
Para la mayoría de mis amigos y compañeros de colegio, el verano era ese ansiado espacio de tiempo que discurría entre la última clase de junio y la primera de septiembre. El mío, mucho más corto e intenso, se condensaba en los meses de julio y agosto y desprendía aromas a manzanilla y melocotón, tintaba mis rodillas de negro postilla y rojo betadine y hartaba mi cuerpo de pulgas y habones. Eran los veranos del qué casa eres, de las visitas telefónicas a la cárcel y del morero. Eran los veranos de Lobera.















