Lobera de Onsella

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Escribir un libro

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¡Un libro sobre la Bal d’Onsella, qué pasada! Esto es al menos lo que pensé al recibir la noticia a través de la web de Pascual. Por unas milésimas de segundo me sentí como si alguien se me hubiera “colado” en la fila del pan o de la carnicería. No pude menos que exclamar: ¡Ahí me han pisado la fibra!

¡Ves, Jorge Longás Mayayo lo ha conseguido!, me dije mientras terminaba de leer los últimos detalles de la noticia. Según parece, tras largos años empapándose de las esencias del paisaje natural y humano de la Bal d’Onsella, no ha tenido más remedio, para sosiego de su espíritu, que verterlo todo sobre el blanco papel para compartirlo con los demás.

Pero no se confundan. No trato de juzgar su obra. Jorge Longás, a quien no tengo el honor de conocer, no precisa de lisonjas gratuitas ni de predicamentos ajenos que ensalcen las excelencias de su trabajo. Como afirman los buenos chefs de cocina, si los ingredientes son de calidad, la sublimidad del sabor final está garantizada.

¡Escribir un libro sobre Lobera de Onsella, qué ilusión! Y no porque me sienta frustrado por no haber escrito nunca ninguno, sino porque el que verdaderamente me hubiera gustado escribir es ése, el de Lobera de Onsella. Y su término.

De todas formas, si el de Jorge Longás es el primero que se ha publicado sobre Lobera y su contorno, me reafirmo en aquello de que “ya era hora”, exclamado con motivo de los relatos aparecidos en el programa de fiestas. Es extraño el pueblo, grande o pequeño, que a estas alturas no disponga ya de su propia crónica escrita. Son muy escasas las localidades que no aprovecharon los pasados años de bonanza económica, con las arcas de los departamentos culturales de las comarcas repletos de euros, para editar su propio libro local donde recoger su pasado, su presente y proyectos de futuro. En la capital de las Cinco Villas se llevaron a cabo multitud de manifestaciones culturales de todo tipo, pero pocos son los que se acordaron de Lobera de Onsella

-Lector/a: ¡Qué fácil es ahora criticar! ¿Dónde estaba usted durante esos años de euforia económica y cultural de la que habla? Si tantos fueron los recursos que durante ese tiempo se destinaron a esas y otras promociones culturales y tantos sus anhelos, ¿qué es lo que le impidió poner manos a la obra? Una cosa es tener ilusión y otra, ser un iluso. Pretender escribir un libro sobre un pueblo en el que tan sólo se ha residido cuatro años, y de eso hace ya la tira de siglos, es algo inaudito. ¡Por favor, ponga ya de una vez los pies en el suelo, hombre!

-Infrascrito: Que me espete a la cara que mi estancia en Lobera de Onsella pudo ocurrir en tiempos antidiluvianos, tiene su pase, pero que además me trate de “usted”, es ya el no va más, el puyazo que puede enviarme definitivamente a la reserva. Mientras dure esta conversación intentaré imaginar que porto sombrero de ala ancha y abrigo de amplias solapas, como en los años cuarenta. ¡Ah!, y zapatos de charol.

Volvamos al tema en cuestión. ¡Es que me destroza usted los nervios! No he afirmado que fuera a escribir un libro sobre Lobera de Onsella, pero eso no excluye que albergara durante algún tiempo ese sueño inconfesable. Y es que, pasados los años, me ocurre algo muy extraño. Cuando cierro los ojos y dejo vagar mi imaginación por las alturas de Lobera, con sus casas grises, las idas y venidas de sus afanosos habitantes, las buenas composturas de convivencia, las magníficas tertulias, tanto bajo la morera de la plaza como delante del portal de la familia del Sr. Nereo, con la participación espontánea de todos cuantos transitaban por aquel lugar, aunque tuvieran después que bajar corriendo la cuesta de la calle Bradinal porque la amenidad de la conversación los había entretenido demasiado, no puedo menos que pensar que esa estampa apacible, ese espíritu colectivo y ese modelo de comportamiento humano se han “esfumado” en el espacio sideral como las nieblas otoñales, sin que nadie haya movido ni tan siquiera un solo dedo para tomar nota y levantar un acta de todo ello, cerrada con las consabidas palabras de: “Y para que conste, firmo la presente …”

Claro, ahora llegan las nuevas generaciones a Lobera de Onsella y es lógico que algunos piensen que esas espectaculares fachadas, esas puertas y balcones maravillosos han surgido por generación espontánea, como ocurre con las setas y otras hierbas. Señores, detrás de todo eso hubo unas personas, unas historias y un conglomerado de sentimientos de todo tipo que merecen una explicación y un homenaje. ¿Qué referencias del pasado, de sus antepasados, se ha ofrecido al nutrido grupo de jóvenes que cada año participa en los eventos que se celebran en Lobera de Onsella? La colección de fotografías antiguas es un tesoro, por supuesto, pero detrás de cada una de ellas hay una historia, seguramente muy interesante, que no se ha escrito todavía.

-Lector/a: Se está usted poniendo un poco impertinente, como si quisiera culparnos de algo. El que se le hayan adelantado en sus imaginarios planes, en sus fantasías literarias obre Lobera, no es motivo suficiente para que arremeta ahora contra todo lo ue se mueve a su alrededor. Al caballero Don Quijote le ocurrió algo parecido con sus royectos de grandeza y, sin embargo, se lo tomó con la humildad y resignación debidas. olviendo al libro, está claro que su ilusión soñada se ha desvanecido, pero si un ía le diera por escribir el currículum vítae de un pueblo, ¿cómo lo enfocaría?

-Infrascrito: Lo difícil es captar la “esencia” propia de cada lugar. Cada localidad iene sus propios matices. Hay un no sé qué que diferencia a los habitantes de un pueblo e los de otro. Por ello, en las conversaciones de antaño era frecuente escuchar, por jemplo, cosas como éstas: “Los de Lobera han sido siempre muy campechanos”. “Los e Longás tienen un don especial para esto o aquello”. Eran sentencias populares que e transmitían de generación en generación. En este sentido, no eran pocas las madres que ante la concurrencia de sus hijas a una fiesta, les advertían una y otra vez que tuvieran cuidado con los mozos de tal o cual pueblo porque eran demasiado “dicharacheros” y excesivamente débiles en el cumplimiento de las promesas dadas en momentos “ilusionantes”.

-Lector/a: ¡Vamos a ver, mucho enrollarse, pero no concreta!

-Infrascrito: Cada autor debe enfocar su obra como le dicte el sentido común. En primer lugar trataría de situar la localidad y el municipio en el espacio geográfico. A continuación sería conveniente realizar una pequeña síntesis de las características del suelo, del clima, de la hidrografía, de la vegetación y de la fauna del término. Un segundo apartado, más amplio, lo dedicaría al aspecto humano, al asentamiento de la población y su evolución en el tiempo, donde no podía faltar un capítulo dedicado a la emigración. ¿Sabía usted que Antonio Ubieto Arteta, en su libro Los poblados y los despoblados, nos habla de un poblado o pardina, llamado Ribas, que se encontraba en el término municipal de Lobera?

Seguidamente habría que introducirse en el campo de los topónimos. El término municipal de Lobera de Onsella es rico en topónimos geográficos, tales como Fayanás, Canales, Valseca, Solano Vizcarrón, Fuentelas, Campol, Briñuelas, Peñas de Gallina, El Vado, Mal Paso, El Cameo, Caripa, etc. Otros tienen origen vegetal, fitónimos, como El Escarral, El Soto, El Chaparral, Cerro Lecinera o Selva Manzana.

-Lector/a: A quién pueden interesar ahora estos nombres, si los agricultores tan apenas pisan la tierra que trabajan. Llegan al campo con sus tractores, repletos de caballos, realizan las labores programadas, y vuelta a casa, sin tan siquiera poner los pies en el suelo. Estos nombres pertenecen al pasado. Déjelos tranquilos. Ahí permanecerán inmutables.

-Infrascrito: Vamos a ver, tampoco hay que ponerse así. Esos topónimos son una herencia recibida de los antepasados de Lobera. Las gentes de este lugar, basándose en las características del terreno o en el tipo de vegetación que lo cubre, fueron “bautizando”, poniendo nombre, a las partidas o terrenos que acostumbraban a recorrer, ya fuera como agricultores, pastores o cazadores. No existían todavía los GPS. Estos vocablos han sido, en todas las épocas, tema de conversación entre los habitantes de Lobera. Eran como puntos de referencia para transitar por el monte. Cualquier itinerario programado por el término municipal se trazaba en base a estos topónimos como guía. Forman parte de la misma existencia del pueblo. Así lo han considerado las autoridades actuales al establecer la red de senderismo, inaugurada hace pocos años.

El caso es que estas huellas del pasado, los topónimos geográficos, pueden llegar a desaparecer sin tardar demasiado. El motivo, la reciente implantación de sistemas electrónicos en el manejo del Catastro. Aunque las fincas, tanto urbanas como rústicas, han tenido siempre su registro propio, como es lógico, a partir del 5 de marzo de 2004 se estableció la obligatoriedad de la “referencia catastral”. Es decir, se dotó a las mismas de su DNI, de su registro numérico, de su código de barras, de su identidad. Se compone de veinte dígitos, como las libretas de ahorro, donde se combinan los datos numéricos de la provincia, el municipio, el sector, el polígono, la parcela, el recinto y las dos letras de control.

Entre los sistemas electrónicos más utilizados, pero no el único, se encuentra el SigPac (Sistema de Información Geográfica de Parcelas Agrícolas), ideado para facilitar a los agricultores toda clase de gestiones administrativas, como solicitud de ayudas, declaración de impuestos, etc. Iniciada su andadura el 1 de febrero de 2005, constituye una herramienta eminentemente práctica para las gestiones agrícolas, aunque todavía haya que pulir algunos detalles. A través del VisorSigPac, una persona que resida en Zaragoza, Buenos Aires o Saigón puede estar totalmente informada del estado de las propiedades que ha heredado de sus antepasados de Lobera de Onsella. Sin moverse de su casa puede “ver” y conocer la identificación de su patrimonio: el número de su “parcela”, el “polígono” donde se encuentra, los “recintos” que la componen, el % de pendiente, si tiene o no regadío, la superficie en Ha., así como el tipo de cultivo que contiene cada recinto:

-Lector/a: Esto que está diciendo es fantástico. Pero no entiendo qué relación puede haber entre estos sistemas electrónicos y los topónimos citados. ¿A qué vienen esos temores? Me da la impresión de que usted está mezclando las cosas.

-Infrascrito: Ya veo que seguimos tratándonos de “usted”, como si fuéramos dos extraños en medio de un mundo cambiante. ¡Qué le vamos a hacer!

Continuando con el tema, es cierto, estas técnicas son una maravilla, como para quitarse el sombrero. Sin embargo, el avance de la modernidad suele llevar aparejado un precio, mayor o menor. Para que se haga una idea más clara, voy a ponerle un ejemplo. Mire, ésta es la posible conversación que podría entablarse en un futuro no muy lejano entre dos jóvenes agricultores que se encuentran en un cruce de caminos del término municipal de Lobera de Onsella. Subidos a bordo de sus flamantes tractores, equipados ambos con las últimas tecnologías, tanto en lo referente a aperos de labranza, como en lo tocante a audiovisuales y otras comodidades, bajan unos centímetros los cristales de sus cabinas, pocos, para evitar la fuga del aire acondicionado, y mantienen entre sí el siguiente diálogo:

-¡Hombre, Manolo! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo van esos trabajos agrícolas?

-¡Hola, Antonio! Es cierto, hace días que no coincidíamos por estos parajes. Pues la labranza va bien. Echándole muchas horas, claro. Pero mientras el tiempo acompañe, no podemos quejarnos. Y tú, ¿a dónde te diriges ahora?

-Pues he terminado la parcela 75 y ahora voy a lanzar el “buey” sobre la 83. Lo que ocurre es que en esta finca lo tengo algo más complicado. De los tres recintos que la componen, el 1 y el 2 son bastante idóneos para el cultivo del cereal, aunque tenga que complementarlo con una buena dosis de abonado, pero el suelo del recinto nº 3 es muy pobre en nitrógeno, fósforo y potasio. Creo que voy a sembrarlo de esparceta durante algún tiempo para que vaya recuperando minerales.

-Algo parecido me ha ocurrido a mí en la parcela 39. Menos mal que a base de echarle abono orgánico en abundancia he conseguido mejorar mucho la fertilidad del suelo.

-Bueno, Manolo, se terminaron las fiestas de Lobera. No queda otro remedio que volver al tajo. Este año han sido espléndidas. ¡Vaya cantidad de actividades!

-A mí lo que más me ha sorprendido ha sido la cantidad de gente joven que ha participado en ellas. Por cada año va en aumento. Oye, vamos a ver si quedamos un día para darnos una vuelta por las fiestas de Sangüesa, que están al caer.

En el diálogo mantenido por estos dos jóvenes no han salido a colación, en ningún momento, nombres como Campol, Las Briñuelas, San Bertián o El Soto, que son las partidas donde se encuentran las mejores tierras de labor del término, al menos para el cereal. Cada vez que estos agricultores consulten en su ordenador el estado de sus fincas, se encontrarán con unos datos numéricos fríos, vacíos. Pasaron a mejor vida aquellas conversaciones en que los vecinos de Lobera repetían una y mil veces expresiones como: “el campo del Soto”, “las fajas de Campol”, “los terrenos de Barrabán”, etc. Aunque no tenga esto mucho que ver con las teorías de Darwin, bien puede afirmarse que los citados topónimos irán desapareciendo paulatinamente de la circulación por falta de uso. Es de esperar que el Ayuntamiento de Lobera, previendo todo esto, coloque en una de las paredes del salón del Consistorio un amplio mapa del término municipal, donde figuren los nombres de las partidas, el de los numerosos corrales y el de las 32 fuentes que se hallan esparcidas por el mismo, para conocimiento de las generaciones futuras.

-Lector/a: ¡No irá usted a decirnos ahora que también debemos conocer los nombres y localización de los corrales diseminados por el monte de Lobera!

-Infrascrito: Pues ahora que lo dice, éste es un tema que merecería un estudio monográfico aparte. La misión de los corrales consistía en servir de cobijo para las personas, los animales o las cosechas. En aquel tiempo no había seguro agrario. Un pedrisco traicionero podía echar a perder el sustento del año.

Se contabilizan en torno a las dos docenas de corrales en el término de Lobera. La mayoría se hallan alejados del pueblo, aunque también los hay en sus proximidades. En las fincas muy apartadas, como las que se encuentran entre el barranco de Sesayo y las partidas de Solano Vizcarrón y El Escarral, algunos de ellos se complementaban con una era para trillar la garba de la cosecha y evitar así el tener que transportarla con las caballerías hasta el pueblo.

La presencia de esos corrales nos habla de la existencia en Lobera de una importante ganadería. Tradicionalmente, la agricultura, al menos en las zonas minifundistas, ha sido la que ha aportado los alimentos básicos para el sustento de las familias, sin participar en el mundo comercial, dada su escasa producción, mientras que la ganadería representaba los ingresos dinerarios necesarios para la adquisición de vestimenta, pago de la contribución, servicios sanitarios, encargo de obras, compra de alimentos que no se producían en el término, etc.

Estos corrales suelen conocerse con el nombre de la casa de sus propietarios: corral de Mayayo, Plano, Cardesa, Artigas, Serrano, Buey… Hay uno que me llamó la atención desde el primer momento. Se trata del corral Bacibera. En la hoja correspondiente del M.T.N. aparece como “Barcibera”. Cuando lo observé por primera vez, me dije: aquí hay un error. La palabra “baziba”, utilizada en muchas partes de Aragón, se refiere a la “hembra estéril”, a la “oveja que ha quedado sin cría”. Y “bazibo”, “a toda clase de ganado lanar y cabrío que no se destina a la reproducción”. Por consiguiente, el “bazibero” es el “pastor que cuida del ganado ‘bazibo’, el que no es para criar”, y “bazibera”, el corral donde se encierra el “bazibo” por las noches.

El error tiene su explicación lógica. Los señores topógrafos van por el monte y preguntan a los del lugar: "¿Cómo se llama este corral?". Y el señor o señores de Lobera que les acompañan, contestan: "corral de Bacibera". El que toma las notas, que no ha visto una oveja ni en el cine, y por tanto no sabe lo que significa la palabra "baziba", tampoco tiene por qué saberlo, escribe "Barcibera". Así llega al Instituto Geográfico Nacional, se imprime en 1953, se repite de igual forma en 1996, y se repetirá en las próximas ediciones, pues así aparece también en el VisorSigPac, mientras alguien no escriba a la citada entidad geográfica y les advierta del error. Casa Bacibero, que aparece en la lista confeccionada por Jesús Lobera, tal vez tomó ese nombre porque a ella pertenecía el pastor encargado del “bazibo”.

Este ganado, al no tener la responsabilidad de alimentar a sus hijos, pues no los tenía, y reportar, por tanto, muy poca rentabilidad al dueño, recibía un régimen alimenticio rugal, de mantenimiento. Lo que ahora llamaríamos “alimentación sostenible”. Por el contrario, a las madres, a las ovejas que debían amamantar a sus hijos-corderitos tan pronto como regresaran a casa por la noche, se les mimaba mucho más, llevándolas por campos y vedados con buenos pastos, que habían sido reservados al efecto. Por aquello de “de tal oveja, tal cordero”, cada día se les ofrecía una porción de pasto nuevo dentro de la finca, para que su alimentación fuera completa. Éstas regresaban todas las noches a casa para nutrir a sus hijos hasta que éstos aprendían a comer por sí solos.

Las "bazibas", tal vez como castigo por su esterilidad, se apacentaban por el monte común, donde tenían que buscarse la vida como podían. Como solía haber unas cuantas de cada casa, ya que eran pocas las ovejas o cabras que no criaban, solían juntar todas las del pueblo o las de varias casas, formando un rebaño único. Cada noche, para evitarse el ir y venir del ganado, solían encerrarlo en los corrales lejanos, regresando el pastor a casa, o pernoctando en el corral, según las circunstancias.

-Lector/a: Le veo a usted muy puesto en esto del ganado lanar y demás. En sus explicaciones se aprecia una clara admiración por la profesión de pastor. Tengo la impresión de que equivocó su carrera.

-Infrascrito: Es cierto, siento admiración por esta profesión y por todas aquellas personas que son buenas en su trabajo. Antes de pasar adelante, me gustaría hacerle algunas preguntas: ¿Se ha detenido usted alguna vez a conversar largo y tendido con alguno de esos pastores veteranos con los que uno se topa en los paseos por el monte? ¿Ha observado la habilidad con que cuentan las cabezas de ganado de su rebaño? ¿Le ha explicado alguno de ellos cómo hay que proceder cuando el rebaño se introduce por descuido en un campo de alfalfa húmeda, ya sea a causa del rocío de la mañana o de la lluvia caída, y los vientres de las reses (timpanismo) comienzan a hincharse desmesuradamente? ¿Sabe usted que el pastor experimentado conoce, hasta en los mínimos detalles, el currículum vítae de cada una de sus ovejas, y que las distinguiría en medio de un rebaño de cinco mil cabezas? ¿Acaso no le parece increíble que conozca cuál es el corderito que le corresponde a cada una de las ovejas-madre? ¿Ha contemplado en alguna ocasión el distintivo, la marca, que lleva o llevaba el ganado de las casas de Lobera? ¿Ha oído hablar de esos “mayorales” que al frente de cinco o seis mil cabezas de ganado se dirigían cada verano a los pastos de las altas montañas del Pirineo? Haga una simple multiplicación y descubrirá la responsabilidad económica que cargaban sobre sus espaldas. El día que tenga ocasión de charlar con uno de esos profesionales, tome buena nota de todo cuanto oiga. Se va a sorprender. Le advierto, no obstante, que esto seguramente ya no va a ser posible, puesto que los ganaderos actuales, aunque igual de experimentados, ya no son lo que eran. La estabulación del ganado ha cambiado la forma de enfocar esta actividad productiva con vistas a sacarle el mayor rendimiento. Lobera debió tener en el pasado verdaderos profesionales en este terreno, ya que sólo los buenos podían aspirar a ser contratados como pastores en los EE.UU.

-Lector/a: Me sorprende que dé tanta importancia a temas secundarios, como los topónimos, los corrales o los pastores y no haga la más mínima mención a la historia de Lobera de Onsella. Siempre he creído que lo más importante de la crónica de un pueblo era su historia, la narración de los hechos ocurridos en el mismo. He leído todo lo publicado en la web de Pascual y me parece muy interesante. Supongo que falta muy poco para completar la historia de nuestro pueblo.

-Infrascrito: ¡Historia! Acaba usted de pronunciar la palabra mágica. Sabe, creo que después de pastor, lo que más me hubiera gustado es ser historiador. Más adelante le diré el porqué. Incluso creo que ambas ocupaciones tienen mucho en común. En las dos actividades puede el profesional experimentado manejar el “rebaño” a su antojo. Digo todo esto porque sólo tiene uno que cumplir años, incluso sin cumplirlos, para ver cosas sorprendentes. Según dicen algunos, los historiadores se dividen en tres categorías: los “compositores”, los que crean historia auténtica, es decir, aquellos que trabajan a conciencia, los que no escriben una sola línea sin haber revuelto miles de documentos de archivo, u otras fuentes, con objeto de verificar y contrastar al máximo sus conclusiones. Sospecho que esta especie tan extraña está en vías de extinción.

En otro grupo de historiadores estarían los “intérpretes”, que como indica la palabra, son aquellos que se afanan en comentar, en interpretar los hechos históricos, resaltando unos o silenciando otros, según conviene en cada momento al gobierno de turno, o al mejor postor. La historia sensacionalista se paga muy bien. De algunos acontecimientos se han hecho incluso más versiones que de la canción “Yesterday”, de los Beatles, que ya es decir. Según fuentes fidedignas, este tipo de historiadores está en plena expansión. Y hasta hay quien asegura que, en su largo caminar por las sendas terrenales, se ha topado con “inventores” de la Historia que, al parecer, también existen.

Luego viene el concepto de las personas y de las cosas. Los que hoy son la gloria divina, el no va más, un dechado de virtudes, pasan a ser, en menos que canta un gallo, los malvados, los “ojo con esos”. Y a la inversa. Fijémonos por ejemplo en los nombres de las calles. Ganan la guerra unos, y comienza el baile de nombres: “quita a ése y pon a uno de los nuestros”. Llegan al poder otros vencedores, y vuelta a empezar: “descuelga a ése y sube a uno de los míos”. A ver si los que dirigen este mundo rotatorio aprenden de Lobera de Onsella: Sol, Luna, Aire, Peñas, o del barrio de Valdefierro de Zaragoza: Lucero del Alba, Osa Mayor, Vía Láctea, Amapola, Júpiter, Tulipán… Vamos a ver quién se atreve con los fenómenos naturales o los siderales. Sin embargo, no me extrañaría nada que, a no tardar mucho, alguien obligue al Lucero del Alba y compañía a definirse políticamente.

La Historia es la Señora a quien más se le ha faltado al respeto. Antes y ahora. Que si ese rey Pedro también fue nuestro, cuando jamás reconocieron a monarca alguno, a no ser a un tal Luis XIII de Francia (1641, Luís I de Barcelona). Y así, con casos semejantes podríamos llenar unas cuantas docenas de páginas.

Para una persona que a los 14 años era oyente, por curiosidad, de Radio España Independiente, La Pirenaica, todas estas faltas de respeto a la Historia constituyen un atropello imperdonable. Empecé a sospechar de la existencia de las “versiones históricas” cuando, pegado el oído a aquel armatoste de madera, la primera radio, comprobé la diferencia tan abismal que había entre las noticias que se emitían en el “Parte de las dos de la tarde”, de Radio Nacional de España, donde se exponía una versión idílica de la España de entonces, con la inauguración de pantanos, las fábricas a tope, la paz y el sosiego por todas partes, etc., y lo que tan sólo diez horas más tarde del mismo día, pasadas las doce de la noche, escuchaba en la emisora Pirenaica, donde se presentaba a la misma España totalmente diferente, con la Universidad en rebeldía, los dueños de las fábricas a latigazo limpio con los obreros, encarcelamientos aquí y allá, barricadas en una ciudad, huelgas en otra...

-Lector/a: Oiga, ¿me permite un inciso? ¡No irá a decirme ahora que cuando ocurrió todo aquello de la Pirenaica y demás usted ya había nacido!

-Infrascrito: Ya veo que quiere situarme en la cueva de Altamira. Sepa usted que la emisora REI, Radio España Independiente, comenzó sus emisiones el 22 de julio de 1941 en Moscú, y que puso fin a su andadura el 14 de julio de 1977, retransmitiendo desde el Congreso de los Diputados de Madrid la primera sesión de las Cortes Constituyentes de la Democracia. ¿Se ha quedado conforme? Y ahora, ¿puedo continuar con mi exposición?

Como decía, ante tan disparatada diferencia en el tratamiento de la información, mi inocente conclusión no podía ser otra: “Aquí, alguien me está tomando descaradamente el pelo”. “Radio Nacional de España, la Pirenaica, o ambos a la vez, se están riendo de mí a mandíbula batiente”. No puede ser, me decía, que una cosa sea tan blanca y tan negra al mismo tiempo. Y, claro, estas contradicciones le crean a uno un trauma que le perseguirá toda la vida. Lo dicho, después de pastor, lo que más me hubiera gustado es ser historiador, para dedicar todas mis fuerzas a desmontar “versiones falsas de la Historia” que, como sapos gigantes, hemos tenido que tragar en el pasado y, sospecho, tragaremos en el futuro.

-Lector/a: ¡Vamos a ver, Señor Infrascrito, se ha pasado usted un buen trecho de la raya! ¿A qué viene ahora este discurso cargado de elucubraciones con ribetes de egocentrismo? Lo único que le he preguntado es por el estado actual de la historia de Lobera. Supongo que a estas alturas debe faltar muy poco para completarla.

-Infrascrito: Efectivamente, el apartado de historia está bastante avanzado gracias a diversas aportaciones. Sin embargo, este material necesitaría una estructuración, un ordenamiento. La web es un excelente medio de propagación, pero de cara al futuro no hay nada como la impresión sobre el papel. Sólo así entraría a formar parte de la bibliografía local y general.

Si vamos por partes, le diría que es preciso dar mayor divulgación a los útiles de sílex del Neolítico y Bronce Inicial hallados en el término municipal de Lobera y depositados, parte en la colección Labayen-Galván y parte en el Museo de Pamplona. No todos los pueblos pueden presumir de algo así. Ante la solicitud cursada al citado museo por Pascual Plano, no tardaron en remitir unas espléndidas fotografías de algunas de las piezas allí guardadas, que pueden contemplarse en su web.

Como puede apreciarse, los hechos históricos ocurridos en Lobera durante la Edad Media están ensamblados con lo acontecido en las Cinco Villas en el mismo período de tiempo. Lo tratado en la Edad Moderna precisa, entre otros, de la información procedente de los Protocolos Notariales, ya que en los documentos de compra-venta, las capitulaciones matrimoniales y los testamentos particulares se esconden importantes datos de carácter económico y social. La historia de Lobera del siglo XIX puede recomponerse en gran medida partiendo de la documentación contenida en los archivos históricos de la provincia, que sobre todo a partir de 1830, comienza a ser significativa. Y en especial, del archivo municipal de Lobera de Onsella, que está esperando a que alguien vaya a hacerle una visita. Si nos adentramos en el siglo XX, hay dos puntos sobre los que habría que insistir: la emigración y la guerra civil.

En cuanto al primer apartado, la emigración de comienzos del siglo pasado, han tenido que ser los nietos de aquellos emigrados a América quienes nos han dado un toque de atención con palabras parecidas a las siguientes: “Señores de Lobera, nuestros abuelos, que procedían de ese lugar, no dejaron nunca de pensar en la tierra que los vio nacer. La añoranza por su familia y su pueblo les acompañó durante toda su vida. Ahora que nos han dejado, somos nosotros, sus hijos y nietos, quienes hemos heredado ese sentimiento por el lugar de origen de nuestros antepasados”.

¿Se acercó alguien a alguno de los emigrados que retornaron, o a los familiares de los ausentes, para preguntarles: “Oye, cuéntame cómo te ha ido, si has conocido la felicidad”?
Lo mismo puede decirse de los pastores emigrados a los EE.UU., y a Francia, que también los hubo. Las fotos exhibidas son un extraordinario testimonio, pero deben ir acompañadas de la narración escrita de sus andanzas. Por cierto, si alguien tiene conocimiento de la biografía de esos emigrantes, o de algunos pasajes de su vida, ¿a qué demonios espera para publicarlo en la web de Pascual? La gente debe conocer el valor y la osadía que tuvieron que echarle a la vida para lanzarse a un mundo totalmente desconocido para ellos. Merecen un recuerdo y un homenaje.

-Lector/a: Habla de insistir sobre la guerra civil en Lobera. ¿No le parece suficiente con lo que escribió hace ya un tiempo?

-Infrascrito: Pues no. No basta con lo que expuse en el escrito Memoria Histórica-Lobera de Onsella, del mes de enero de 2009. Hay algunos detalles que conviene clarificar. Voy a resumirlo en tres puntos:

  • Todas las guerras son horribles, y las civiles como la española, además, odiosas y repugnantes por el poso de rencor que dejan. Conocidas ya las atrocidades ocurridas en las Cinco Villas al inicio y durante la contienda, narradas con detalle, entre otros, por Jesús Pueyo en su libro Del Infierno al Paraíso, y en diversos trabajos de la Asociación Charata de Uncastillo, así como en Fusilados en Zaragoza, 1936-1939, de Gumersindo de Estella, más a nivel provincial, le invito a que se informe también, aunque supongo que ya lo habrá hecho, sobre lo ocurrido en la cuenca del río Cinca, en especial en poblaciones como Fraga, Barbastro, Monzón, Binéfar, Graus… No se abstenga de mirar cifras. Las gentes de estas localidades soportaron dos “limpiezas atroces”. La primera, con el apoyo de los exaltados milicianos procedentes de Cataluña. La segunda, a cargo de los franquistas, tras romper el frente de Aragón al inicio de la primavera del 38, pero en este caso con el agravante de su prolongación una vez finalizada la guerra.

    ¿Por qué he llamado su atención sobre hechos acontecidos en bandos distintos, en zonas distintas? Simplemente para que veamos que en las guerras, a la postre, quien paga los platos rotos, quien carga con todas las penalidades habidas y por haber es el sufrido pueblo, el que tiene su vivienda ahí junto a las demás, el que tiene su residencia fija en el lugar, sea de derechas, de izquierdas o de la casa de enfrente. Imagínese usted que, transcurridos dos años, se hubiera repetido en las Cinco Villas otra masacre semejante a la primera, pero ahora a cargo del bando contrario. Pues eso es exactamente lo que sucedió en las localidades oscenses citadas más arriba, y en tantas otras, claro. Como puede suponer, el número de víctimas habidas, sumando ambas “limpiezas”, fue enorme, a lo que hay que añadir los exiliados.

    ¿Por qué he pintado las cosas así de feas, tal como fueron? Pues, precisamente, para reafirmarme en lo que dije en el escrito de enero de 2009: “Las gentes de Lobera de Onsella deben sentirse orgullosas de contar, entre sus méritos más valiosos, el de haber respetado mutuamente sus vidas en el transcurso de la pasada guerra civil”. Me refiero a que mientras duró la guerra no se produjo en el pueblo, en Lobera, ningún delito de sangre, ya fuera por venganza o por diferencias ideológicas. Respetaron “mutuamente” sus vidas, aunque no todos pensaran de la misma forma, como es natural. Y eso, en unos momentos en que cualquier chispa, por minúscula que fuera, podía prender una gran llamarada, tiene mucho mérito. Y si desea usted alcanzar todavía un mayor grado de satisfacción personal, piense en el retablo y demás ornamentos de la iglesia de la Asunción, o en el archivo municipal, que siguen ahí intactos gracias a que la sensatez hizo acto de presencia.

  • Otra cosa distinta fueron los frentes de batalla. Cada pueblo, como es lógico, tuvo que surtir de soldados al bando al que estaba sometido. Como Lobera de Onsella quedó bajo el régimen de los militares sublevados, los jóvenes que por su edad tuvieron que incorporarse a filas lo hicieron por el bando franquista. De ahí que en la lápida, situada antes en el portejado de la iglesia y ahora en el cementerio, figuren nueve jóvenes loberanos, cuatro de los cuales aparecen en el censo de población de 1935, mientras que los cinco restantes tal vez no se citen porque en el momento de cierre del mismo no habían cumplido todavía los 23 años.

    Aunque no he conseguido información sobre ello, es probable que también hubiera combatientes loberanos en el bando republicano y, por tanto, la posibilidad de que se produjeran víctimas. Teniendo en cuenta esto, hay una cosa que debe quedar muy clara para siempre. Aunque las hubiera habido, aunque constara en alguna parte que hubo personas naturales de Lobera que murieron luchando en el bando republicano, no figurarían sus nombres en la lápida citada, ni en ninguna otra.

    Sin olvidar en ningún momento que los provocadores del desastre de la guerra fueron los militares que se sublevaron contra el Gobierno legítimo de la República, es probable que esta injusticia, la de que no figuraran en la lápida las víctimas del bando perdedor, si las hubo, la tuvieran en cierto modo bastante asumida, no aceptada por todos, la mayoría de los habitantes de la Lobera de la posguerra. Sabían que estas cosas no tienen remedio. Que siempre han sido así. Es probable que, llegados a este punto, pensaran que lo más aconsejable era hacer de tripas corazón e intentar mantener una buena convivencia entre todos los vecinos lo más cargada posible de sinceridad. Ante los hechos consumados era inútil atizar los rencores. De nada servía ya.

    No hay más que abrir un libro de Historia Universal para encontrarnos con todas las facetas de la conducta humana. Los vencedores, y más si son dictadores, actúan casi siempre de la misma forma. Si El Ferrol del Caudillo (Ferrol, 1982) o Bárdenas del Caudillo (Bárdenas, 2008) le inspiraban a usted un fuerte rechazo, por lo del complemento del nombre se entiende, observe lo que ocurrió con ciudades como Lenin-grado o Stalin-grado, con su vencedor respectivo incrustado en el nombre. Es inútil esperar que un jefe victorioso, y más tratándose de un dictador, moviera ni tan siquiera un dedo para homenajear o socorrer a los vencidos.

    Sin embargo, en nada debe afectar todo ello al honor y respeto que merecen las nueve víctimas que figuran en la lápida, y todas las del bando republicano, si las hubo, ya que por el mero hecho de haber nacido en un momento inoportuno y coincidir los mejores años de sus vidas con la terrible guerra civil, se vieron abocados a una catástrofe inesperada, que por supuesto no deseaba ninguno de ellos. Las víctimas de cualquiera de los bandos, cuyo número es totalmente exagerado para una población como Lobera, no fueron los culpables de la situación en que se vio envuelto este país, sino los que pagaron con sus vidas las consecuencias de tantas ambiciones desmedidas. Por ello, repito, todas las víctimas locales merecen la misma consideración, respeto y recuerdo, fueran del bando que fueran, puesto que esos jóvenes, que se hallaban en los mejores años de sus vidas, lo que más deseaban era vivir en Lobera, trabajar y divertirse y, en definitiva, disfrutar del presente y del futuro. Y todo ello se vio truncado por una guerra salvaje. Paliar las posibles injusticias que se produjeron en su momento es el objetivo que ha inspirado la Ley de la Memoria Histórica.

  • Que la guerra no finalizó para todos el 1 de abril de 1939. Para algunas personas de Lobera de Onsella ese día comenzó un verdadero calvario. Y lo peor del caso es que durante los 35 años de democracia que llevamos andados, estas cosas se han tapado como si se tratara de una deshonra para las familias afectadas. Y no es así. A ver si aprendemos de una santa vez que la bondad o maldad de un ser humano no dependen del uniforme, del envoltorio, de la afiliación, de las aficiones o de las demás circunstancias de la vida, sino de las buenas o malas intenciones que encierre en sus entrañas.

    Al comienzo de la guerra había en Lobera 32 personas afiliadas a la UGT. Sabemos la persecución que los franquistas ejercieron sobre los inscritos en esta y otras entidades sindicales. Que a estas alturas nadie se haya interesado por ellos, es más que preocupante. No se trata de “remover” las cosas. Ni de implicar a las personas que lo sufrieron. Simplemente, de dar a conocer el procedimiento represor que se aplicó, para que sirva de ejemplo de lo que no debe volver a repetirse nunca jamás. Tildar a una persona de “responsable de la situación que provocó el Alzamiento Nacional”, por el mero hecho de estar afiliado a UGT, raya la demencia.

-Lector/a: Sin ánimo de entrar en polémica, creo que aquí se ha pasado usted unos cuantos pueblos. Las gentes de Lobera tienen cosas más importantes que hacer, antes que dedicarse a revolver tiempos pasados. Además, algunas de esas personas han fallecido ya, y no es cuestión de sacar su vida a colación ahora que ya no están con nosotros. En cuanto a sus familiares, ¿a quién le apetece sacar a la luz todos aquellos sufrimientos?
Lo mejor es que honren a sus antepasados, abuelos o padres afectados, con la admiración y respeto que se merecen, y punto. Tengo la impresión de que usted normalmente no es así de impulsivo. Sospecho que por unos instantes se ha visto desbordado por el cúmulo de “injusticias” que cree ver en todas partes, como le ocurría a aquel señor que luchaba contra los molinos de viento.

-Infrascrito: Aunque hiere mi orgullo el tener que darle la razón, he de reconocer que su reproche está totalmente justificado. No sé qué pasa con estos temas de la guerra civil. Enseguida elevan mi temperatura por las nubes. Lo admito, me he pasado un poco. Pero alguien tiene que decir las cosas. Lo normal sería que ahora le dijera: “Oiga, retiro lo dicho”. ¡Pero, qué puedo hacer si ya está impreso en el papel! De todas formas, voy a hacerle caso. De aquí en adelante procuraré ser un poco más comedido en mis manifestaciones.

-Lector/a: ¿Podemos continuar? Si mal no recuerdo, pues se ha desviado tanto que se ha salido totalmente del tiesto, nos estaba usted contando cómo enfocaría la cuestión si decidiera un día escribir un libro sobre un pueblo determinado, aunque parece ser que su ilusión sería hacerlo sobre Lobera de Onsella. Nada ha dicho todavía sobre la forma de enfocar el estudio de la vida de nuestros antepasados.

-Infrascrito: Sin lugar a dudas, este tercer apartado es el más importante y complicado. Se trata de imbuirse en el pasado reciente, en el de nuestros bisabuelos y abuelos, a caballo entre los siglos XIX y XX, y procurar acercarnos a ellos lo máximo posible para preguntarles cómo les fue, qué tipo de vida llevaron, cómo se enfrentaron a las situaciones de cada día, etc. Tengamos en cuenta que la generación que ahora está finalizando su transitar por este mundo ha sido testigo de los mayores avances que jamás se hayan producido en la Humanidad: el teléfono, la luz eléctrica, la radio, el automóvil, el avión, la televisión, la penicilina, también la bomba atómica, el viaje a la Luna, el teléfono móvil, los ordenadores, Internet y el genoma humano, entre otros. ¿Quién da más? ¿Quién puede presumir de haber contemplado tanto progreso? ¿Quién, como ellos, ha sido testigo de ese cambio tan enorme que se ha producido en todos los aspectos a lo largo del siglo XX? Es cierto que algunos inventos se produjeron antes de su nacimiento, pero fue a lo largo de su vida cuando llegaron a nuestros pueblos y se aplicaron al quehacer diario.

-Lector/a: ¿Y a quién preguntamos ahora? ¿Cómo podemos informarnos de todas estas cosas? ¡Con la cantidad de veces que mi abuelo intentó hablarme de su juventud, de los trabajos del campo, de cómo se divertían en su época, de lo que ocurrió en Lobera durante la guerra, y de tantas otras cosas! Pero yo siempre le decía lo mismo: “sí, abuelo, sí…”, y me iba corriendo a jugar con mis amigos. Ahora me pena.

-Infrascrito: Ahí reside el verdadero problema a la hora de abordar esta tercera parte del libro: la dificultad para captar las esencias complejas del pasado de un pueblo, los entresijos de la vida de sus habitantes. Tal vez se deba al torbellino de cambios que se han producido en la segunda mitad del siglo XX, pero lo cierto es que últimamente se ha debilitado mucho la cadena de transmisión oral que siempre existió entre abuelos, padres e hijos. Los mayores, de ser los venerables de la casa, han pasado a ser el lastre de la familia. De constituir una fuente de información, de experiencia y de sensatez a la hora de tomar decisiones, se han transformado en eso de: “qué pesadez, otra vez con las batallitas del abuelo”. Y no es porque nos queramos menos que antes, supongo, sino porque ahora no hay tiempo para escuchar a nadie.

Y la cosa es bien comprensible. Después de estar al tanto de las últimas novedades políticas, de controlar los movimientos de los famosos, incluido el estado emocional de la “princesa del pueblo”, de practicar un ratito algún juego electrónico, de atender nuestra vida social a través de Facebook y Tuenti, de chatear un poquito y hacer las acostumbradas llamadas por el móvil, ya me dirá usted el tiempo que sobra para dedicarlo a escuchar las historias trasnochadas de los abuelos y progenitores. ¡Ah!, me dejaba el curro, que también ocupa lo suyo.

Resultado, nuestros mayores han llegado al final de sus vidas sin haberles preguntado nadie cómo les fue. Nos lo podemos imaginar, dirá usted. Sí, podemos contarlo a nuestro modo. Pero nada de eso se acercará a la realidad, porque estará vacío de sentimientos, como lo está la voz de los locutores que, de forma autómata, van narrando las imágenes que aparecen en cualquier pantalla. Será como si habláramos de una vida de cartón piedra.

-Lector/a: Podemos hacernos una idea de la vida que llevaron nuestros antepasados en diversos programas de TV, como el titulado “Nos vemos en la Plaza Mayor”. Yo lo veo muchas veces.

-Infrascrito: Interesante programa. Eugenio Monesma desarrolla una gran labor recogiendo testimonios del pasado y del presente. Pero creo que no me he explicado bien del todo. Le pido de nuevo que haga un poco de imaginación retrospectiva. Ya sé que cuesta. Imagine cualquiera de las actuales casas de Lobera en fase de construcción. De esto hace ya muchos años. Incluso siglos. Para ello debe olvidarse totalmente de las hormigoneras, de las grúas con mando a distancia, de los camiones o tractores transportando ladrillos, cemento o yeso, y especialmente de esos espectaculares andamios modernos, semejantes a los empleados por los Rolling.

Ahora coja la imagen de un chalet moderno, de los que le hayan llamado la atención, y póngalo, con la imaginación, claro, junto a una de esas casas del pueblo: Plano, Marcelo, Mayayo…, tiene muchas para elegir. Compare tamaños, hechuras, etc. ¿Verdad que su chalet preferido ya no le impresiona tanto? Ahora piense en los medios utilizados en la construcción del mismo, con los últimos adelantos de la técnica y de la albañilería, algunos ya mencionados en el párrafo anterior, y compárelos con los empleados en la construcción de las antiguas casas de Lobera.

Procedamos. Nos encontramos en una de esas casas en construcción, con las paredes a media altura, con sus andamios de madera, que se mueven más que Bisbal en concierto; una escalera también de madera de seis u ocho metros, poco de fiar; unos albañiles enérgicos y temerarios, jugándose la vida en cada momento, y sin seguro de ninguna clase; una simple garrucha, sujeta a un madero colocado en la pared más alta, que actúa como grúa para servir piedras, argamasa y todo cuanto soliciten a voz en grito los esforzados albañiles desde arriba. Oficiales de albañilería provistos tan sólo de la paleta, de la maza y del escoplo para modelar las piedras a su gusto; de la bacía para conservar y remover el mortero o argamasa; de la plomada para comprobar la verticalidad de la pared; del nivel para asegurar la horizontalidad de los alfeizas de las ventanas y demás acabados, y de una cuerda tensa de un extremo a otro de la pared para controlar que ninguna piedra sobresalga más que las demás.

Ahora sitúe abajo, a pie de obra, a los maniobreros encargados de preparar la argamasa mezclando arena, cal y agua, y sólo en momentos puntuales, algo de cemento o yeso, provistos solamente de una azada, una pala y una criba para separar distintas calidades de arena, abasteciendo de piedra y argamasa al personal de arriba por medio de la citada garrucha. A todo ello añádale el señor de las caballerías, responsable de surtir de piedras a la obra, traídas del río, de las paredes de las márgenes de los campos, donde se han acumulado al extraerlas de la tierra de cultivo, o del monte. Imagínese todo eso y tendrá el equipo de trabajo que levantó esas magníficas casas de Lobera.

Veo que no se ha hecho cargo todavía de la situación. Olvídese de los ladrillos. Claro que existían. Eche un vistazo a la mayoría de las casas, aunque sea a distancia, a través de la web de Pascual, y comprobará que el material más utilizado, y casi único, es la piedra. De paso, acérquese a una de esas esquinas con las piedras bien trabajadas y asentadas, mire hacia arriba siguiendo el vértice del ángulo recto, y comprobará el magnífico trabajo realizado por aquellos esforzados albañiles, ayudados tan sólo de la paleta, la maza y el escoplo. A continuación, quítese el sombrero y comience a sentir admiración y respeto por aquellos antepasados suyos de Lobera, que con esos simples medios levantaron tales casas.

-Lector/a: Tampoco es que se vaya a hundir el mundo por no haber dejado testimonio de estos pequeños detalles. Nos encontramos en la era de la electrónica, y eso es lo que cuenta. En definitiva, lo importante es que seamos eficientes en nuestro trabajo actual, como así lo fueron nuestros antepasados en el suyo.

-Infrascrito: Cada vez que abre la boca me deja usted sin argumentos. A primera vista tiene toda la razón del mundo. Es cierto, lo importante es que nuestros antepasados, desde allí donde nos contemplen, se sientan orgullosos de nosotros y comenten con los compañeros del séptimo cielo, llenos de gozo: “¡Ése de ahí, el que maneja esa complicada máquina, es mi hijo!”. “¡Aquél de allá, el que no para de darle al móvil con el dedo pulgar, es mi nieto!”. Sin embargo, aquí no se trata sólo de ser práctico, positivo, efectivo, sino de descubrir unos sentimientos que se esfumaron con el paso del tiempo. Cómo se tomaban la vida nuestros antepasados, cómo se enfrentaban a sus adversidades. El siglo XX ha representado un antes y un después en la historia de la Humanidad. Y hay que dejar constancia de cómo fue ese “antes”. Cuando hayan pasado otros cien o doscientos años más, los habitantes de entonces, que dada la velocidad con la que avanza el mundo cuesta esfuerzo imaginárselos, tendrán interés por saber qué sintieron sus antepasados de Lobera de Onsella cuando aparecieron en el pueblo los primeros automóviles, qué impresión les causó la primera radio, cómo transformó sus vidas la llegada del teléfono, qué pensaron cuando comenzaron a recibir las primeras imágenes de televisión, que ocurrió al llegar el teléfono móvil o qué sentirán, ojo al dato, los actuales habitantes de Lobera cuando puedan disfrutar al completo de Internet.

-Lector/a: Ahora que dice lo de los sentimientos, sí recuerdo un pasaje que me dejó huella para siempre. Era una mañana del mes de mayo. El padre de mi amigo, pastor de profesión de toda la vida, salía con su ganado por los caminos de Lobera en dirección al monte. Su hijo y yo le acompañábamos cada día un trecho para evitar, sobre todo, que las picaronas cabras entraran en los huertos que había al borde del camino. De pronto, viendo el padre el interés que su hijo ponía en su cometido, se acercó a él y le dijo cariñosamente: “Hijo, toma el bastón de mayoral, vete delante y dirige el rebaño hasta que lleguemos al monte”. Mi amigo, tomando una actitud seria y responsable, desconocida para mí hasta ese día, cogió el cayado de pastor y se situó al frente de la comitiva con el orgullo de quien está haciendo algo muy importante. Su progenitor, al comprobar que su hijo le imitaba en todos sus actos, tanto en los gestos, como en las voces, silbidos y órdenes que impartía a los perros y al ganado, no tuvo otra que volver su cara hacia un lado para que yo, que andaba junto a él, no viera las lágrimas que habían aflorado en sus ojos.

-Infrascrito: Tenía la ligera impresión de que a usted le resbalaban todas estas cosas, pero veo que estaba equivocado. Así es. Cada padre procuraba enseñarle a su hijo los secretos de las faenas agrícolas o ganaderas: los ciclos de los trabajos agrícolas, las labores de la tierra, cuándo convenía labrar y cuándo no, el procedimiento a seguir a la hora de sembrar un campo para que la cosecha fuera copiosa, etc. Y de la misma forma actuaban aquellos que se dedicaban a la ganadería.

Hablando de sembrar, a primera vista podría pensarse que es una tarea que no ofrece la más mínima dificultad. Incluso cabría imaginarse, por lógica, que si se esparce la simiente en abundancia sobre la tierra se obtendrá mejor cosecha que si se hace con tacañería. Pero no siempre es así. Si nos excedemos a la hora de echar el grano de la siembra, el resultado puede ser una superproducción de garba que se alimentará de los minerales destinados para las espigas, impidiendo su normal crecimiento y dando lugar a un grano raquítico que aportará muy poca harina al pasarlo por la muela del molino. Por el contrario, una siembra demasiado clara supondría un aprovechamiento insuficiente de la fertilidad del terreno. El punto medio conveniente sólo se logra con la experiencia.

Tras observar varios años a su padre, llegaba el día en que el hijo tenía que apechugar con la tremenda responsabilidad de coger el saco, colgárselo al hombro y esparcir el grano con la mano por la tierra preparada para la siembra, ante la atenta mirada de su progenitor.

Luego venía la programación de las faenas agrícolas y ganaderas que correspondían a cada estación del año. Era un calendario tácito, que a través de la práctica pasaba de padres a hijos, y que tenía como puntos de referencia, casi siempre, las festividades de los santos. Para San Miguel finalizaba el contrato de los criados de las casas, etc. Las diversas fiestas de la Virgen, así como las festividades de los santos patronos del pueblo solían tomarse como fechas para saldar las deudas, etc.

-Lector/a: Por lo que veo, esta tercera parte, como la llama usted, es interminable.

-Infrascrito: Son tantas las cosas que pueden incluirse en el currículum vítae de un pueblo, que el problema surge a la hora de elegir. Fíjese que todavía no se ha tocado el tema del agua. ¿Cuándo se trajo hasta la plaza de Lobera? ¿Dónde hacían las mujeres la colada? ¿Bajaban a lavar al río Onsella? ¿Cuándo se construyó el magnífico lavadero público? ¿En qué momento llegó el agua corriente a las viviendas?

Lo mismo puede decirse de la luz, de la indumentaria, de la matacía. ¿Les he hablado alguna vez de los espléndidos “presentes” que los maestros de Lobera de Onsella recibíamos de las familias de nuestros alumnos cada año al llegar la matacía? Creo que sí. Pueden imaginárselos, pero no se anden con pequeñeces.

No pueden pasarse por alto tampoco los oficios: albañil, carpintero, etc.; los tenderos locales, los bares… Los ambulantes, como el carbonero, el colchonero, el afilador, el estañador, el relojero, el quincallero; los tratantes, los curanderos, los santeros, los pobres de solemnidad que viajaban de pueblo en pueblo, y otros. Hay que hacer también referencia a los juegos y juguetes que se utilizaban en aquella época. Por cierto, hablando de criados, ¿sabe usted cuál era la misión del chulo?

-Lector/a: Creo que se está olvidando de algo muy importante en los pueblos, como eran los nacimientos, bautizos, comuniones, bodas y defunciones.

-Infrascrito: Tiene usted razón. ¿Qué puede haber más importante para una persona que las fechas de su nacimiento, bautismo, matrimonio y defunción? La primera parte de este capítulo puede completarse con la información contenida en los archivos diocesanos, que es adonde se trasladaron los libros parroquiales cuando los pueblos se quedaron sin curas. Más difícil será conocer las costumbres propias de cada localidad, en este caso Lobera, en lo tocante a estas celebraciones. ¿A quién preguntamos ahora?

En la crónica de un pueblo no puede faltar tampoco una amplia referencia a la Instrucción Pública, a su proceso de implantación y desarrollo. En este terreno, Lobera guarda testimonios fotográficos desde los años cincuenta.

-Lector/a: Y parecía difícil llenar cuatro páginas.

-Infrascrito: Y no para ahí la cosa. En ningún libro que se precie puede faltar un amplio capítulo dedicado a la Religión. La vida de las personas estaba muy influenciada por las creencias religiosas. Todo giraba en torno a la Religión: desde “tener los hijos que Dios nos dé”, pasando por la celebración de los ritos ya citados y terminando en los testamentos, donde se anotaban, entre otras cosas, los rezos y misas a decir para la salvación del alma de los difuntos.

La información que sobre estos y otros temas ha llegado hasta nosotros se debe, en gran medida, a la obligación que la Iglesia impuso a todos los párrocos, a partir del Concilio de Trento, de redactar y enviar al obispado informes de todas cuantas actuaciones llevaran a cabo en las parroquias. Y también a la exigencia con que los obispos hicieron cumplir estas normas. Gracias a esos informes de los párrocos conocemos hoy una gran diversidad de noticias de aquellos tiempos, no sólo del aspecto religioso, sino también del económico y, sobre todo, del social.

Como es sabido, gran parte de las riquezas acumuladas por la Iglesia a lo largo de los siglos se debe a la existencia del Purgatorio. Ni al Cielo ni al Infierno, al Purgatorio. Según la doctrina de la Iglesia, al Cielo sólo pueden acceder directamente aquellas almas totalmente inmaculadas. Y eso es prácticamente imposible. Quien más, quien menos, todos tenemos nuestros pecadillos escondidos. Si una persona muere en pecado mortal, no tiene remedio, irá directamente al Infierno. Si por el contrario consigue confesarse, o que un sacerdote le dé la extremaunción, sus pecados mortales le serán perdonados y se librará de ir directamente al pozo de las llamas. De ahí que cuando alguien se hallaba en peligro de muerte, por accidente o enfermedad inesperada, se acudiera antes al sacerdote que al médico.

Si conseguía confesarse antes de morir o tenía solamente pecados veniales, con esas impurezas tampoco podía entrar directamente en el Cielo, puesto que San Pedro le habría llamado la atención: “¡Eh, tú, chaval, dónde vas tan deprisa, pásate primero por el Purga y que le den un buen lavado a esa alma tan pringosa que traes, pecador de la pradera!”. Es decir, tenía que pasar antes por el Purgatorio para “purgar” la culpa de sus pecados, donde la estancia, más o menos dilatada, sería temporal, no eterna. Existía la posibilidad, no obstante, de que esa permanencia en el Purgatorio se acortara, que se redimiera parte de la pena, como ocurre en la legislación penal actual con los presos a los que a veces se les condena a mil años de cárcel, por ejemplo, y luego se queda en casi nada. Pero ni el alma en pena, ni sus familiares podían hacer nada por sí mismos. Para comunicarse con Dios, para hacer llegar las súplicas hasta el Todopoderoso, precisaban de un intermediario, de un enlace entre la Tierra y el Cielo. Ese importante papel recaía en la Iglesia.

Ante un encargo realizado en vida por el difunto, o por sus familiares sobrevivientes, la Iglesia ponía, pone, en marcha todo su abanico de servicios, que consisten en una serie de ceremonias encaminadas a rezar, a pedir a Dios misericordia por el alma del difunto encomendado. Estos servicios religiosos consistían en misas, rezadas o cantadas, celebradas por uno o varios curas, en responsos, novenos, trentenos, etc., que había que abonar “religiosamente”, como es natural. Muchos eran los devotos que en vida dejaban anotados sus deseos en el testamento, que sus herederos debían cumplir al pie de la letra. Incluso se escrituraban fincas a nombre de la Iglesia, o se le hacía entrega del total de la herencia para que, una vez fallecido, se invirtiera el valor de la misma en rezos para la salvación de su alma. Tal era el pánico hacia el Infierno o el Purgatorio que la Iglesia supo despertar en los feligreses. Y como ocurre con las reglas de tres simples, e inversas, a más plegarias, menos tiempo de permanencia del alma en el Purgatorio.

La conclusión es evidente. Los ricos, los que podían permitirse el lujo de “invertir” copiosamente en la salvación de su alma, obtenían sustanciosos recortes en los tormentos programados para ellos en el Purgatorio. A no tardar, estrecharían la mano de San Pedro en la puerta del Cielo. Por el contrario, quienes no disponían de bienes terrenales para pagar los servicios religiosos de la Iglesia tendrían que cumplir la condena íntegra.

Ahora que lo pienso, no sé por qué me recuerda tanto todo esto del Purgatorio a las famosas “fianzas”, tan de moda en los procesos judiciales actuales. ¡Vaya, es verdad! Con una buena fianza no solamente se reducen las penas, sino que, incluso, se evitan. ¿Será que se ha trasladado ese sistema tan productivo de la Iglesia al terreno de la Justicia, con mayúsculas? Tenga o no algún parecido, lo cierto es que este sistema ideado para reducir la condena de las almas que se hallaban sumidas en las penas del Purgatorio se convirtió en una fuente importante de ingresos para la Iglesia.

Digámoslo de forma distendida, como es el caso, o a través de profundos razonamientos teológicos, el hecho es que persisten entre nosotros estos rituales heredados de nuestros antepasados. Cuando nos toca, quien más, quien menos, casi todos rezamos por el alma de nuestros difuntos. Pues es muy extraño que, después de tanto tiempo, no haya regresado nadie para confirmarnos la veracidad o falsedad de tales prácticas. Si hablamos de las supersticiones y leyendas, Lobera tiene tela para rato. Como todo el mundo sabe, el más destacado es el “Rito de los Herniados”, que no puede faltar en un lugar destacado del libro de Lobera de Onsella. A ello habría que añadir la información popular sobre las personas que tenían un don especial para curar, los efectos milagrosos del toque de campanas, la propiedad curativa de las plantas, tanto para las personas como para los animales, etc.

En fin, son tantos los asuntos que pueden y deben incluirse en un libro sobre Lobera, que abruma un poco a la hora de poner manos a la obra. Todos los apartados son importantes, pero no todos presentan la misma dificultad.

Para la obtención de los datos geográficos e históricos basta con acudir a las fuentes escritas que encontraremos en organismos oficiales, en archivos y en la bibliografía. Sin embargo, para enfrentarnos al amplio apartado del “modo de vida de los habitantes de Lobera en el pasado”, se titule como se titule, hace falta algo más que eso. Es necesario haberlo vivido. Para quien lo mire desde el exterior, como un turista más, todo parece igual, todos los pueblos realizaban las mismas faenas en los mismos tiempos, llegando a distinguir solamente lo urbano de lo rural. Pero no es así. Cada lugar tenía su propia personalidad.

Por tanto, como pregonan esos carteles que a veces salen a nuestro encuentro al intentar entrar en una obra o en una empresa, absténgase de escribir sobre el modo de vida de las gentes de Lobera en el pasado, o sobre cualquier otro pueblo, toda aquella persona que no haya nacido y vivido en aquel ambiente, o que no se haya pasado media vida conversando con los habitantes del lugar sobre todo lo habido y por haber.

-Lector/a: Le veo a usted un poco pesimista. ¿Dónde está el optimismo inicial?

-Infrascrito: Si nada más comenzar esta conversación me viene usted increpando con indirectas tan demoledoras como: ¡Hala, dónde va, si hace ya siglos que estuvo en Lobera!, ¡que no puede hacerse una idea de cómo ha cambiado aquello!, ¡que ponga de una vez los pies en el suelo!, ¡que dónde va a estas alturas de la crisis! Con todo ese bagaje de reticencias es lógico que ande con la moral algo resquebrajada.

Además, no crea usted que hemos terminado. En un libro no puede faltar una visión panorámica del presente, es decir, de la situación en que se encuentra Lobera de Onsella en estos momentos: si la población tiende a disminuir o a incrementarse; de qué medios económicos dispone; si los actuales agricultores trabajan, en régimen de arriendo o como medieros, las tierras de aquellos vecinos que emigraron a la ciudad; si ocurre lo mismo con la ganadería y el arriendo de hierbas; servicios que se prestan en la actualidad para atender a las personas que se resistieron heroicamente a sucumbir a la tentación de la emigración, etc. …

Tampoco puede cerrarse un libro local sin recoger una visión general de las perspectivas que se vislumbran de cara al futuro de Lobera de Onsella. ¿Se decanta hacia el turismo? ¿Se intuye cierto optimismo de futuro gracias a los emigrados que han retornado para recuperar sus casas? ¿Existen proyectos claros que auguran un futuro autónomo de la localidad, o está abocada a convertirse, en un tiempo no demasiado lejano,
en un ecosistema de protección ambiental?

-Lector/a: Con todo lo dicho hasta aquí, ha quedado muy claro que escribir un libro es algo muy serio. Lo que me extraña es que haya tardado tanto tiempo en darse cuenta de ello. Además de todo lo dicho, esperaba que nos hablara de algo original ocurrido en nuestro pueblo. Alguna leyenda, algún hecho de brujería, qué sé yo.

-Infrascrito: Si es por eso, no hay problema. La tradición oral de los pueblos está llena de supersticiones. Y dentro de ese abanico de leyendas y dichos, no podían faltar los casos relacionados con la brujería. Aunque se la define a ésta como el arte del dominio sobre las fuerzas del mal, y sus manifestaciones acostumbran a ser nefastas, como la provocación de enfermedades, hacer que una persona cambie su conducta habitual, etc., también pueden actuar sobre la naturaleza, ocasionando todo tipo de cambios climáticos. Y esto último es precisamente lo que ocurrió en Lobera de Onsella en cierta ocasión.

Según testigos presenciales, en un tiempo no demasiado lejano se detectó en Lobera la presencia de alguna que otra “brujilla” con poderes sobrenaturales evidentes, aunque desprovistas de la maldad propia de las que se desplazan constantemente de un aquelarre a otro, montadas sobre su escoba, mientras otean desde lo alto el paisaje en busca de víctimas.

Sólo admitiendo la existencia de estas “brujillas” benignas puede explicarse lo que sucedió en Lobera un día del mes de diciembre de hace muchos años. Un caballero, que transitaba por el frontón de la plaza en dirección a su casa, se cruzó en su camino con una dama, con la que intercambió algunas palabras de simple cortesía, ya que no había motivos para alargar más la conversación.

Al manifestarle el caballero a la dama su intención de salir de viaje al día siguiente, ésta, transformando la expresión de su rostro, sentenció con aplomo y seguridad: “Mañana caerá una gran nevada que le impedirá salir del pueblo”. El caballero, sorprendido ante tal amenaza, que tomó como una broma de mal gusto, continuó su camino con una amplia sonrisa de incredulidad en la cara, al tiempo que dirigía su mirada al cielo, comprobando que estaba más limpio de nubes que el ojo de un pájaro.

Pero cuál sería su monumental sorpresa a la mañana siguiente cuando, al apartar las cortinas de su ventana para recibir al nuevo día, contempló, totalmente anonadado y confuso, cómo un manto de nieve de aproximadamente un palmo de espesor cubría los tejados y el paisaje de enfrente. El mal presagio lanzado por aquella implacable “brujilla”, más o menos diestra en las artes de la brujería, se había cumplido.

Dígame usted si este hecho sobrenatural no es digno de figurar en los anales de la brujería de Lobera de Onsella. No obstante, todos los analistas coinciden en señalar que las “brujillas” que en alguna ocasión desplegaron sus artes en este lugar, siempre se distinguieron por su simpatía y por la carencia total de maldad intencionada en sus premoniciones.

 

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