Crónica de una disolución anunciada

Viernes, 12 de Enero de 2018 12:40 Javier Casado
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Lobera se muere. De poco en poco y en una agonía lenta pero firme, nuestro pueblo está condenado a la desaparición. Cada año se reduce su ya de por sí escasa población, dejando cada vez más casas vacías y una caída progresiva en el padrón. Y aunque le podamos echar la culpa al abandono de las instituciones, a la falta de oportunidades en el medio rural y a su desertización, nunca está de más hacer autocrítica para darnos cuenta de que, independientemente de su economía, aislamiento o demografía, Lobera se puede estar muriendo, sí, pero lo que es más triste aún: también la estamos dejando morir.

Recientemente Pascual Plano ha enviado un email a todos los socios recordando su inminente dimisión al frente de Sesayo (anunciada ya hace un año), y la falta de candidaturas para su sucesión, lo que, si nada ni nadie lo remedia, va a desembocar inevitablemente en la disolución de la Asociación. Sobra remarcar la importancia que tiene esta institución para el pueblo, ya no sólo a nivel cultural (como recuperadora y organizadora del rito del herniado, exposiciones y otros eventos), sino también a nivel económico, ya que muchas de sus actividades y adquisiciones de material se realizan gracias a programas o subvenciones a los que ésta tiene acceso sólo y por el único hecho de existir.

Este no es un acontecimiento aislado y se suma al llamamiento sin éxito que realizó hace un tiempo Benjamín Chaverri para ser relevado en la parte coordinadora que nos toca de La Dolorosa, o al que venimos haciendo desde la Comisión de fiestas para conseguir una rotación escalonada de puestos, donde la gente veterana pueda dar paso a miembros nuevos que aporten aire fresco y a la vez puedan aprender de los que aún permanezcan. Sin prácticamente cambios en la formación que preparó in extremis las fiestas de San Ramón en 2013, es posible que la Comisión también desaparezca tras el abandono de varios de nosotros en septiembre de este año.

Se podría decir que Lobera ha entrado en una recesión participativa en la que no faltan manos para ayudar en cualquier actividad o circunstancia, pero sí para dirigir la batuta de dichos actos. Al igual que hizo Lobera con la Asociación Cultural Chinela de Longás, los vecinos de Isuerre, Navardún o Los Pintanos se han dado cuenta de la importancia que supone tener un órgano de este tipo en sus pueblos, y mientras ellos han creado sus asociaciones fijándose en las posibilidades de Sesayo, nosotros vamos camino de liquidar nuestra agrupación.

Es verdad que Pascual ha dejado el listón de presidente muy alto y que el cargo precisa de varias aptitudes, pero seguramente lo que más se necesite sean actitudes: ganas y disposición de dedicarle el tiempo oportuno. De la falta de candidatos también somos culpables el resto de directivos y socios por no haber dividido bien el trabajo ni haber llevado a cabo tareas impropias del deber del presidente, y que Pascual ha asumido por no haber nadie más detrás, generando una idea del puesto mucho más abnegada de lo que en realidad tiene que ser. Además, mención aparte merecemos también los jóvenes del pueblo, los de mi generación y posteriores, "el futuro de Lobera", que ni estamos ni se nos espera pese a haber sido los grandes beneficiados de los casi catorce años de existencia de Sesayo.

Se dice que ser miembro de la junta directiva de la Asociación, de la Comisión de fiestas o de la organización de La Dolorosa requiere mucho trabajo desinteresado, pero no es cierto. En realidad, toda la implicación dedicada a sus tareas se hace por un interés que va mucho más allá del monetario: el emocional. Organizar eventos que atraigan a "foráneos" y te permitan fardar de pueblo; montar fiestas y actividades que para sí las quisieran localidades con más medios y presupuesto; o simplemente mantener vivas las calles de Lobera, las de tus abuelos y padres para tus hijos o nietos, ganándole pequeñas batallas a la guerra ya perdida de la despoblación.

En Lobera hay muchos marineros pero faltan capitanes. Tampoco es nada raro porque en la mayoría de los pueblos o grupos de personas sucede lo mismo: dos o tres tripulantes llevan el timón mientras otros reman y unos cuantos más disfrutan del viaje. Los cargos de responsabilidad han dejado de ser una oportunidad para devaluarse en simplemente eso, cargas de responsabilidad en una sociedad cada vez más perezosa, material e individualizada. Y cuando los timoneles abandonan su puesto, agotados por jornadas ininterrumpidas y a menudo desagradecidas, el barco queda a la deriva y al final se hunde, disolviéndose en la aséptica inmensidad del mar.

Javier Casado Mayayo
Vocal de la Asociación Cultural Sesayo
Miembro de la Comisión de fiestas de Lobera de Onsella