
El encanto de los lugares pequeños es que mantienen intacta su personalidad y que el paso del tiempo sólo se percibe cuando te das cuenta que a las imágenes que guardas en tu álbum de recuerdos les acompaña una carcajada que tiene sabor a fruta madura. Es en el momento en el que los lugares dejan de ser vistos en clave de futuro cuando te das cuenta de que esas imágenes en movimiento han pasado a convertirse en referente presente, que no se olvida. Resulta complicado ordenarlos, seguir un criterio que haga que los recuerdos se sucedan en perfecta sintonía, que no se entremezclen como en una coctelera. Al final, te hartas de darles un significado, y prefieres dejar que fluyan cada uno a su velocidad, con su propia intensidad y fuerza.