Tonos y politonos

Lunes, 01 de Junio de 2009 01:00
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Un día en que mi hijo y yo nos encontrábamos sentados plácidamente frente al televisor, degustando una de mis especialidades culinarias, de pronto, tal vez motivado por lo que en aquel momento aparecía en la pequeña pantalla, le dije:

-Oye, desde un tiempo a esta parte estoy observando un extraño comportamiento en la gente. En mis largos paseos por la ciudad he podido comprobar que cada vez son más las personas que hablan solas por la calle. Hasta hace poco, los monólogos callejeros eran propios de alguna que otra persona mayor que, ensimismada en sus pensamientos y con la mirada perdida en el pasado, mantenía una fluida conversación con algún alma en pena que fluctuaba a su alrededor. Pero lo que está ocurriendo en la actualidad empieza a ser preocupante. Ya no se trata sólo de personas afectadas por los achaques de la edad. Lo sorprendente, y al mismo tiempo alarmante, es que en la mayoría de los casos este trastorno afecta ya a gente joven, fuerte, sana y, aparentemente, en sus cabales. Y ahí los tienes, encerrados en su mundo, hablando sin parar mientras caminan solitarios por la calle. ¡Sabíamos que la crisis estaba causando estragos en la sociedad, pero quién iba a suponer que las cosas llegarían a este extremo!

-Papá, esas personas no hablan solas, ni han perdido la chaveta —me respondió mi hijo, precediendo su respuesta de una sonora carcajada— Lo que ocurre es que mientras caminan aprovechan el tiempo para hacer sus gestiones o comunicarse con sus amigos a través del “Bluetooth”.

-¿Y eso qué es? —pregunté con toda la candidez del mundo al oír semejante anglicismo.

Tras explicarme pacientemente mi hijo el significado de dicho término, la conversación derivó hacia otros derroteros, comentando los enormes avances científicos del pasado y del presente, para concluir que las ciencias avanzan que es una barbaridad.

-Precisamente, hablando de estos temas con un compañero de trabajo, —continuó mi hijo— me comentaba hace poco que no podía imaginarse un mundo sin teléfono móvil. Que le costaba mucho esfuerzo hacerse a la idea de que hubo un tiempo en que estos artilugios no existían, señalando seguidamente que la vida de nuestros antepasados, al carecer de este medio de comunicación personal, tuvo que ser muy triste, aburrida y traumática, especialmente para los jóvenes.

Sorprendido por este comentario, eché la vista atrás, recorrí con la mente aquellos años de nuestra infancia y pubertad y, de repente, una ráfaga de pánico invadió todo mi ser. ¡Era verdad! ¡Cómo habíamos podido sobrevivir sin portar en nuestro bolsillo el inseparable teléfono móvil! Es más. Al hacer un recuento así por encima de lo que nos habíamos perdido los niños de entonces, no pude menos que sentir una profunda decepción: Internet, el chat, los e-mails, la banda ancha, los blogs, los foros, los videojuegos, Windows, Access, Excel, Photoshop, Wifi, la consola, el móvil, los tonos y politonos…¡Qué barbaridad! ¡De cuántas cosas nos vimos privados por adelantarnos en el tiempo! ¡Qué traumático debió resultar para nosotros, niños al fin, haber crecido sin poder disfrutar de todos estos avances técnicos cargados de bits!

Lo curioso del caso, sin embargo, es que por más que rebusqué en el baúl de los recuerdos y en los currículum vitae de los zagales y zagalas que poblábamos mi pueblo allá por los años cincuenta, o en los semblantes de los niños y niñas, de los chicos y chicas que correteaban por las calles de Lobera de Onsella en la década de los sesenta, no conseguí recordar rostros con signos de frustración, tristeza, aburrimiento, abatimiento, desilusión, depresión, desaliento, aflicción, desolación o desdicha. Muy al contrario, en las imágenes de mis recuerdos sólo aparecían caras llenas de vitalidad, energía, entusiasmo, ilusión y optimismo, envuelto todo ello por una desbordante alegría. Menos mal, pensé. Al menos, la carencia de todos esos inventos no había afectado en exceso a nuestra felicidad personal.

Y es que, mirándolo bien, tampoco había motivos para la desesperación. Aunque no disponíamos todavía de computadora personal o de teléfono móvil, en la práctica disfrutábamos ya de la mayoría de estos avances modernos. Si nos detenemos, por ejemplo, en el término “mensaje”, nos encontramos con que una de las varias definiciones que del mismo aparece en el diccionario de la RAE, dice: “Conjunto de señales, signos o símbolos que son objeto de una comunicación”. Y eso es lo que ocurría. Además del habla y de la escritura, que son los dos medios más habituales de entendimiento entre las personas, existían ya en nuestro tiempo otros sistemas basados en las señales, signos o símbolos. Es decir, que del mismo modo que la Iglesia Católica, a lo largo de los tiempos, ha utilizado el humo para proclamar al mundo entero eso de “Habemus Papam”, tanto en mi pueblo como en Lobera de Onsella se recurría también a las fumatas a la hora de transmitir mensajes. Veamos un par de ejemplos:

Otro sistema muy práctico para comunicarse las personas eran las “sabanas blancas”. Sin embargo, así como en el caso del humo los mensajes, por lo general, se transmitían del monte a la casa, en este caso era a la inversa, desde la casa hacia el monte. Veamos algún ejemplo:

Como atalaya perfecta para enviar mensajes desde Lobera hacia la parte del río Onsella y las laderas de la sierra de la Sarda, nada mejor que el montículo situado detrás de las antiguas escuelas, hoy Ayuntamiento y sede de la Asociación Cultural Sesayo. Para dirigir los “emails” hacia el sur, hacia las laderas que descienden de Santo Domingo, cualquiera de las fincas próximas a las casas era un lugar adecuado para tender la sábana y ejercer así de centro de transmisión de mensajes.

Si nos adentramos ahora en el terreno del “chat”, la cosa cambia mucho. Como remedio para que los tímidos se abran al mundo, vale. De acuerdo. Pero no debemos olvidar que a la hora de “chatear” todos los gatos son pardos. Es bien sabido que al hacer uso de este medio de comunicación puede darse el caso de que nos den gato por liebre. En nuestro tiempo preferíamos la conversación directa, el trato cara a cara, mirándonos a los ojos, ¡a los bonitos ojos de las bellezas de nuestros pueblos! Había lugares y momentos muy apropiados para chatear, tales como al ir a buscar agua a la fuente, con o sin cántaro; cobijados a la sombra de la morera de la plaza de Lobera; en las eras de poniente, mientras el astro rey desaparecía lentamente por las sierras de Sos; al volver las peonadas juntas al pueblo tras un día duro de siega y, sobre todo, en ese lugar que tanto me impresionó el primer día que visité Lobera de Onsella, el lavadero municipal. ¿No creen ustedes que aquella forma de chatear, la nuestra, la de conversar mirándonos a la cara, era mucho más natural, sincera y satisfactoria que el actual “juego del escondite” al amparo de una pantalla? ¡Vamos, hombre!

¿Y qué ocurría con los tonos y politonos?, dirán ustedes. Pues eso, que aun cuando no disponíamos de teléfono móvil, nuestros pueblos estaban, ya entonces, muy bien surtidos de tonos y politonos. Y el sonido de las campanas era uno de los más bellos.

-Oye, chaval, ‘bájate’ un politono de misa mayor —le decía el cura al monaguillo mientras se hallaban ambos en la sacristía preparando los complementos para la celebración, tales como el amito, el alba, el cíngulo, la casulla, el cáliz o las vinajeras.

Reloj del campanario de Lobera Campana deteriorada

El escolano, sacando fuerzas de flaqueza, se colgaba de la cuerda de la campana y, ayudado por su propio peso, descargaba el politono de las “primeras”, más tarde el de las “segundas” y, para concluir, el de las “últimas”. Para distinguir unos toques de otros, al finalizar cada politono añadía un tono para el primero, dos para el segundo y tres para el último. Existían además otros politonos muy interesantes, como el de los “difuntos”, el de las “tormentas” o el de la “fiesta mayor”, que caían bajo la responsabilidad de otras personas. El campanario de Lobera, con sus cuatro aberturas: ninguna al norte, una al sur, dos al este y una al oeste, es un caso interesante. La concurrencia de las tres campanas de distinto tamaño, existentes todavía en la actualidad, aparte de una pequeña que se halla deteriorada, contribuyen a que los politonos alcancen mucha mayor belleza. En este sentido, quiero aprovechar la ocasión para rendir desde aquí un pequeño homenaje al Sr. Urbano Sanjuán, el herrero, que con su constante dedicación y esfuerzo consiguió que el reloj del campanario de la villa marcara las horas durante muchos años, alegrando el entorno con el limpio tañido de su campana, al tiempo que mantenía a todos sus habitantes al corriente de la hora.

-Cuando yo levante la hostia —recordaba el cura al monaguillo antes de comenzar la misa— tienes que ‘descargar’ un politono con la campanilla. No te olvides. Con este mensaje comunicamos a los presentes que nos encontramos en el momento culminante de la celebración.

PolitonoSin embargo, los politonos más armoniosos eran los provenientes de las esquillas del ganado. ¿Saben ustedes que los vecinos de Lobera conocían a qué casa pertenecía cada rebaño con sólo oír el timbre de su politono particular? Los pastores, dejándose guiar por sus preferencias, ‘descargaban’ para su rebaño el politono más llamativo y personal, compuesto por la combinación de las diversas esquillas que solían tener colgadas en la falsa, tales como cuartizos, trucos, truquets, esquillas normales, tringolas, esquillóns y cascabeles. Había fechas especiales, como el día del esquilado, en que los politonos alcanzaban su máxima expresión.

-Zagal, sube a la falsa y ‘bájate’ varios politonos para celebrar por todo lo alto el nuevo “look” de las ovejas —le decía el pastor a uno de los chicos de la casa una vez que todas las reses habían pasado por la peluquería.

Y si nos lanzamos ahora a explorar el paisaje natural de Lobera de Onsella, los politonos con que vamos a encontrarnos son una verdadera maravilla. ¿Cuánto tiempo hace, amable lector o lectora, que no se ha sentado, o tumbado, al llegar la noche de un día primaveral o estival, sobre cualquiera de las zonas verdes que rodean el pueblo de Lobera? ¿Cuánto tiempo hace que no se ha detenido en las orillas del río Onsella, al anochecer, para escuchar la asombrosa sinfonía de la Naturaleza, con los grillos como primeros violoncelistas, las ranas en la percusión y las lechuzas en el papel de sopranos ligeras, mientras las estrellas comienzan su juego nocturno allá arriba en el firmamento? Cuando haya hecho la prueba, el politono de su móvil personal le parecerá una vulgaridad.

Río Onsella

Lo dicho hasta aquí no es más que una simple argumentación para resaltar que la imaginación humana, con móvil o sin él, ha sido en todo momento imparable. Que si admirables son los enormes avances técnicos modernos, no menos asombroso es el ingenio utilizado por el ser humano en los distintos períodos de la Historia para resolver sus problemas. Me gustaría, no obstante, llamar la atención sobre un pequeño detalle. En un tiempo en que podemos comunicarnos con facilidad con todo el mundo, puede darse el caso de que alguien, parapetado tras una pantallita, se mantenga aislado de las personas y del paisaje que le rodean. Por ello, y una vez aclarada la dualidad de los tonos y politonos, voy a intentar exponer lo que se pierde, por ejemplo, quien se limita exclusivamente a rodearse de gigas y megabyts, sin reparar en su entorno.

El 8 de marzo de este año 2009, un matrimonio que se adentró con su vehículo por la carretera del río Onsella sin saber muy bien adónde se encaminaba, de pronto quedaron ambos cónyuges asombrados ante lo que estaban contemplando. De tal forma les impactó aquella salida que, al regresar a su casa, quisieron recabar información en Internet sobre el paisaje visitado, topándose con la web de Pascual Plano, en cuyo Libro de Visitas dejaron constancia de su experiencia. El marido, que dijo llamarse Cristóbal, decía literalmente: “He estado por ese valle este puente de la Cincomarzada y he quedado sorprendido por la belleza del territorio y por las malas comunicaciones”. Y más adelante continuaba. “En Lobera pasamos un rato más que en los otros, pero los tres pueblos (refiriéndose a Navardún, Isuerre y Lobera) nos parecieron casi iguales y preciosos”. ¿Qué les parece? Para los loberanos y loberanas, ver que quien viene por allí por primera vez queda prendado de la variedad y belleza de su paisaje, es algo natural. No puede ser de otra manera. Por desgracia, tampoco les sorprende a los “olvidados por la Administración” que la gente que los visita se queje de las malas comunicaciones. Es lógico. Y no será por falta de reclamaciones. Sepan ustedes que los habitantes del valle llevan más de medio siglo demandando más atención para sus carreteras, así como la construcción de nuevos enlaces con las localidades de Luesia y Biel. Así lo hacía ya el Sr. Santos Buey, Alcalde de Lobera de Onsella allá por los años sesenta, y así continúan insistiendo las actuales instituciones locales. Pero eso no empaña la belleza del Valle del río Onsella.

Como nacido en el Pirineo aragonés, diría a los excursionistas, a los amantes de la Naturaleza, que dejen de correr con sus vehículos de aquí para allá como almas en pena. Ya sé que desde allá arriba, desde lo más alto de los “todoterrenos”, de los “bemeuves”, de los “mercedesbenz”, y demás, las cosas se ven de maravilla, según me han contado. Pero con sólo “ver” no basta. Si quieren ustedes disfrutar al completo de los bellos paisajes pirenaicos, de nuestras montañas, por favor, echen pie a tierra. Es sabido que lo que mola, al llegar el lunes a la oficina, es presumir de lo “fiera” que es nuestro vehículo nuevo; de que se traga los kilómetros como si fueran rosquillas, y de la barbaridad de millas que ha devorado en tan sólo cuarenta y ocho horas. Como si de una carrera se tratara. Quien se vanaglorie de haber visitado en una sola tarde, como suele ocurrir, todo el tramo pirenaico que se extiende entre el Valle de Benasque y el pantano de Yesa, por ejemplo, de lo único que puede sentirse orgulloso es de haber pisado mucho asfalto.

Si desean ustedes disfrutar de un bello entorno natural y humano, permítanme que les proponga el siguiente plan: Lléguense hasta el puente de Lobera, aparquen su vehículo a un lado, repongan fuerzas con los ricos productos de la tierra, y una vez bien vitaminados, caminen a lo largo del ecosistema que se extiende por ambas orillas del río Onsella, poniendo en marcha los cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Cuando hayan respirado el aire puro; cuando hayan escuchado los innumerables y melodiosos tonos y politonos emitidos por los diversos seres vivos que lo pueblan, así como olido y palpado distintas plantas aromáticas, siempre con el máximo respeto hacia la Naturaleza, regresen a su medio de transporte y asciendan hasta el bonito pueblo de Lobera de Onsella, a un tiro de piedra, donde podrán comprobar que Cristóbal tenía toda la razón del mundo. Recorran sus inclinadas y limpias calles; contemplen con detenimiento las espectaculares fachadas de las casas, con la piedra como protagonista; fíjense en los renovados tejados, con sus aleros, y comprueben la ingente labor que se ha llevado a cabo hasta lograr la actual imagen del pueblo.

Casa Marcelo antes Casa Marcelo ahora

En el plano cultural, no dejen de visitar la exposición de fotografías y documentos antiguos, ubicada en el local de la Asociación Cultural Sesayo, que permanecerá abierta hasta las fiestas patronales del mes de agosto; aprovechen para echar un vistazo a los libros que contiene la nueva biblioteca inaugurada también en Semana Santa; hagan una visita a la iglesia, donde quedarán sorprendidos de su valor artístico. Y, sobre todo, no se priven de hablar con cualquier persona que encuentren por la calle. Son buena gente. Puedo avalarlo con mis cuatro años de estancia en ese lugar.

Si lo hacen así, tendrán que señalar ese día en su calendario como uno de los más completos. Y si les quedan ganas de volver, que así será, hay fechas muy especiales que no pueden perderse, como el día de San Juan, con el Ritual de los Herniados, las fiestas mayores de finales de agosto y las múltiples actividades, incluido el senderismo, que se desarrollan a lo largo del verano en honor de los numerosos visitantes que pasan sus vacaciones en Lobera de Onsella.

Frontón antes Frontón ahora

Y para finalizar, dos imágenes que nos hablan del antes y del después. Si con las carencias que todos sabemos, vivir en Lobera de Onsella era ya en nuestro tiempo una verdadera delicia, se lo puedo asegurar, imagínense ustedes cómo será hoy día la vida en ese “bello enclave prepirenaico”, tras los innumerables avances de todo tipo que se han llevado a cabo en la localidad.