¡La maldita aguja!

Sábado, 29 de Marzo de 2008 01:00
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De nuevo aquí con ustedes para proseguir la narración de algunos hechos vividos durante mi estancia en Lobera de Onsella. Es probable que hayan oído hablar de la curiosa afición que tienen las agujas, especialmente las de coser, de corretear por los vasos sanguíneos de nuestro cuerpo camino del corazón. Esta controvertida creencia, verdadera para muchos y falsa para otros tantos, ha sido utilizada a menudo como arma arrojadiza para ahuyentar a los niños de los lugares que entrañaban cierto peligro para su integridad física. A ella recurrían mi abuela y mi madre, en mi época infantil, cuando intentaba acercarme al costurero con intención de coger las tijeras para llevar a cabo algún que otro desaguisado. “No toques la cestita de la costura”, me decían. “Si te clavas una aguja, correrá por todo tu cuerpo hasta llegar al corazón”. El remedio era mano de santo y surtía el efecto deseado de inmediato. No era para menos.

El contenido del costurero era tan variado como si de un auténtico bazar turco se tratara. Allí había de todo: agujas normales de coser, laneras, y hasta colchoneras, clavadas todas ellas en una almohadilla de tela o en una esponja, que al tomarla en nuestras manos, solía sorprendernos con algún que otro doloroso pinchazo, provocado por alguna aguja traicionera escondida en su interior. Existía también una buena reserva de hilo enrollado en forma de carrete, canutillo o madeja; botones de todas las formas, tamaños y colores; dedales dorados y plateados; hebillas, cremalleras, pinzas, tubitos llenos de alfileres, metro de cinta, cortaúñas, ganchillo, retales de tela para los remiendos, o procedentes del arreglo de los bajos de los pantalones, etc. Era increíble cómo podían almacenarse tantas cosas en un recipiente relativamente tan pequeño. Pero las herramientas más valiosas y peligrosas eran las tijeras. Las había de tres tipos: las viejas, de color ya grisáceo, que más que cortar, mordisqueaban la tela; las nuevas, conocidas también como “las buenas”, y las pequeñas y curvadas, que solían utilizarse en los bordados. Visto lo cual, no era de ningún modo recomendable que las manos infantiles hurgaran en ese mundo misterioso del canastico de la costura. Había que inventar un método radical y efectivo para alejar a las inocentes criaturas de ese peligro en potencia. Y para ello, nada mejor que recurrir a la leyenda de las agujas viajeras, según la cual, cuando una de esas puntas de acero consigue introducirse en nuestro cuerpo, viaja y viaja sin parar por el torrente sanguíneo hasta alojarse en el corazón.

Pero no crean ustedes que esto de las agujas andarinas son cosas del pasado, cuentos de brujería o leyendas que se aprovechaban de la inocencia infantil para atemorizar a los niños. No. La cosa sigue totalmente vigente en la actualidad. Precisamente ayer, navegando por Internet en busca de información sobre este tema, pude comprobar, para mi asombro, que de las 37 personas que intervenían en un foro relacionado con este asunto, 21 de ellas afirmaban que se trata de un hecho verídico, real como la vida misma, que no admite la más mínima duda, mientras que las 16 restantes sostenían que es un bulo, un engaño, utilizado por las personas sin escrúpulos para asustar a los débiles y apocados. Sin embargo, tanto los crédulos como los incrédulos aconsejaban que si se daba el caso de que alguien se clavaba una de esas picaronas agujas, acudiera lo antes posible al médico.

Las agujas y el torrente sanguíneo, ¡qué miedo! Quienes creen en la movilidad de las agujas a través de nuestro cuerpo relatan sucesos espeluznantes que siguen produciéndose en nuestros días, como el de aquella niña que se fue a la cama con una aguja prendida en su pijama y mientras dormía se le clavó en el cuerpo y fue navegando por el torrente sanguíneo hasta llegar al corazón. O aquel otro de la señora que, lavando la ropa, se clavó una aguja sin dar mayor importancia al pinchazo, y al cabo de una semana tuvieron que sacársela porque le estaba obstruyendo los conductos del corazón. O la noticia más reciente, según la cual unos cirujanos de la ciudad colombiana de Neiva tuvieron que operar a una niña de 11 años para extraerle una aguja que tragó por accidente y que se alojó en su corazón. Aunque entre los participantes en el foro citado había algún que otro médico, que aseguraba rotundamente que todo esto de las agujas viajeras es una patraña, ¿quién no siente cierto temor ante los casos reales que se acaban de mencionar?

Cuando una creencia se ha transmitido de generación en generación y ha llegado hasta los más alejados confines de la tierra, algo tiene que haber en ella de verdadero. Si quieren conocer más datos sobre las malas pasadas que pueden llegar a jugarnos las caprichosas agujas, voy a contarles lo que ocurrió durante nuestra estancia en Lobera de Onsella, allá por los años sesenta y tantos.

Fuente

Una tarde llamaron con urgencia a la puerta de la casa donde vivíamos. Bajamos enseguida a abrir y nos encontramos con una señora que, con voz entrecortada por la respiración, nos dijo:

-¿Podrían ustedes hacernos un favor? Mi vecina se ha clavado una aguja en la mano y no hay forma de sacársela. Si les viene bien, les agradeceríamos que nos acercaran con su coche al médico de Sos.

-Por supuesto. —contestamos al unísono María Ángeles y yo—. ¿Podrá venir su vecina hasta aquí por su propio pie o quieren que les ayudemos? —le preguntamos mientras se alejaba.

-No se preocupen. Voy a buscarla. Estaremos aquí enseguida. —replicó la señora con cierto alivio en su voz.

Nos pusimos la primera ropa que encontramos a mano y en un instante estábamos ya esperando junto al coche, que se hallaba frente a la casa. Habíamos oído contar tantas historias extrañas sobre las agujas, que teníamos el alma en vilo. Al momento aparecieron ambas señoras por una de las bocacalles que daban a la plaza, risueñas y hablando animadamente, como queriendo dar a entender que allí no pasaba nada y que estaríamos buenos si por una tontería como esa empezáramos a lloriquear como críos. Es decir, que la señora de la aguja, cuyo nombre siento no recordar, nos levantó el ánimo a todos los demás con el optimismo y el valor que le estaba echando al asunto. Recuerdo que no quise ni mirar su mano porque sólo el pensarlo me provocaba un terrible repelús. Tengan ustedes en cuenta que si hubo que salir corriendo hacia Sos, seguramente por recomendación del Sr. Nereo, el practicante, era porque la aguja se había introducido tanto en la palma de la mano, en dirección hacia la muñeca, que ya no había manera de cogerla ni con pinzas. La cosa era ya un poco preocupante.

Carretera a LoberaAntes de emprender la marcha, procuramos que las dos señoras se acomodaran bien en el asiento de atrás con el fin de que el brazo de la portadora de la aguja, sostenido por un pañuelo colgado del cuello, se moviera todo lo menos posible a lo largo del trayecto. Salimos de Lobera templaditos, pero sin excederse, ya que tan importante era llegar pronto a Sos, como evitar que la mano hiciera movimientos bruscos, cosa que podía ocurrir fácilmente en una carretera sin asfaltar y con algún que otro bache. De las cuatro personas que íbamos en el coche, la señora de la aguja era la más dicharachera, la más animada y la más tranquila, al menos en apariencia. Creo que nos vio a los demás tan asustados, que no tuvo más remedio que mostrar mucha valentía para que no nos viniéramos todos abajo.

Al llegar a Sos, tuvimos la suerte de que el médico se encontraba en su casa. Era un señor de alrededor de cincuenta años, alto y con aspecto de médico, como suele decirse. Entramos todos a su consulta y al mostrarle la señora la palma de su mano, en la que apenas podía observarse un punto rojo en el lugar donde la carne se había engullido a la aguja, el médico hizo un gesto de contrariedad, como indicando que aquella iba a resultar una empresa difícil. La aguja se había clavado justo en el punto donde se encuentran la “línea de la vida” y la del “destino”, entre los montes “luna”, a la izquierda, y “venus”, a la derecha, y en dirección al centro de la muñeca, como se ha indicado. El médico nos rogó a María Ángeles y a mí que esperáramos en la salita.

Centro de salud de Sos del Rey CatólicoMi esposa y yo, sentados frente a la puerta de la consulta, permanecíamos inmóviles y en silencio, mientras los del interior hacían probaturas acompañadas de expresiones como “ya casi la tengo”, “no, se me ha escapado”, “tendré que profundizar más en el corte”, “sobre todo no se mueva”, “voy a probar con otras pinzas”, “nada, no hay manera”. La voz del médico cada vez presentaba un tono más preocupante. Mientras tanto, nosotros, atenazados por los nervios, habíamos devorado ya gran parte de nuestras uñas bajo la tensión que estábamos soportando. De pronto, se abría la puerta, salía el médico a buscar algo y volvía a entrar sin decir palabra. La sesión continuaba. “Vamos a cortar un poco más para ver si conseguimos llegar hasta la aguja, ¿está dispuesta?” “No se preocupe, usted haga lo que tenga que hacer”, respondía valientemente la señora. Nosotros, que no sabíamos muy bien lo que estaba ocurriendo allí dentro, nos temíamos lo peor y sospechábamos que la aguja había emprendido ya el viaje sin retorno. Pero de la boca de la portadora de la aguja no salió ni la más mínima queja, ni el más pequeño de los lamentos. Se comportó con una serenidad y una valentía tal que nos dejó maravillados. Tras abrir un buen surco de al menos medio centímetro de profundidad, según pudimos comprobar después, un rotundo “la tengo”, pronunciado con euforia por el médico, nos indicó a todos que, por fin,  había podido agarrar la maldita aguja con las pinzas y tirar de ella con energía para hacerla retroceder del camino emprendido. Una expresión de alivio salió espontáneamente de cada uno de nosotros. Enseguida nos llamaron para que entráramos a la consulta y, llenos de alegría, celebramos el feliz desenlace de aquel caso dramático. Antes de vendar la mano, todavía hubo tiempo para contemplar el enorme descalabro que el médico había tenido que realizar para detener el avance de aquella endiablada aguja.

Salimos de la consulta del médico, contentos y satisfechos, como si nos hubiéramos quitado una tonelada de peso de nuestras espaldas. El viaje de vuelta a Lobera pueden ustedes imaginárselo. No paramos de hablar en todo el camino, recordando, como si de una moviola se tratara, cada uno de los momentos cruciales de aquel hecho fatídico. La señora de la aguja, que rondaría los treinta años, tal vez menos, se sentía agradecida y exultante ante el final feliz con que había concluido aquella pesadilla. Ahora sólo había que esperar a que se cerrara la herida escarbada y dedicarse a disfrutar de la vida, con más empeño si cabe. Por nuestra parte, nos sentíamos también totalmente satisfechos por haber podido contribuir a la venturosa resolución del caso.