
¡Qué tiempos aquéllos, cuando a escondidas de nuestros padres, nos ibamos a beber nuestros primeros kalimotxos a la pedazo pista de patinaje de los columpios! ¿Os acordáis? ¿Y cuando los domingos nos íbamos a pasar las horas a las rocas del Paco, a esperar a Don Emilio? ¡Menudo cura!
Hablando de lo de antes, de lo de los columpios, una noche pasó algo extraño (y no fue por culpa del alcohol). Estábamos unos cuantos, bastante entrada la noche, y de repente a Belén del Moro le dió un presentimiento raro. Dijo que se iba y claro, con lo miedosa que soy yo, me fui con ella. Los demás se quedaron y sin saber porqué, apareció una silueta en la barra superior de los columpios, y no era de una persona.
La gente se asustó y se volvió para el pueblo. Ninguno de nosotros, asustado, pudo dormir en toda la noche, y Óscar (el hijo de Domingo) cuando se metió en la cama y puso la radio, escuchó que ese día era San Víctor, y que éste se aparecía a la noche por los pueblos. Cuando a la mañana siguente nos lo dijo nos cagamos aún más, hubo un gran revuelo en todo el pueblo y se enteró todo el mundo, pero lo más triste fue que ni los padres ni el resto de la gente nos creyeron.
¡Menuda historia! Con esto me despido, que la gente que estaba allí se acordará muy bien de todo aquello: Eva, Belén y Chiki del Moro, mi primo Míchel, Itxaso, Óscar, Sandra de Campos, David de Buey y yo.
