
El encanto de los lugares pequeños es que mantienen intacta su personalidad y que el paso del tiempo sólo se percibe cuando te das cuenta que a las imágenes que guardas en tu álbum de recuerdos les acompaña una carcajada que tiene sabor a fruta madura. Es en el momento en el que los lugares dejan de ser vistos en clave de futuro cuando te das cuenta de que esas imágenes en movimiento han pasado a convertirse en referente presente, que no se olvida. Resulta complicado ordenarlos, seguir un criterio que haga que los recuerdos se sucedan en perfecta sintonía, que no se entremezclen como en una coctelera. Al final, te hartas de darles un significado, y prefieres dejar que fluyan cada uno a su velocidad, con su propia intensidad y fuerza.
El encanto de los lugares pequeños es que los recuerdos pueden beberse con los cinco sentidos. No sólo hay imágenes que se quedaron grabadas en la retina, también hay sabores: el de los pellizcos furtivos a las tortas que las abuelas compraban al panadero, antes de escuchar el consabido: "¡Quita, que es para la merienda!", y que te dejaban un rastro de azúcar en los dedos. El de las chucherías dulces con sabor a ganchito o a galleta, una delicia gastronómica que sólo sabía a gloria la noche de la cencerrada. El de los Calippo de fresa, los polos que primero se agotaban y que te obligaban a esperar, con paciencia de santo, la llegada del camión de helados. Hay sonidos, como el "un, dos, tres, probando" de las orquestas antes de empezar a tocar; como el del ruido de la pelota golpeando el frontón. Hay olores, como el del chocolate con bizcochos en pleno mes de agosto, como el de la boñiga de oveja, o el de las hogueras de San Juan. Y sobre todo hay sensaciones: la tierra, el dolor por una mala caída jugando al escondite, la llegada de septiembre, el fin del verano. El adiós.
La verdadera delicia del encanto de los lugares pequeños es que cada cual encuentra su propia exquisitez en sus recuerdos. La mayor parte de las veces, ni siquiera coinciden, porque cada persona prefiere poner el acento en uno u otro detalle que lo que identifica. Y sí, mis recuerdos están asociados a juegos, al no parar, siempre en movimiento, de un lugar para otro: al parque, con nuestro particular tiovivo de hierro, que giraba, giraba, y que aún sigue girando; al mirador, donde los bloques de piedra se convertían en barcos piratas; al sabor de las pipas con sal a media tarde, a los esfuerzos por ahorrar agua; al deseo por refrescarnos en unas piscinas que parecían no llegar jamás, por mucho que las pidiésemos. El encanto de los lugares pequeños es que los días eran invariablemente iguales, y, al mismo tiempo, distintos. Daba igual vivir en martes, en viernes o en domingo. Caer rendido en la cama y dormir del tirón hasta la mañana siguiente.
Grandes recuerdos, gran memoria de un lugar, que, para quien no los comparte, apenas es un punto minúsculo en el mapa.
