de usura que pudieran recaer sobre los prestamistas, especialmente la Iglesia.

Para quien haya sido capaz de llegar hasta el final en la lectura de la letra pequeña de un contrato de imposición bancaria a plazo —si lo consiguió merece una medalla—; para quien haya conseguido descifrar las cláusulas de su hipoteca o de averiguar hasta dónde llega la cobertura de su seguro de hogar, la comprensión del contenido de una “comanda” va a resultarle relativamente fácil. Y es que, aunque veamos a los aviones volar, a los astronautas explorar el espacio y a los chips metidos hasta en la sopa de nuestra vida diaria, en lo tocante a las cosas serias, como es el dinero, el mundo tampoco es que haya cambiado tanto. Quien tuvo sus manos aferradas al mango de la sartén, continúa insistiendo en ello

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Lobera de Onsella y los Jesuitas (I)

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LOBERA DE ONSELLA Y LOS JESUITAS (I)

La historia de Lobera de Onsella es inagotable. Son pocas las visitas a los archivos que no han sido recompensadas con alguna que otra novedad sobre el pasado de esta villa. En mi última exploración pude pronunciar, para mi regocijo, la tan repetida frase de D. Quijote: “Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”.

Durante largo tiempo, la villa de Lobera y los jesuitas mantuvieron buenas relaciones comerciales. Mejor dicho, financieras. Ella necesitaba dinero, ellos lo tenían. Estamos hablando del siglo XVII ¿Y por qué los loberanos no acudieron a los bancos? Pues porque apenas existían. Según los profesores Comín y Hernández [1], que han estudiado el asunto, a mediados del siglo XIX tan sólo había en España una docena de bancos, con más o menos sucursales. Podemos imaginar lo que ocurría doscientos años antes. Y las entidades bancarias, que no suelen pecar de incautas —entonces tampoco—, preferían negociar con nobles, burgueses, empresarios, comerciantes, etc. Es decir, con los que ya tenían dinero. No por nada especial, sino en aplicación de aquella máxima que dice que si quieres que alguien te preste dinero, tendrás que demostrarle primero que ya lo posees. Lo dicho, cualquier cosa antes que rebajarse a tratar con los pequeños campesinos, cuya supervivencia dependía de la mejor o peor bonanza de las cosechas, sometidas a los caprichos de la meteorología. Eran inversiones demasiado pequeñas y excesivamente arriesgadas. No valía la pena.

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Diecinueve detenidos en una redada de la Guardia Civil en Lobera

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Arreglo de la plaza

A principios del siglo XX en el “Café España” de Lobera, además de toda la actividad propia de un café, bar y baile también se jugaba con dinero, actividad mal vista por la moral de la época.

En 1928, plena dictadura de Primo de Ribera, se promulga un nuevo código penal, por el que se persiguen los llamados “juegos prohibidos”, que eran aquellos juegos de suerte, envite o azar en que, mediando interés, la ganancia o la pérdida dependan totalmente o casi totalmente de la suerte, sin que influya en ellos la natural y, lícita habilidad del jugador.

El 3 de octubre de 1928 se impusieron dos tipos de penas: una mayor para la dueña del Café (por permitir el juego), y otra para los jugadores.

Era muy difícil que las familias dispusieran de dinero en metálico, el salario mensual de un jornalero (cuando se tenía trabajo) era de entre 90 y 100 pesetas.

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