
Para la mayoría de mis amigos y compañeros de colegio, el verano era ese ansiado espacio de tiempo que discurría entre la última clase de junio y la primera de septiembre. El mío, mucho más corto e intenso, se condensaba en los meses de julio y agosto y desprendía aromas a manzanilla y melocotón, tintaba mis rodillas de negro postilla y rojo betadine y hartaba mi cuerpo de pulgas y habones. Eran los veranos del qué casa eres, de las visitas telefónicas a la cárcel y del morero. Eran los veranos de Lobera.
La inauguración de mis veranos más lejanos olía a familia completa, a humo de hogueras y a chuletas y costillas de cordero: era la noche de San Juan. Esa misma tarde había acompañado a mi padre, tíos o abuelo a la viña, a por zuecas para cebar el fuego que más tarde doraría toda la carne loberana comprada en el súper Mayayo de Juanito, en Sangüesa.
Los sesenta y dos días siguientes rodaban por el calendario al ritmo de mi bicicleta Orbea de paseo, en un mundo feliz con sabor a torta y chocolate, a cacahuetes del pescatero y a flashes, triskis, popeyes y colajets. Los eventos socio-deportivos más importantes de la jornada eran los mundialitos, los partidos de chapas y las timbas al burro y a la guerra, mientras que por la noche nos jugábamos algo más que la vida y la muerte en lances desencarnados al escondite, el matapollos o el "toco, marro y salgo".
Las rocas del Paco y los coches abandonados en las eras eran el escenario de mil y una aventuras, y las tormentas nocturnas de rayos y aguaceros solían sumir al pueblo en una tétrica oscuridad absoluta, sólo violentada de vez en cuando por los fugaces haces de luz de relámpagos y linternas, o por tétricas y temblorosas velas de cera. Al escampar el chaparrón, arrancaba con mi padre, abuelo o amigos a buscar caracoles, los sapos salían a la calle a fumar cigarrillos y los niños auxiliaban a las crías de gorrión caídas de sus nidos durante el diluvio.
El principio del fin comenzaba con la cencerrada. Los abuelos cambiaban sus puestos de vigía y tertulia de la torre por el vino dulce del pipote, la tranquilidad de los días anteriores se esfumaba con los petardos y los disparos metálicos del tirapichón, y las noches a la fresca daban paso a un ir y venir de parejas bailando pasodobles bajo un cielo plagado de bombillas de colores. El escenario azul era nuestro principal centro de reunión y juego durante el día y de admiración durante la noche, y la llegada del descanso proclamaba el inicio del particular toque de queda nocturno impuesto por nuestros padres.
Las fiestas eran el colofón de todos los veranos y su terminación significaba tristeza y despedidas, la vuelta a la ciudad gris y a la rutina. La hibernación de los amigos que no volverían a despertar hasta el verano siguiente y la esperanza de que todo siguiera como lo habíamos dejado. Una de las pocas cosas que no ha cambiado en Lobera a día de hoy, al fin y al cabo.
