Otra vez estoy aquí con mis recuerdos de antaño. Tenía la esperanza de que en este intervalo de tiempo que ha transcurrido desde mi primer escrito, se sumarían a esta sección “Lobera visto por…”, otras personas que en un tiempo más o menos lejano vivieron o visitaron aquel bonito lugar. Pero no ha sido así. Quizá no se hayan percatado de la apertura de esta nueva ventana. Acaso piensen que sus recuerdos no van a tener el más mínimo interés para los demás por aquello de que aquel era un mundo y éste de hoy es otro muy distinto. Tal vez teman que el lector pueda interpretar, como simples nimiedades sin sentido, recuerdos que para ellos representan un verdadero tesoro. Esas dudas nos asaltan a todos. Tenemos miedo a hacer el ridículo. Pero si nos dejamos dominar por esa forma de pensar, nuestras vivencias se ahogarán sin remisión en lo más profundo de nuestro ser, desapareciendo de nuestra mente por cese de negocio. Por mi parte, no pienso desperdiciar la ocasión que desde su excelente página web me brinda Pascual Plano, a quien tuve el honor de contar entre mis alumnos de Lobera. Es más, invito desde aquí a quienes coincidimos en aquel lugar, y a tantos otros anteriores y posteriores a nuestra estancia, a que compartan con nosotros las impresiones que guardan de Lobera de Onsella. Como he dicho, pensarán que lo suyo es insignificante, que no vale la pena, pero hay que recordar que nuestro currículo vital, nuestra historia personal, está compuesta por una serie encadenada de pequeñas vivencias, a veces imperceptibles, que concurren en nuestra personalidad.
Después de esta perorata, más propia de un predicador que de un maestro de escuela, voy a dedicar este capítulo a la familia Molinero, que con su buena acogida y agradable convivencia, consiguió atenuar en mí la añoranza que en un principio sentía hacia mi familia numerosa, aquella en la que me crié y en la que transcurrieron los primeros veinticinco años de mi vida.
A diferencia de lo que ocurre hoy día, en que los maestros o profesores van y vienen cada día a su lugar de trabajo, aunque éste se encuentre en el otro extremo de la provincia, en aquella época existían unas normas que obligaban a los maestros a vivir en la localidad donde se encontraba su escuela, o en su entorno, de modo que la distancia desde su domicilio al lugar de trabajo no podía sobrepasar un determinado número de kilómetros. Esto tenía su lógica, ya que hubiera sido difícil vivir lejos del destino en unos tiempos en el que los medios de transporte eran escasos. Por tanto, estas circunstancias obligaban a los maestros, y demás funcionarios, a alojarse en una pensión o casa particular, como me ocurrió a mí en Lobera de Onsella.
En esta ocasión estaba ya todo pactado de antemano. Del mismo modo que había ocurrido con los compañeros que nos precedieron, el maestro se hospedaría en casa Molinero, mientras que las dos maestras lo harían en casa del Herrero, que se encontraba en la calle de San Juan. Desde el principio me extrañó aquella separación de sexos, pero no tuve más remedio que acatarla. Si con ello se pretendía evitar cualquier maledicencia que pudiera dañar la imagen de los maestros ante el pueblo, bienvenida sea esa solución discriminatoria. Los alumnos también sufrían eso que ahora llamaríamos trauma, al estar separados en clase de chicos y clase de chicas, y no se quejaban. Por el contrario, ese hecho hacía que las mañanas de los sábados resultaran muy emocionantes para ellos, cuando los chicos acudían a la clase de las chicas para recibir la instrucción religiosa impartida por mosén Fermín. Más de uno se miraba al espejo antes de pasar.

El caso es que, llegado el momento de dar comienzo al curso escolar, allá que me encaminé de nuevo con mis bártulos, pero en esta ocasión más confiado y tranquilo porque conocía cómo era mi lugar de destino. Me presenté en casa Molinero y, desde el primer instante, todo fue de mi agrado. Era una casa de labradores como aquella en la que me había criado allá en mi pueblo. Como supongo que se habrán realizado en ella algunas reformas, tanto en el exterior como en el interior, voy a describirla tal como era en los años sesenta. En la fachada de piedra, entonces encalada, había muestras evidentes de su antigüedad. Una amplia puerta daba acceso a la entrada, que tenía el suelo enlosado. A ambos lados se encontraban las cuadras, y al frente, la escalera que llevaba al primer piso. La cocina era espaciosa y acogedora, ya que en realidad formaba una sola pieza con el comedor. Con el fuego siempre encendido y los bancos a su alrededor, era el sitio ideal para la tertulia y la reunión familiar. Para llegar a mi dormitorio, que se encontraba en el mejor lugar de la casa, había que atravesar una salita-recibidor muy bien amueblada. La habitación estaba orientada hacia el sur y, por tanto, bien iluminada y con buena visibilidad hacia los campos y las montañas de enfrente. En la foto, es el balcón que aparece en la parte más alejada de la fachada. Desde allí podía controlar el tránsito por la calle Bradinal y hasta la llegada y salida del coche de línea. Como puede observarse, es una casa con una fachada impresionante, con la piedra muy trabajada, especialmente en las esquinas, y embellecida con macetas de flores y plantas, tanto en los balcones y ventanas, como a pie de calle.
Pero con ser todo ello muy agradable, lo mejor de casa Molinero eran las personas. La dueña de la casa, la Sra. Elena, hacía poco tiempo que había enviudado, cosa que sobrellevaba con mucha resignación y entereza, rodeada en todo momento por un ramillete de hijos estupendos, que se desvivían por apoyarla en todo. Tenía un carácter muy estable. Hablaba con suavidad, sin alzar la voz, pero no por ello carente de la autoridad necesaria. Hay que pensar que sus hijos varones, excepto Manuel, eran todavía demasiado jóvenes para ponerse al frente de las tareas del campo. La situación no era fácil, pero ella, con la ayuda incondicional de sus hijos, supo sacar la casa adelante con desahogo.

En cuanto a los hijos, no tengo claro cuál es el orden exacto de nacimientos, pero voy a comenzar por Mercedes. No recuerdo ahora cuál era el motivo, pero solía estar poco por casa. Acostumbraba a dar una vuelta cada día para ver a su madre y a sus hermanos, y nada más. Cuando llegaba, llamaba desde abajo, subía eufórica por las escaleras y hablaba de todo con todos a la vez, sembrando el optimismo en la familia. Recuerdo muy bien el día de su boda, celebrada en el castillo de Javier, a la que asistimos mi añorada esposa María Ángeles y yo, como consta en una de las fotos del álbum de Lobera.
Marisa, la maestra, apenas tuve ocasión de conocerla en una visita que hizo a Lobera con motivo de alguna celebración. Creo recordar que estaba ejerciendo en Echarri Aranaz, Navarra. Me pareció una chica simpática, agradable y llena de energía, como correspondía a su edad. No dispongo de ninguna foto de ella.
Me atrevería a decir que Manuel fue quien más notó la ausencia de su padre. Desde el primer momento comprendió que tenía la obligación de ocupar el gran vacío que había dejado en la casa. Presentaba una madurez y una sensatez muy por encima de la edad que tenía. Sabía que había caído sobre él la gran responsabilidad de atender los trabajos agrícolas de la casa, y a ello se dedicaba con la mayor seriedad. Cada noche, mientras cenábamos, o después, comentaba con su madre, y los demás miembros de la familia, la marcha de los trabajos del campo y las tareas que precisaban de más urgente atención. Había tomado el relevo de su padre y para su madre aquello significaba un gran alivio. Aparejaba las caballerías, marchaba a trabajar, labraba la tierra y volvía por la noche con los animales cargados. Aunque era muy joven todavía, actuaba con la experiencia de una persona mayor. Incluso en el trato familiar, sus indicaciones y consejos eran tenidos en consideración como si del cabeza de familia se tratara. Cuando hablaba de las cosas de la casa lo hacía con seriedad y sopesando cada decisión.
Pero la alegría de la casa, la que daba a la convivencia un ambiente jovial y dicharachero, era Alejandra. Su constante ir y venir con las faenas diarias. Las bromas y jugarretas que intercambiaba con sus hermanos. Todo daba vida a la casa. Su actividad y disposición para ayudar a todo el que la necesitara, hacía que su nombre sonara constantemente. ¡Alejandra, aquí! ¡Alejandra, allá! Era el polo totalmente opuesto a la pereza. Siempre que cierro los ojos y recuerdo aquellos tiempos, veo a Alejandra bailando en la cocina-comedor. Sí, bailando, pero con la bayeta debajo de los pies. Podía uno verse la cara en aquel suelo de lo mucho que brillaba. No sé qué habrá sido de ella. De todas formas, le deseo toda la suerte del mundo.

El estudioso de la casa, sin embargo, no podía ser otro que Julián. Según decía, quería ser maestro como su hermana Marisa. El año que estuve en su casa lo traté muy poco. Creo recordar que se encontraba en Navarra con su hermana, aunque no estoy muy seguro de ello. Después, una vez que María Ángeles y yo nos casamos, recuerdo haber mantenido una buena amistad con él, ya que venía a menudo por nuestra casa para charlar un rato. Tenía muy buen carácter e iba siempre muy bien arreglado. Tampoco tengo claro qué ha sido de su vida. En alguna ocasión me llegaron rumores de que estaba trabajando de maestro en un colegio de Las Fuentes, pero no puedo concretarlo. Por lo claro que lo tenía y el interés que mostraba en la persecución de sus objetivos, seguro que consiguió lo que se proponía.
Antonio era otro de los hijos que venía pocas veces por la casa. Creo que se encontraba trabajando con otra familia. De cuando en cuando se daba una vuelta para ver a su madre y a sus hermanos y comentar todo lo habido y por haber. Al igual que lo ocurrido con Manuel, había tenido que adelantarse a su edad para responsabilizarse de trabajos importantes. Lo recuerdo con su cara sonrosada, siempre sonriente y hablando sin parar. Cuando llegaba a casa, su madre le prestaba especial atención. Siento no disponer de ninguna foto de Antonio.
Llegados a este punto, nos encontramos con Timoteo, último de los hijos de la familia. Para empezar, debo decir que fue uno de mis mejores alumnos. Su forma de ser es la que prefieren todos los maestros en sus alumnos: poco ruido y muchas nueces. Su presencia pasaba desapercibida, excepto cuando le preguntaba la lección, que tenía que pararle los pies porque se lo sabía todo. Recordando aquellos tiempos, a veces he pensado que tal vez podría haberle ayudado más en los deberes y demás trabajos escolares, siendo que estaba en su casa. Parece como si me sintiera algo culpable, pasados los años. Pero en realidad, creo que tampoco lo necesitaba demasiado, ya que iba sobrado en todo. Era un insaciable lector de los libros de nuestra pequeña biblioteca escolar, cuya existencia explicaré en su momento. Tampoco sé, a ciencia cierta, qué camino tomó en la vida. Por su personalidad y actitud frente al estudio, merecía aspirar a importantes metas.
Además de los miembros de la familia, que como he dicho eran lo mejor de casa Molinero, hay otros asuntos a los que quiero referirme:
El fútbol y la colada
Demasiada paciencia tuvieron las mujeres de casa Molinero conmigo. Cuando uno es joven, la vitalidad escapa por los poros, y cualquier ocasión es buena para quemar esa energía. Llegaba la hora del recreo y me sentía incapaz de permanecer allí impasible mirando cómo mis alumnos jugaban al fútbol en el frontón de la plaza. Hacía todo lo posible para que me eligieran en uno u otro de los equipos. Pero los capitanes tenían la última palabra. Era la hora del recreo y el maestro no podía entrometerse en las reglas de juego de sus alumnos. Si me seleccionaban, jugaría al fútbol; si no, tendría que aguantarme. Una vez elegido, tenía que emplearme a fondo si quería que al día siguiente volvieran a contar conmigo al hacer el reparto de jugadores.
Esto de jugar juntos maestro y alumnos era muy beneficioso para los escolares. Al entrar a formar parte de sus juegos, los alumnos disponían de una ocasión estupenda para saldar alguna que otra cuenta pendiente con el maestro. Antes de permanecer traumatizados para el resto de sus vidas por culpa de alguna injusticia recibida de la superioridad, era preferible que los alumnos recurrieran a algún tipo de desagravio para resarcirse. Aprovechando estos partidos de fútbol, la forma de pago más efectiva podía ser el cheque al portador, también conocido como “plantillazo en la espinilla”, firmado y rubricado con la suela del zapato. Una vez saldada la cuenta por medio de este método tan expeditivo, con pronunciar la tan socorrida frase de “ha sido sin querer”, todo quedaría olvidado para siempre por ambas partes. Puedo asegurarles a ustedes que tanto mis tobillos como mis espinillas fueron firmados, rubricados y hasta certificados con insistencia por parte de mis alumnos. Pero también estoy plenamente convencido de que ello no se debió a ningún ajuste de cuentas pendientes, sino al entusiasmo y bravura con que aquellos, mis alumnos de Lobera, defendían los colores de su equipo.
El hecho es que, después de media hora luchando a brazo partido con aquellos incansables correcaminos, mis ropas estaban empapadas como si me hubiera puesto debajo de una catarata. Subir a clase en aquellas condiciones era exponerme a coger una pulmonía que terminara conmigo. Sólo había una solución. Unos minutos antes de finalizar el recreo, bajaba corriendo a casa Molinero, me cambiaba de ropa y acudía raudo otra vez a clase. En un principio, me pasó desapercibido lo que ello significaba, pero al poco tiempo, tal vez por insinuación de las mujeres de la casa, me percaté de que aquello representaba una gran carga de trabajo para las lavanderas. Hay que recordar que las lavadoras automáticas todavía no habían hecho acto de presencia en las casas por falta de agua corriente. A partir de entonces, procuré rebajar mis exhibiciones deportivas y comportarme con más sensatez. Bastante paciencia habían tenido conmigo.
Las migas del Sr. Crescencio
El Sr. Crescencio tenía su casa en la calle de San Juan, frente a la de Pascual Plano. Cada poco tiempo, venía una vuelta por casa Molinero para charlar un rato con la familia. Siempre tenía temas de conversación muy interesantes. Pero su mejor tarjeta de visita eran las migas. De vez en cuando, menos de lo que hubiéramos deseado todos, aparecía por casa dispuesto a cocinar su famosa receta. Eso solía ocurrir, por lo general, algunos domingos a primera hora, antes de prepararnos para ir a misa. El proceso que seguía era todo un ritual. Se aposentaba en un lugar de la cocina donde no estorbara a nadie. Extendía una servilleta sobre sus piernas para que no cayeran migas al suelo, ponía sobre ella un recipiente, cogía la pieza de pan en sus manos, sacaba su afilada navaja y comenzaba a rebanar, como si fuera jamón, pero de una finura milimétrica. Mientras realizaba esa operación, que según él era la fundamental, la más importante, iba comentando cuál era el procedimiento a seguir si queríamos disfrutar de unas sabrosas migas. Según él, había que seguir unas normas, ya que de lo contrario el resultado sería cualquier cosa menos migas. A continuación debía procederse a remojar el pan en su punto exacto, ni más ni menos. A partir de ese momento, entraba en juego la sartén, donde se combinaban con el pan los complementos imprescindibles, que formaban parte de la receta secreta del Sr. Crescencio. Se iniciaba entonces un proceso lento de cocción en el que había que darles vueltas y más vueltas hasta que alcanzaran un color tostado, momento en el que desprendían un olor tal, que pedían a gritos que nos lanzáramos sobre ellas. Mientras todo eso sucedía, que a nosotros nos parecía una eternidad, no quitábamos los ojos de la sartén, no fuera a ocurrir que las migas desaparecieran por arte de magia. La fase siguiente era la más silenciosa. Digo silenciosa porque estábamos tan ocupados en comernos aquel delicioso manjar que allí nadie decía esta boca es mía. Una vez reconfortados con las sabrosas migas, nos hallábamos en perfectas condiciones para asistir a los rezos dirigidos por mosén Fermín. El Sr. Crescencio era muy apreciado en casa Molinero. Sus consejos eran tenidos muy en cuenta, especialmente por Manuel, en todo lo referente al trabajo del campo.
La “z” de Félix
Recuerdo que por entonces se hospedó en casa Molinero el conductor del conocido como “camión de los pinos”. Era un chico portugués, cuyo nombre no recuerdo, campechano y buena persona, que le gustaba mucho intervenir en la conversación, aunque su castellano no fuera todavía muy fluido. En cierta ocasión, quizás por encontrarse allí el maestro, sacó a colación que si esto se escribía de esta forma, que si aquello se escribía de la otra, todo ello con buen humor y con ganas de aprender. En un momento dado, dijo:
-Félix se escribe con “z” al final.
Al oír aquello, nos miramos todos sorprendidos. Timoteo puso cara de incredulidad. Pero Alejandra, anticipándose a todos, le contestó que eso no era así, que Félix se escribía con “x” al final.
-Me apuesto lo que queráis que Félix se escribe con “z”, —respondió el portugués con cara sonriente, pero desafiante.
Como todos los presentes me miraban de reojo para ver si, de una vez por todas, ponía orden en aquel desaguisado, me volví hacia él y le dije con amabilidad que estaba equivocado, que desde siempre, Félix se ha escrito con acento en la “e” y con “x” al final. Entonces, bajando un poco sus exigencias por aquello de que si lo dice el maestro tal vez tenga razón, continuó insistiendo:
-Estoy seguro de lo que digo porque un día, andando por el Paseo de la Independencia de Zaragoza, leí un cartel que decía “Octavio y Felez”.
La sorprendente confesión trajo las delicias de todos los presentes, incluido el portugués, que tras la aclaración de su error, se dio por satisfecho. Recordará el lector que en aquella época existía en el Paseo de la Independencia, justo en la esquina con la calle Casa Jiménez, una tienda muy importante, especializada en todo lo relativo a papelería, dibujo técnico, material de oficina, etc. Evidentemente, el portugués, en su afán por aprender, había confundido la palabra “Felez” con “Félix”. Pero no paró ahí la cosa. Su inquietud cultural no tenía límites.
Con esto finaliza mi relato por hoy. En el próximo escrito les hablaré de mis alumnos.
