
Recuerdos. Algunos tan reales, otros tan de ensueño. Toda una vida rodeada de recuerdos... Algunos vagos y otros precisos, algunos dormidos y otros muy despiertos. Eso es Lobera en nuestra mente, el escenario de los recuerdos. Aquí, rodeados de sus paisajes, de sus olores, de su encanto, muchos hemos recogido lo más preciado que poseemos: nuestros recuerdos.
Y vuelve a la mente nuestra infancia. Todos los veranos cuando el calor azotaba la ciudad, veníamos a refugiarnos entre los montes, entre los caminos, entre las ruinas de castillos cercanos, en las casas de nuestros abuelos. Todos unidos por la ilusión de ver a nuestros compañeros de juegos.
Pasábamos los días en la fuente, en la cuesta, en el suelo... Cualquier sitio era bueno para jugar a ser piratas o contarnos historias de miedo. Podíamos ser forajidos o motoristas sin frenos. Podíamos explorar los caminos o permanecer horas y horas sentados, riendo. Volver es recordar lo que hemos sido y, cuando miramos a los más niños, revivirlo con ellos.
Cada paso por sus calles es un rostro conocido, un vecino, un amigo. "¿Y tú de qué casa eres?" Después de la respuesta, vienen las historias del pasado en boca de señoras que dicen que nos parecemos a nuestros abuelos. Que tenemos su misma sonrisa o el mismo color de pelo. Y de repente, aunque no los hayas conocido, se refleja en ti algo de ellos. Te sientes como en casa, en un hogar pequeño, pero cómodo, apacible, amable y bello.
Lobera es un refugio a nuestro estrés, a la vida agitada, a la velocidad del tiempo. Es detenerse a mirar y sentir lo que estás viendo. Colorear el paisaje gris de la ciudad en verdes tranquilos, de pasos sosegados. Recorrer con la mirada las tierras trabajadas o la nieve, si es invierno. Un cúmulo de sensaciones de un lugar vivo, que nos hace regresar con la belleza de sus parajes o el encanto de su emplazamiento.
Todos nos hemos quedado un instante parados, admirando el paisaje, sintiendo el viento. Y el orgullo recorre nuestra sangre, al sentirnos especiales por poder disfrutar esa quietud natural del paisaje en movimiento, de los recodos del río Onsella, del olor a leña ardiendo.
Y así se forjan los recuerdos. A partir de imágenes y olores, de vivencias, de sentimientos. Al pasear por las calles que un día anduvieron nuestros abuelos. Son las historias que nuestros padres recuerdan, las vidas de los que habitaron Lobera antes que ellos. Las historias que aquí vivimos, serán las que más tarde compartiremos, primero con nuestros hijos, después con nuestros nietos.
Lobera tiene el embrujo de los escenarios de los recuerdos. Y todos somos niños que queremos seguir leyendo. Y cuando el cuento termine, cuando la ceniza adorne nuestro cabello, desearemos que haya otro niño que haga de Lobera el escenario de sus recuerdos.














