Lobera de Onsella

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Portada Colaboraciones Ricardo Vives Simplemente una voz crítica


Simplemente una voz crítica

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De piedra me quedé este verano cuando paseando por Burgos vi que aún seguían en su sitio, Edificio de Capitanía, las placas dedicadas a Franco y Mola  y de oro cuando hace pocas fechas leí que el Ministerio de Defensa había ordenado su retirada.

Así, sin más, algún que otro lector se estará preguntando sobre lo que se va a tratar. Por ello es necesario recordar lo que traza Fernando Sahún en su extenso y trabajado escrito titulado “A propósito de la Memoria Histórica” (vid. Lobera Vista por…) apoyado en la Causa General, instruida por el Fiscal del Tribunal Supremo para reunir las pruebas de los “hechos delictivos”, cometidos durante la “dominación roja”.

Así pues intenta Fernando, como él mismo dice, analizar, con serenidad y sosiego, pero con total claridad, los hechos acaecidos durante y después de la contienda bélica y señala que es de los que piensan que una de las cosas más hermosas que pueden decirse de un pueblo es que durante la pasada guerra civil española no se produjeron en el mismo víctimas por ninguno de los dos bandos y que los habitantes de Lobera, en momentos tan cruciales, apelaron al sentido común y a la sensatez, sin dejarse arrastrar por revanchas pasajeras e inútiles y concluye su relato manifestando que las cosas buenas también deben pregonarse a los cuatro vientos. Las gentes de Lobera de Onsella deben sentirse orgullosas de contar, entre sus méritos más valiosos, haber respetado mutuamente sus vidas.

Pues que sepa yo y otros podrán corroborar, uno escapó por piernas

Lápida en el cementerio de LoberaMás tarde en el Libro de vistas de la misma web cierta persona, seudo denominada  Loberana, se pregunta, ya que ella no lo se sabe, porqué se quitó la placa de los fallecidos de la guerra sita en la parroquial y, consciente o inconscientemente, va más allá en su creencia de que, la susodicha placa, no hacía referencia al bando de los allí nombrados.

Alguna idea tiene de lo que habla si bien da la sensación, quizás por su juventud, que aquello del treinta y seis, de la insurrección y la postguerra, ocurrió cuando gobernaba el rey Carolo o que estamos hablando de algún colega de Viriato aquél que se cabreó con aquellos locos romanos que le clavaban impuestos a tutiplé y la lió a pedradas.

Visto así también se podrían haber inscrito en aquella placa a los adeptos del Cid Campeador o de Alfonso I El Batallador que también murieron por Dios aunque no por España ya que aún no estaba inventada.

Lo surrealista de la misiva es que vuelve a la carga e interroga si se excluía a los muertos del bando republicano.

Suerte tenemos que, al menos, reconoce la existencia de otro bando, el legítimo y perdedor, pasando de la copla mal y tenazmente repetida, el rojo frente al nacional.

En una guerra civil, guste o no, más que pese, nacionales son todos.

Al poco de insertarse dicho comentario, Pascual, el webmaster, rápido y veloz, sin entrar en más detalles, manifiesta que solo figuraban los muertos del bando franquista, que estaba situada en el "portejau" de la iglesia y que se trasladó al cementerio donde permanece hasta ahora.

Volviendo a lo escrito por Fernando Sahún, está visto, por documentado y leído, que en las dos misivas remitidas por el entonces Alcalde de Lobera cuando manifiesta que “en todo este término municipal no se halla inhumado ningún cadáver, por circunstancia ni concepto alguno, fuera del cementerio municipal”, ni se anota ningún dato en la “relación de personas residentes en este término municipal que durante la dominación roja fueron muertas violentamente o desaparecieron y se cree fueron asesinadas”. Punto y pelota.

¿Es que nadie se ha parado a pensar que lo se buscaba en la Causa General era reunir pruebas de hechos delictivos cometidos durante la dominación roja por los rojos?

Nadie, en todos estos días, se ha concedido hacer otra exposición y comentario.

¿Todo está bien?

Pues no señor o señora, estableceré aquí un elemento de igualdad de género no sea que alguna feminista independiente me llame talibán.

¿Cuánto sufrimiento produciría y cuantas heridas se abrirían por el continuo recordatorio en la fachada de la iglesia?

¿Y de los míos que? Diría otro u otra.

¿Cuántas viudas, hijos, padres, hermanos... no pudieron honrar debidamente a sus muertos caídos en cualquier lugar del páramo español.

Nadie dice que, anteayer, Juan Pablo II denominó a los caídos por Dios y por España como “Mártires del siglo XX” y Benedicto XVI pretende ascender, ya van casi 500, a las víctimas de los “rojos” al club de los beatos.

Y los otros, los rojos, ya que no eran fallecidos en el seno de la Santa Madre Iglesia ¿Cuanto tiempo tuvo que pasar para poder nombrarlos desde el púlpito? ¿A cuantas y a cuantos se les negó la Eucaristía?

También fueron Caídos. No sé si por Dios pero si por España.

Léanse, si les apetece, con ojos críticos uno de los apartados de esta misma web, “Colaboraciones” para darse cuenta del paisaje descrito allá por el año 1933 por los entonces alcaldes de Ejea de los Caballeros y Uncastillo, Juan Sancho y Antonio Plano, respectivamente, y pregúntese por la vida que les deparó a los entonces miembros del Comité Local de UGT en Lobera.

Habrá asimismo que indagar por sus familias, por sus amigos, por los que los votaban, por los que simpatizaban o simplemente por los que tomaban vinos con ellos en la taberna.

Y volviendo a lo dicho por Fernando, como expuso aquel alcalde, léanlo otra vez, se trataba de localizar a aquellas personas que durante la dominación roja, quede y queda clarito, fueron muertas violentamente o desaparecieron y se cree fueron asesinadas” excluyendo a los otros, a los olvidados, a los innombrables.

Y para más imagínense la escena, reunidos en el Ayuntamiento los miembros de la corporación para dilucidar y discutir si se quita o no la placa.

Pero hay más para quien quiera leer.

La Ley 52/2007, de 26 de diciembre,  es algo más que muertos y fosas comunes.

Por ella se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura.

En su preámbulo se dice, entre otras cosas, que es la hora de que la democracia española y las generaciones vivas que hoy disfrutan de ella honren y recuperen para siempre a todos los que directamente padecieron las injusticias y agravios producidos, por unos u otros motivos políticos o ideológicos o de creencias religiosas, en aquellos dolorosos períodos de nuestra historia.

Desde luego, a quienes perdieron la vida. Con ellos, a sus familias. También a quienes perdieron su libertad, al padecer prisión, deportación, confiscación de sus bienes, trabajos forzosos o internamientos en campos de concentración dentro o fuera de nuestras fronteras. También, en fin, a quienes fueron empujados a un largo, desgarrador y, en tantos casos, irreversible exilio. Y, por último, a quienes en distintos momentos lucharon por la defensa de los valores democráticos.

Pero además esta Ley reconoce un derecho individual a la memoria personal y familiar de cada ciudadano, que encuentra su primera manifestación en el carácter injusto de todas las condenas, sanciones y expresiones de violencia personal producidas, por motivos inequívocamente políticos o ideológicos, durante la Guerra Civil, así como las que, por las mismas razones, tuvieron lugar en la Dictadura posterior.

Se subraya de forma inequívoca, la carencia actual de vigencia jurídica de aquellas disposiciones y resoluciones contrarias a los derechos humanos y se contribuye a la rehabilitación moral de quienes sufrieron tan injustas sanciones y condenas y en este sentido, la Ley incluye una disposición derogatoria que, de forma expresa, priva de vigencia jurídica a aquellas normas dictadas bajo la Dictadura manifiestamente represoras y contrarias a los derechos fundamentales con el doble objetivo de proclamar su formal expulsión del ordenamiento jurídico e impedir su invocación por cualquier autoridad administrativa y judicial.

 

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