Destino, Lobera de Onsella

Lunes, 29 de Octubre de 2007 01:00
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Antes que nada, voy a presentarme. Soy Fernando Sahún Campo, maestro que fui de Lobera de Onsella desde 1964 hasta 1968. Sólo cuatro años, pero suficientes para dejar en mí una huella imborrable. A continuación expongo cómo fue mi primera visita a ese bonito pueblo.

Un día del mes de julio de 1964, al regresar a mi casa tras una agotadora jornada de trabajo en plena siega, me encontré en la mesa del comedor la revista “El Magisterio Español”, a la que estaba suscrito. Nada más pasar algunas hojas, me topé de pronto  con mi nombre, donde se afirmaba lo siguiente: “Fernando Sahún Campo, destino Lobera de Onsella (Zaragoza)”. Ante la inesperada noticia, llamé a mis dos hermanos, con los que solía formar equipo en los trabajos agrícolas, y les dije:

‑Mirad si soy famoso, que aparezco hasta en los periódicos.

Tras comentar lo que significaba aquello, regresamos a los asuntos de la casa, que era lo que más urgía en aquellos momentos. Sin embargo, a partir de aquel día nació en mí una curiosidad enorme por averiguar dónde se encontraba ese lugar y cuáles serían sus características.  Nada mejor para ello que acudir al mapa de carreteras que tenía en los papeles de la moto. Me consoló comprobar que se encontraba en las proximidades de Sos del Rey Católico, lugar que tampoco conocía, pero que me resultaba más familiar por su frecuente aparición en los libros de Historia.

‑Habiendo tantos pueblos en la provincia de Huesca, han tenido que destinarme a uno de la de Zaragoza, ‑me decía para mis adentros. Menos mal que tengo moto y con ella llegaré al fin del mundo, si hace el caso.

La siega terminó, la trilla también y el mes de agosto tocaba ya a su fin. No quería aventurarme a comenzar el curso sin comprobar antes dónde se encontraba y cómo era el pueblo al que había sido destinado. Uno de los últimos días de agosto me subí a mi moto, y mapa de carreteras en mano, cogí la dirección Huesca, Ayerbe, Bailo y… ¡Alto! Allí había un desvío que podía conducirme hasta Lobera de Onsella. Llegar a esta localidad no resultaba fácil si se venía de la parte de Huesca. Tanto por el sur, como por el norte, había que dar un gran rodeo para llegar a ese pueblo. Y esa carretera, la que se desviaba en Bailo, según el mapa, parecía el recorrido más corto.  Subir hasta Puente la Reina, Berdún y Artieda suponía dar un mayor rodeo, aun dando por hecho que la carretera estuviera en mejores condiciones. Animado por ese razonamiento, encaré mi moto “Bultaco” en la dirección que señalaba el indicador, “Larués”, y aceleré. Pronto me percaté del terreno en que me había metido. La carretera, de tierra, era infernal. A los innumerables baches, habituales por entonces en este tipo de carreteras, había que añadir los montones de grava y los surcos producidos por las tormentas veraniegas. En esas condiciones, la conducción se convertía en una actividad temeraria.

Una vez dejado atrás el pueblo de Larués, la carretera permaneció solitaria durante mucho rato, sin encontrar señales de vida por ninguna parte. De pronto, allá a lo lejos se divisaron unos tejados. Según había visto en el mapa, debía tratarse de Bagüés. Pasada esta localidad, de nuevo me encontré con la única compañía del ruido del motor, hasta que al doblar una curva, allá, en el fondo del valle, se vislumbraba otro pueblo. Al pasar junto a él, pude leer: “Pintano”. Todo me parecía extraño. El paisaje, quemado por un mes de agosto caluroso y seco, presentaba más un aspecto lunar que terrestre. Había instantes que al levantar la vista, los pocos segundos que me lo permitía la arriesgada carretera, me daba la impresión de que me encontraba en medio de un desierto. Ya sé que en otras épocas del año el valle de Los Pintanos es verde y bonito, pero aquel día se había juntado la sequedad del terreno con el color del rastrojo de los campos recién segados. Cuando ya estaba ansioso por encontrar el horizonte, apareció ante mí un nuevo grupo de casas. Undués-Pintano, rezaba aquella tablilla que había clavada a la entrada del pueblo.

A partir de ese punto, la carretera comenzó a ascender hasta encontrarse con otra que procedía de Artieda en dirección a Sos del Rey Católico. De pronto apareció ante mis ojos el amplio valle del río Onsella. Como ocurría en el de Los Pintanos, presentaba también un color blanco grisáceo, como consecuencia de la sequía y los rastrojos de los campos. La carretera tenía mejor piso, pero las curvas y la bajada pedían precaución. Pronto pasé junto a Urriés y llegué a Navardún, donde pude leer, por primera vez, el cartel de “Lobera de Onsella”. Ahora, la carretera, aún siendo regular, por lo menos era casi llana y despejada. Mis latidos, al unísono con los de la moto, se iban acelerando tal como me acercaba a mi destino. Allí, próximas a la carretera, corrían perezosas las escasas aguas que transportaba el río.

Una vez sobrepasadas las casas de Isuerre, que se asomaban al borde izquierdo de la carretera, descubrí a lo lejos, sobre un montículo, lo que parecía ser un campanario. Unos kilómetros más adelante me encontré con el desvío y un letrero, que señalando hacia la derecha, insistía “Lobera de Onsella”. Crucé el puente de piedra y comencé a ascender lentamente por la suave pendiente de la carretera. Tenía mucha curiosidad por llegar, pero al mismo tiempo la responsabilidad o el miedo a lo desconocido hacían que mi mano derecha se resistiera a girar el acelerador. Al salir de la primera curva, desde allá arriba, como jugando al escondite,  me observaban el campanario, las escuelas (entonces no lo sabía) y algunos edificios más.

Cuando me aproximaba a las primeras casas, me llamó la atención un campo situado en la margen derecha de la carretera. Con el tiempo me enteraría que se trataba de una  propiedad del Sr. Olegario, quien presumía, al parecer con razón, de tener la finca de cultivo de mayor extensión de todo el término de Lobera de Onsella. Al avanzar un poco más, de pronto, un murmullo de voces se mezcló con el ruido del motor. Allí, en el lado izquierdo de la carretera, se levantaba un espléndido lavadero público (a veces me pregunto si seguirá todavía en pie), donde seis u ocho mujeres, de todas las edades, conversaban a voz en grito para sobreponerse al golpeteo de las paletas, que zurraban con saña a las indefensas sábanas. Al observar la vitalidad, el compañerismo y la alegría de aquellas damas, dominado por mi timidez, detuve la moto a cierta distancia del lavadero. Descendí del vehículo, con los huesos y músculos algo agarrotados por el largo camino y, visto que no había nadie por allí cerca más que las activas y dicharacheras lavanderas, me dirigí hacia ellas, algo cohibido, pero procurando disimular.

‑Buenos días. Por favor, ¿podrían ustedes indicarme dónde puedo encontrar al Sr. Alcalde? –les pregunté sobreponiéndome a mi agobio ante aquellas amables damas, que me observaban con curiosidad.

Enseguida, una de ellas, a indicación de las demás, dejó lo que estaba haciendo y me dijo:

‑Venga, que le acompaño a su casa. –Y echó a andar delante de mí.

Un cuchicheo sordo, procedente del lavadero, iba quedando atrás mientras nos alejábamos. ¿Será el nuevo médico?, ¿tal vez el secretario?,  ¿algún maestro?, ¿el cobrador de la contribución? Estas y otras preguntas, tal vez, eran objeto de comentario. Ascendimos por una calle con bastantes piedras (Bradinal), atravesamos la plaza y allí, al fondo, se encontraba la casa del Sr. Alcalde. Mi acompañante llamó a voz en grito a la señora de la casa, sistema mucho más eficaz que el de los timbres, quien pronto apareció en el balcón, para bajar después a la puerta principal.

Después de agradecerle a mi acompañante su ayuda, me presenté a la dueña de la casa y le pregunté por su marido, el Alcalde. Dijo que llegaría de un momento a otro porque era ya mediodía. Unos minutos de espera, que aproveché para contemplar la plaza a través del balcón, y allí estaba ya el Alcalde de Lobera de Onsella. Se llamaba Santos Buey. Era un hombre alto, fuerte y de buenas maneras. Estuvimos hablando unos minutos; el matrimonio me dijo si deseaba tomar algo y, a continuación, me acompañó a las escuelas. Mientras caminábamos, se interesó por mis intenciones profesionales, preguntándome si tenía previsto permanecer un tiempo prolongado en el pueblo o si mi destino era provisional o transitorio. Señaló que el cambio constante de maestros no favorecía nada la buena marcha de la educación de los niños. Yo le contesté, con toda confianza, que en mi nombramiento decía: “Propietario definitivo de Lobera de Onsella” y que no tenía otro plan más que el de ejercer allí mi profesión de forma indefinida, a la espera de lo que el futuro pudiera depararme. Asimismo, me explicó que el tema de la pensión estaba resuelto, ya el maestro que me había precedido se alojaba en casa de Molinero, y así sería ahora. El Sr. Santos Buey me pareció una persona inteligente, sensata, educada y muy preocupada por los asuntos de su pueblo. Transcurridos los cuatro años de mi estancia en aquel destino, fue él quien, tal como había hecho con la toma de posesión, firmó mi cese como maestro de aquella escuela.

Al marcharme, una vez comprobada la amabilidad y franqueza con que todos me habían tratado; una vez localizada mi futura escuela en una atalaya tan bonita, desde cuyas ventanas la vista planea sobre los tejados en dirección a la Sierra de Santo Domingo, subí a mi moto, aparcada no lejos del lavadero, hice un ademán de despedida a las ya pocas señores que continuaban allí, y me encaminé carretera abajo, mientras pronunciaba con satisfacción en mi interior: ¡Hasta pronto, Lobera de Onsella!