LOBERA DE ONSELLA Y LOS JESUITAS (I)
La historia de Lobera de Onsella es inagotable. Son pocas las visitas a los archivos que no han sido recompensadas con alguna que otra novedad sobre el pasado de esta villa. En mi última exploración pude pronunciar, para mi regocijo, la tan repetida frase de D. Quijote: “Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”.
Durante largo tiempo, la villa de Lobera y los jesuitas mantuvieron buenas relaciones comerciales. Mejor dicho, financieras. Ella necesitaba dinero, ellos lo tenían. Estamos hablando del siglo XVII ¿Y por qué los loberanos no acudieron a los bancos? Pues porque apenas existían. Según los profesores Comín y Hernández [1], que han estudiado el asunto, a mediados del siglo XIX tan sólo había en España una docena de bancos, con más o menos sucursales. Podemos imaginar lo que ocurría doscientos años antes. Y las entidades bancarias, que no suelen pecar de incautas —entonces tampoco—, preferían negociar con nobles, burgueses, empresarios, comerciantes, etc. Es decir, con los que ya tenían dinero. No por nada especial, sino en aplicación de aquella máxima que dice que si quieres que alguien te preste dinero, tendrás que demostrarle primero que ya lo posees. Lo dicho, cualquier cosa antes que rebajarse a tratar con los pequeños campesinos, cuya supervivencia dependía de la mejor o peor bonanza de las cosechas, sometidas a los caprichos de la meteorología. Eran inversiones demasiado pequeñas y excesivamente arriesgadas. No valía la pena.