Echando la vista atrás

Miércoles, 25 de Agosto de 2010 00:00 Sonia Casado
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Bienvenidos a Lobera

Jo, recuerdos que tengamos de Lobera... Cuando se expuso el tema, la verdad es que tampoco me salieron demasiados, pero conforme vamos recordando, una cosa te lleva a otra, y a otra... hasta que al final formamos una enorme cadena de recuerdos, ¡y qué recuerdos!

El pueblo ha cambiado mucho en los últimos años, se han arreglado calles, se han reformado casas... pero aún así, en cada rincón todavía surge algo.

En la plaza por ejemplo, en el frontón se nos daba la bienvenida con un "Bienvenidos a Lobera" pintado en lo alto, la fuente de nuestros tiempos tenía "joroba"... ¿Os acordáis? ¡Anda que no era cómodo tumbarse en ella tipo hamaca viendo algún partido de pala!

Fuente con joroba

Hablando de partidos de pala, ¿os acordáis del montón de gente que se reunía en la costera para ver los campeonatos de pala en fiestas? Si no cabía ni un alfiler, ¡menuda animación había!

En fiestas, nuestra cuadrilla organizaba alguna que otra ginkana, la verdad es que nos lo pasábamos genial viendo como los niños participantes metían la cabeza mojada en un balde de harina para buscar monedas, o intentaban morder una manzana colgada sin sujetarla con las manos. En cada prueba les dábamos un trozo de poema que al final tenían que recitar a nuestra princesa, y como no teníamos princesa, disfrazamos a Iñaki (Biesa) y lo plantamos en el balcón de la casa de Marisol.

¿Y cuando tocaba esperar al panadero? En tiempos hacía dos paradas, la primera la hacía donde casa Bacivero y de allí iba a la plaza, pero como para cuando llegaba a la plaza ya no llevaba nada de "morro", nos mandaban a esperar nada más comer a la primera parada. ¿Quién es el último? Y alaaaaaaa, a esperar ratos y ratos porque un día lo mismo te venía a las tres que otro a las cinco.

Nosotros no teníamos piscina, pero lo pasábamos igual de bien en el río. ¡Nos llegaba el agua más arriba de las rodillas! (en según dónde, claro). Nos metíamos o con unas zapatillas viejas, que cuando salías del agua te pesaban un montón, o con esas maravillosas y a la vez elegantes zapatillas de goma, aunque eso sí, siempre rodeados de nuestros amigos los "zapateros".

Río Onsella

Para pasar el rato no teníamos maquinitas de videojuegos como ahora, así que nos las ingeniábamos jugando al "toco, marro y salgo", "polis y cacos", al "pañuelo" y alguna noche que otra nos subíamos al "Teleclub" (para los que sean más jovencitos y no se acuerden, el Ayuntamiento no estaba arreglado como ahora, tenía una puerta que si te apoyabas se abría sola y las escaleras no tenían vallas sino un muro frontal de piedra... ¡ah, y teníamos el cementerio viejo al lado de la Iglesia!). Pues eso, que nos subíamos a allí a contar historias de miedo, y como la luz de la calle fallaba, en cuanto nos quedábamos a oscuras salíamos corriendo y gritando costera abajo hasta que llegábamos al frontón, que era nuestro lugar seguro.

Y la tardes que pasábamos en las Rocas del Paco jugando... cada piso de roca era una casa y allí formábamos nuestra comunidad de vecinos.

En los columpios no teníamos la pista de baloncesto que hay ahora, la fuente también ha cambiado y por supuesto no había un foco por la noche iluminando desde la Peña Cinco Dedos, así que... nos íbamos de excursión las noches de luna llena, a ver quién se atrevía a llegar a los columpios sin darse la vuelta corriendo (siempre había algún majete que iba por el otro camino para dar el susto de rigor, claro).

Había dos bares, el de Clemente y el de Marisol, pero no era como ahora: a los enanos que estábamos jugando en una mesa a cartas, en cuanto venían los mayores a echar la partida, nos mandaban a la calle por la vía rápida. El consultorio no estaba donde está ahora, sino que era una sale en el edificio del frontón y abajo teníamos un "bar de abajo" genial. ¡Y la de peñas que había! Desde los más pequeños hasta los abuelos tenían una peña. Una pena que se haya perdido, estaba bien eso de ir de ruta de peñas... Eso sí, en las de los mayores tenían la cuba llena de vino y en la nuestra teníamos botellas de naranjada, Coca Cola, bolsas de patatas y hasta galletas, que ofrecíamos gustoso cuando venía la gente a verla.

En fin, que nos dejaban al cuidado de los abuelos casi desde que nos daban las vacaciones hasta que teníamos que empezar el cole, y la verdad es que pasábamos unos veranos geniales en Lobera. Ojalá no se pierda ese espíritu de pueblo y dure muchos, muchísimos años más.