La visita del inspector

Martes, 29 de Abril de 2008 01:00 Fernando Sahún
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Como ha ocurrido con tantas otras cosas de la vida, los inspectores de enseñanza ya no son lo que eran. Y digo esto, no desde el punto de vista personal o peyorativo, líbreme Dios, sino porque el desempeño de su profesión ha experimentado cambios importantes. Me gustaría pensar que para bien. Han quedado atrás aquellos tiempos en que debían afrontar agotadoras etapas a pie, o a lomos de caballería, para llegar a cada una de las escuelas sembradas por valles y montañas del Pirineo. Del vaivén producido por el transitar de aquellas monturas a lo largo de caminos empinados y pedregosos se ha pasado a los confortables sillones giratorios emplazados frente a la pantalla del ordenador para dirigir, a distancia, la marcha de la educación en sus demarcaciones. En esa ventanita mágica, instalada en su propio despacho, tienen a su disposición toda la parafernalia burocrática de los centros educativos: planes de centro, programaciones generales y parciales, informes y más informes, memorias finales de curso, actas de todo tipo, estadísticas, otra vez informes, etc. Sólo tienen que pulsar una tecla y, milagro, ahí está todo. Este trasiego de información me parece muy bien, faltaría más, pero qué quieren que les diga; donde esté el trato directo, el intercambio personal de opiniones, la búsqueda de soluciones in situ, que se quiten todas las burocracias almacenadas en esas relucientes pero frías computadoras, como dirían nuestros amigos americanos.

Sabemos que la informática, bendita sea, interviene ya en casi todas las actividades humanas. Tanto es así, que hasta las fuerzas del orden público pretenden detener a los malhechores parapetándose tras la pantalla del ordenador de su oficina. Al menos eso es lo que nos han explicado en algún reciente reportaje televisivo. Pero tengo la ligera impresión, no sé por qué, que los cacos, viendo estos métodos tan sofisticados y distantes, se estarán frotando las manos. Y es que estamos tan emocionados con esto de la electrónica, que la consideramos como la piedra filosofal que nos va a resolver todos nuestros problemas. Y no es para tanto, aunque no puede negarse su enorme aportación en todos los terrenos. Si nos detenemos un momento en el tráfico, por ejemplo, ha quedado sobradamente demostrado durante la pasada Semana Santa que es mucho más efectivo uno solo de esos coches verdiblancos —por fin han vuelto— apostado al borde de la carretera y observándonos con sus atractivos ojos verdeazulados, que una docena de agentes vigilando la circulación escondidos detrás de su correspondiente pantalla de ordenador, o los tropecientos radares fríos y calculadores que dicen están sembrados por la red de carreteras.

Regresando al campo educativo, pues de eso se trata, nadie duda a estas alturas de que la informática, en todas sus manifestaciones, será el instrumento sobre el que se apoyará la enseñanza en el futuro. Pero de ahí a pensar que podemos cruzarnos de brazos porque nos lo van a dar todo hecho, hay un trecho. Están por ver, por ejemplo, los resultados de los modernos avances tecnológicos aplicados en algunos colegios de la provincia de Teruel, que fueron los pioneros. Además, en relación a este tema hay un par de cosas que resultan al menos curiosas. En esas películas americanas, en las que aparecen cerebritos matemáticos, como ocurría en el papel representado por Russell Crowe, todavía utilizan para desarrollar sus fórmulas matemáticas los viejos encerados tradicionales de madera o de pared, con la eterna tiza blanca. Asimismo, en los recientes reportajes sobre la educación en Finlandia, de tan excelentes resultados, pudimos observar que seguían trabajando con los encerados de toda la vida. Y los resultados académicos de los alumnos finlandeses están ahí, ya los conocen ustedes. De lo que puede deducirse que cualquier medio es bueno, y la informática puede serlo mucho, siempre que vaya unido a la capacidad, casi siempre innata, del maestro para motivar e ilusionar a sus alumnos. Aunque las pizarras magnéticas y demás avances técnicos se adueñen del campo educativo, el papel de la persona humana, los educadores, los motivadores, los creadores de ilusión, serán siempre fundamentales. Y en este apartado del factor humano hay que incluir a los inspectores.

Las ventanas de la clase de los chicosLos cambios siempre se realizan con la mejor de las intenciones; con el ánimo de mejorar las cosas. Pero en las últimas décadas se ha producido un distanciamiento entre la Inspección y el alumnado que en nada favorece el proceso educativo. Pasaron a la historia aquellos tiempos en que el inspector entraba en clase y se ponía a charlar con los escolares. Los alumnos de entonces sabían que, al menos una vez al año, su maestro o maestra tendría que responder personalmente del nivel de instrucción de sus alumnos, y eso era para ellos un estímulo. Ahora, los inspectores, como digo, se han desentendido del trato personal con los alumnos. Para ellos, los escolares no son más que números, estadísticas, porcentajes, gráficos. En sus visitas a los colegios, no pasan del despacho del director, a quien crucifican a base de pedirle papeles, papeles y más papeles: que si la programación de las actividades trasversales, que si la atención a la diversidad, que si la solicitud de becas del comedor, que si la matriculación para el próximo curso, que si la programación de las salidas culturales, que si las actas de la última reunión del Consejo Escolar, que si las actas de calificación final... ¿Verdad que con esta retahíla de obligaciones, sólo algunas de las muchas, han empezado ustedes a sentir un cierto agobio burocrático? Pues así es. Con tanta documentación oficial que atender, los inspectores e inspectoras, se sobrentiende, ya no disponen ni siquiera de unos minutos para entrar en las clases a charlar con los alumnos. Creo que no hace falta decir que ellos y ellas, los inspectores, no son los responsables de esta situación. Corren nuevos tiempos y hay que adaptarse a ellos, aunque sean menos humanos.

Allá por los años sesenta, en contra de lo que pueda pensarse, la visita del inspector no representaba ningún agobio para los maestros y maestras que ejercían la docencia en los pueblos diseminados por la montaña aragonesa, siempre y cuando la enseñanza se desarrollara con normalidad. Muy al contrario, su presencia en la escuela constituía un gran apoyo moral para los docentes, al tiempo que infundía un cierto grado de autoridad, de prestigio, de dignidad y de reconocimiento a la gran labor que llevaban a cabo los maestros y maestras en escuelas a menudo alejadas de la civilización. A veces, los inspectores solían convocar a los maestros de su zona en un lugar determinado, en nuestro caso Ejea, con el fin de celebrar una jornada de convivencia con ellos.

Su misión era la de supervisar en persona el estado de la enseñanza en cada pueblo, allá donde se encontrara. Para aquellos inspectores no había distancias, sólo escuelas que visitar. Si para llegar hasta ellas había que transitar, como he dicho, durante horas por caminos y veredas, más propios de cabras que de humanos, no importaba, allá que se encaminaban. En este sentido, las gentes de los pueblos ofrecían toda su colaboración saliendo a su encuentro, en la parada más próxima del coche de línea, con una caballería de toda confianza. Una vez llegado a la escuela, su tarea primordial era la de inspeccionar el nivel de instrucción de los alumnos. Ahí es donde quedaba claro si el aprovechamiento de los escolares era satisfactorio o si, por el contrario, dejaba algo que desear. Además, debían interesarse por cuantas tramitaciones estuvieran relacionadas con la enseñanza y, en especial, por la asistencia regular a clase de todos los niños de la localidad en edad escolar, como principal medida para erradicar, de una vez por todas, el analfabetismo. Desgraciadamente, en los años sesenta y setenta, muchas escuelas del mundo rural, especialmente en la zona pirenaica, tuvieron que presenciar “la última visita del inspector” para colgar en sus puertas el cartel de “escuela clausurada por falta de alumnos”. Era un día muy triste que solía significar el principio del fin para el pueblo que lo sufría.

Para acceder a la Inspección, al menos en aquellos años, los aspirantes debían superar unas durísimas oposiciones, que podían compararse a las de jueces y notarios. Alcanzar el cargo de inspector de enseñanza tras superar aquellas difíciles pruebas suponía un importante ascenso en la escala social. Actualmente, las cosas han cambiado mucho, y para ostentar ese cargo de tanta responsabilidad se está dando cada vez mayor peso a los “méritos” personales del aspirante, aunque con ello nos metamos en un terreno demasiado abonado para los favoritismos. Como botón de muestra, basta recordar el caso de aquellos 11.000 profesores y profesoras de enseñanza secundaria y universitaria, que allá por los años ochenta, con un simple “plumazo”, pues en este país las plumas estilográficas todavía están muy cargadas, se les concedió el acceso directo y definitivo a los puestos docentes, ahorrándoles las temidas oposiciones, sin tener en cuenta que tal vez había otros docentes tanto o más preparados que ellos a quienes no se les dio la más mínima oportunidad. Si queremos hacer justicia, nada tan limpio como unas oposiciones bien organizadas y ejecutadas en audiencia pública. Además, se da el hecho paradójico de que la única forma de alcanzar esos “méritos”, que luego se contabilizarán a la hora de la calificación final, es alejándose del lugar habitual de trabajo. Es decir, que si un maestro quiere hacer “méritos” tiene que acudir a cursillos, publicar trabajos sobre la materia, formar parte de comisiones, estar en posesión de diversas habilitaciones, dominar idiomas, etc. Y es también muy casual que ninguna de estas formaciones se logre trabajando en la clase con los alumnos, sino “huyendo” de ellos, solicitando años sabáticos, optando a becas para ampliar estudios, apartándose en definitiva de los alumnos, que agotan demasiado, sin que ese esfuerzo, el de atenderlos cada día, el de corregir sus trabajos, el de asistir a la tutoría de padres, etc., tenga otro reconocimiento que el de la antigüedad, es decir, la mera acumulación de años en el carné de identidad. Por otra parte, ¿no les parece a ustedes un poco extraño que venga a juzgar el trabajo escolar alguien que ha ganado sus méritos “huyendo” de la escuela? Pues a eso vamos. Pero en este asunto, como en otros muchos, ni quito ni pongo rey. Filósofos, ideólogos, pedagogos, paidólogos, psicólogos, sofistas y pensadores profundos tiene el mundo educativo. Cada uno tendrá su propia opinión. Son nuevos tiempos y hay que adaptarse a ellos. Y quien no se acomode, no hará “méritos”. Y sin méritos, ya me entienden ustedes.

Como es natural, cada uno de los inspectores que tuve el honor de conocer, tenía su propia personalidad. Desde quien se empeñó allá por los años setenta en poner en práctica en nuestro colegio las ideas pedagógicas contenidas en el libro “The team teacher”, de moda en aquellos momentos, hasta aquel otro que al entrar en la clase pronunciaba un rotundo “Ave María Purísima”. Pero no teman, los inspectores no se comían a nadie. Causaban respeto, eso sí, para qué  vamos a negarlo. Pero la cosa no pasaba de ahí.

En general, el modo de proceder en sus visitas era el siguiente: Entraban en la clase, con “Ave María Purísima” o sin ella, y sus primeras palabras solían ser: “Siga, siga con lo que estaba haciendo. No se preocupe por mí”. Claro, lo que pretendían era observar en persona cómo se desenvolvía el maestro o la maestra ante sus alumnos. Y eso, aunque uno disimulara, causaba un poco de apuro. No era lo mismo explicarles a los niños los números primos, o la cordillera Carpetovetónica, con el inspector delante que cuando uno era el rey único de la clase.

Tras unas palabras de saludo para entrar en calor, el inspector solía ocupar el asiento del maestro y comenzaba su cometido solicitando, en primer lugar, el libro de control de asistencia, principal referente para comprobar si se cumplían las normas de escolarización para todos los niños en edad escolar. A continuación se interesaba, con mayor o menor exigencia, por la programación diaria y por la planificación semanal y trimestral, así como por las actas de evaluación. Todo ello en medio de un continuo diálogo con el maestro o la maestra, mientras impartía consejos sobre esto o aquello.

Una vez concluida la parte administrativa, que solía ser breve, y desde luego mucho menos agobiante que en la actualidad, se procedía a lo que realmente importaba en aquellos tiempos: comprobar el nivel de conocimientos alcanzado por los alumnos. El inspector, dirigiéndose a la clase, seleccionaba dos o tres cuadernos al azar, donde constaba el trabajo que se venía desarrollando. Existía también la costumbre de confeccionar lo que se llamaba el “cuaderno diario”, en el que escribían todos los alumnos por rotación. Basándose en las últimas lecciones impartidas, formulaba unas cuantas preguntas a distintos alumnos, a quienes solía designar como “aquel del pelo rubio de la última fila”, “el del pelo rizado”, “el segundo de esa fila”, “el del jersey azul”. Era el momento crucial de la visita, ya que del resultado de esta evaluación dependía que se llevara o no buena impresión del estado de la enseñanza en aquella escuela, y de paso, del grado de competencia del maestro o maestra que la regentaban.

Su permanencia en la clase podía alargarse más o menos, dependiendo de las prisas que tuviera o de lo a gusto que se encontrara departiendo con los alumnos, quienes, dotados del más refinado instinto diplomático, le seguían la corriente y le reían las gracias, si es que las había. Hay que hacer constar que, tanto a su llegada como al abandonar la clase, los escolares se ponían de pie en señal de respeto. No recuerdo haber tenido nunca problemas con los alumnos el día de la visita del inspector. Siempre colaboraron y mantuvieron la necesaria complicidad con el maestro para salir bien parados de esos trances.

Vista aérea de Lobera. Foto de Iñaki Sagredo

Finalizado el recreo, regresamos todos a nuestras aulas con la puntualidad acostumbrada para tenerlo todo dispuesto y recibir al inspector en las debidas condiciones. Recuerdo claramente que después de aleccionar a mis alumnos sobre cómo debían comportarse ante la visita que iba a producirse, continué con la explicación del tema del día, mientras miraba de reojo por la ventana a ver si aparecía aquel señor por alguna parte. Por fin, se abrió la puerta de la clase y allí estaba pidiendo permiso para entrar, al tiempo que lanzaba un “Buenos días a todos”. Los alumnos, al instante, se pusieron de pie y respondieron al saludo con otro sonoro “Buenos días”. Como ven, aquí no hubo “Ave María Purísima“. Tras rogar a los niños que se sentaran, se acercó a saludarme de nuevo, diciendo:

-¿Qué tal, cómo va la vida por aquí?

-Muy bien —respondí con prontitud—. Aquí estamos intentando preparar lo mejor posible a estos chicos para que puedan salir a estudiar una carrera, o al menos a aprender un oficio, con el fin de que el día de mañana puedan integrarse con garantía en el mundo del trabajo, ya que aquí en Lobera no hay futuro para ellos. —Deben entender ustedes que quizás no fueron estas las palabras exactas que pronuncié, pero sí el contenido de la conversación.

Al oír este discurso, expresado por lo visto con total convicción, su actitud cambió radicalmente. Su amplia sonrisa se borró y en su lugar aparecieron signos de seriedad y preocupación. Sin decir palabra, comenzó a caminar lentamente alrededor de la clase con actitud meditabunda, como mirando al suelo, pensativo, mientras los alumnos lo observaban extrañados, al tiempo que volvían su mirada hacia mí intentando descubrir qué demonios le había dicho para que su semblante cambiara de aquella forma. Mientras tanto, yo permanecía de pie junto a mi mesa esperando a ver en qué paraba todo aquello. Realmente no comprendía nada, ya que lo que le había respondido al inspector me parecía la cosa más lógica del mundo. No quería para mis alumnos de Lobera de Onsella lo que les había ocurrido a muchos jóvenes de mi pueblo natal, compañeros de juegos, quienes al emigrar a la ciudad sin oficio ni beneficio habían tenido que emplearse en trabajos duros y penosos, como almacenistas para cargar y descargar camiones, en la construcción, en los trabajos más pesados de las fábricas, etc. Por ello, siempre tuve muy claro que haría todo lo que estuviera en mis manos para encaminar a mis alumnos hacia una especialización, hacia un oficio o carrera, pues así lo había hecho conmigo el maestro de mi pueblo al convencer a mis padres de que debía estudiar una carrera. Nos encontrábamos en un momento, año 1967, en el que el mundo laboral comenzaba a brindar muchas oportunidades, pero había que tener una formación, poseer un oficio, unos estudios, una especialización, una carrera. Todo menos ser del montón. Y no tengo ni he tenido jamás nada en contra de quienes integran este nutrido grupo de personas. Está claro que los del “montón” realizaban y realizan un trabajo tan importante y tan digno como el que más, nadie lo duda, y por lo tanto, merecían y merecen todo el respeto y consideración, faltaría más, pero su nómina, en general, solía y suele ser más raquítica que la de aquellos que tienen un oficio, una especialización técnica o una carrera. Y de esa convicción era muy difícil que me apeara ni siquiera el mismísimo inspector de enseñanza, mi jefe.

Al finalizar el recorrido, que a mí me pareció eterno, se paró de nuevo frente a mí y dijo con amabilidad, pero con cierta decepción:

-No estoy de acuerdo con su modo de pensar. Lo que hay que hacer es preparar y convencer a estos chicos, no para facilitarles la marcha a otro lugar, sino para que se integren en la vida de su pueblo, de Lobera, y evitar así la emigración, que empieza a ser alarmante en estos pueblos.

Tras ese momento de suspense, que produjo en mí una cierta preocupación, su rostro se iluminó de nuevo y su amabilidad volvió a hacer acto de presencia. A continuación se acercó a la ventana y, mientras contemplaba el bello panorama primaveral que lo invadía todo, confesó con orgullo y satisfacción:

-Sabe usted, hace unos años estuve ejerciendo de maestro aquí en Lobera de Onsella. Fue poco antes de presentarme a las oposiciones de Inspección. Tenía mucha ilusión por volver a pisar estas calles, y especialmente esta clase. —en su voz se adivinaba una cierta añoranza de aquellos tiempos no lejanos.

Y ahí terminó la visita oficial, para dar paso a un trato más cordial y próximo. Entonces, ya más relajados y como apoyo a su teoría de intentar retener a los jóvenes en los pueblos, me contó algunos pasajes de su vida. Dijo que al sacar las oposiciones de Inspección estuvo destinado en Galicia durante algún tiempo, donde había tenido ocasión de participar en algunos planes de concentración parcelaria, con resultados muy esperanzadores de cara a evitar la emigración. Que debería hacerse algo parecido en estos pueblos para frenar la despoblación, ya que de lo contrario sería espantoso. Yo aproveché la ocasión para exponerle mis convicciones y experiencias, tal como lo he indicado más arriba, señalando que sus buenas intenciones me parecían dignas de todo respeto, pero que si llegaba el momento de tener que emigrar, cosa probable, lo peor que podía ocurrirles a los jóvenes era que salieran de su casa sin ningún tipo de preparación. Creo que comprendió la situación y que se dio cuenta de que una cosa son las buenas intenciones y otra muy distinta la cruda, y a veces cruel, realidad.

Con todas estas argumentaciones, casi nos habíamos olvidado de los alumnos. Así que, se volvió hacía ellos y comenzó a hacerles preguntas de todo tipo. Más que de temas escolares, le interesaba saber qué pensaban, qué planes tenían, si les gustaba vivir en Lobera, etc. Mis alumnos, que eran más listos que el hambre, tuvieron respuesta para todo lo habido y por haber. En realidad, el inspector, que había ejercido pocos años antes de maestro en Lobera, lo que deseaba ese día era disfrutar, saborear el triunfo tras los esfuerzos llevados a cabo para superar aquellas difíciles oposiciones. Se sentía orgulloso de sí mismo al poder pisar como inspector las calles y la clase que antes había pisado como maestro. Por su forma de comportarse, daba la impresión de que también él se había sentido muy a gusto en Lobera durante los años de su estancia allí como maestro.

¿Han notado ustedes lo orgulloso que me siento rodeado de mis alumnos?

La primera visita de inspección a la que tuve que enfrentarme tuvo lugar en Lobera de Onsella durante la primavera del año 1967. Era una mañana soleada en la que alumnos y maestros nos encontrábamos en la plaza del frontón disfrutando del recreo. De pronto, un señor bien vestido cruzó por entre los niños, se acercó a nosotros y nos saludó diciendo que era nuestro inspector. Se trataba de una persona bastante joven, poco más de treinta años, de estatura media, entradas en el pelo y de hablar suave y amable. Tras departir unos momentos con las dos maestras y el maestro, dijo que iba a tomar un café en el bar y que luego pasaría por las clases.

Terminada la jornada de la mañana, se reunió unos minutos con nosotros los maestros para rogarnos que después de comer acudiéramos a tomar café con él en el bar del Sr. Clemente, con quien le unía, al parecer, una buena amistad. Y así lo hicimos. En medio de una animada conversación, pudimos saborear la exquisita “queimada de ron”, especialidad de la casa, acompañada de aquellos exclusivos puritos de origen francés importados por los loberanos que durante los inviernos iban a picar madera a los bosques del sur de Francia. Finalizada la sobremesa, el inspector no pudo resistirse a dar una vuelta por el pueblo, recordando viejos tiempos. Después, nos dirigimos hacia la carretera y anduvimos, sin parar de hablar, hasta la curva del Barranco de la Selva. De vuelta al pueblo, nos despedimos de él y nos dispusimos a entrar en nuestras clases para proseguir la tarea escolar.

La visita del inspector, mi primer control como maestro, me había dejado algo preocupado. En primer lugar, las cosas no se habían desarrollado como imaginaba. A mí me hubiera gustado que hubiese sometido a mis alumnos a un control mucho más riguroso. Que les hubiera lanzado una batería de preguntas de todo tipo para que pudieran demostrar lo que sabían. Teníamos ganas de lucirnos, los alumnos y el maestro, pero no tuvimos la oportunidad. Por otra parte, mis ideas sobre la forma de enfocar el futuro de mis alumnos no coincidían, precisamente, con las suyas. Y eso me producía una cierta desazón. Teníamos distinta forma de ver el futuro. Yo los estaba preparando para salir en busca de un oficio, especialidad o carrera, y él veía más lógico que continuaran con la labor de sus antepasados. Sin duda, esta última idea, la del inspector, era la mejor, la más lógica, la más beneficiosa para el pueblo. Que la juventud permaneciera en Lobera, modernizando las casas y las haciendas, hubiera sido lo ideal. Pero la cruda realidad, la emigración, estaba llamando a la puerta. Quien no estuviera preparado para ello lo pasaría muy mal por esos mundos de Dios.

La primavera siguió su camino y el curso escolar llegó a su fin sin apenas darnos cuenta de ello. Los alumnos mayores de mi clase, es decir, Antonio, José Antonio, Juanito (trabajaba ya en la hostelería), Marino, Pascual, Timoteo y Vicente finalizaban ese año la escolaridad, y eso me causaba un poco de tristeza. Los tres cursos pasados juntos habían sido muy intensos y productivos. Pero no estaban las cosas como para dejarnos ahogar por las penas. Si queríamos estar preparados para afrontar el futuro, nada mejor que poner manos a la obra sin más dilación. Se programaron los correspondientes exámenes en Ejea y allí nos desplazamos el día señalado, acompañados de mosén Fermín, como responsable que era del área religiosa. De ese modo, tras obtener unos brillantes resultados, los chicos ingresaron en septiembre en distintos centros para proseguir sus estudios, como era nuestro mayor deseo.

Por si ello fuera poco, a mediados de julio se produjo un hecho que me causó una enorme alegría. De forma totalmente inesperada, recibí un oficio de la Inspección de Enseñanza Primaria de Zaragoza en el que se me comunicaba la concesión de  “un punto computable para Concursos de Traslados”. Para quienes no lo sepan, les diré que por cada año de permanencia ininterrumpida en la misma escuela, los maestros y maestras acumulábamos entonces tres puntos en nuestra hoja de servicios, aunque había casos especiales. En 1967, por lo tanto, sumé cuatro puntos: los tres habituales, más uno extraordinario, lo que me proporcionaba una cierta ventaja sobre mis compañeros de promoción a la hora de aspirar a alguna plaza determinada. Con este sistema de puntuación se intentaba premiar la permanencia de maestros y maestras en la misma localidad el mayor tiempo posible con el fin de evitar el cambio constante de docentes, que no favorecía en nada la educación de los alumnos, como ya me había manifestado el Sr. Santos Buey, alcalde de Lobera, aquel día del mes de agosto de 1964, en el que fui a visitar, por primera vez, esa localidad.

Carta de Inspección

La concesión del “punto” tenía cierta importancia desde el punto de vista administrativo, pero lo que más ilusión me produjo fue comprobar que el inspector, que en un principio había mostrado un cierto rechazo hacia mi forma de pensar, reconoció después oficialmente que nuestra orientación escolar estaba bien encaminada. De nada servía lamentarse de que los pueblos estuvieran en peligro de quedarse medio vacíos. Ya que nada podía hacerse para evitar la “huída“ a la ciudad, lo más sensato era intentar que esa marcha fuera lo menos traumática posible. Me alegré enormemente por mis alumnos. Ellos eran los protagonistas y los merecedores de todos los premios. Es más, estoy seguro que lo que realmente convenció al inspector para la concesión de este reconocimiento no fue otra cosa que los buenos resultados obtenidos por los alumnos de la escuela de Lobera de Onsella en las pruebas a las que se presentaron al finalizar el curso 1966-67. Eran ellos quienes se merecían el “punto”, porque dicho aquí entre nosotros, de forma que no se entere nadie, eran eso, “punto y aparte”. Y ahora, van ustedes a disculpar mi falta de humildad, o exceso de arrogancia, como quieran, pero no puedo resistirme a incluir aquí la fotocopia del escrito recibido de la Inspección de Zaragoza, fechado el 14 de julio de 1967, en homenaje a mis alumnos de Lobera de Onsella, para quienes deseo todo lo mejor de este mundo.

Y con este escrito doy por finalizada mi participación en el apartado “Lobera visto por…”, de la página web de Pascual Plano, agradeciéndole que me haya dado la oportunidad de rememorar, a través de este medio, los bonitos recuerdos de nuestra estancia en Lobera de Onsella, que se prolongó desde el mes de septiembre de 1964 hasta el mismo mes del año 1968, fecha en que emprendimos viaje hacia Cataluña, concretamente hacia Alcarrás (Lérida), donde permanecimos durante catorce años, para regresar después a nuestra tierra.

Mi única pretensión, al volver la vista hacia aquel tiempo vivido en Lobera, ha sido la de rendir un merecido homenaje a cuantas buenas personas tuvimos el honor de conocer y tratar durante aquellos cuatro años. Por tanto, quiero hacer, en primer lugar, una mención especial a nuestras compañeras, tan excelentes personas como maestras, Chelo Sierra, Mª Jesús Rubio, Mª Pilar Barcelona y María Aranda. Asimismo, hay que recordar, por su gran humanidad, a D. José María Aristizábal, el veterinario, a su esposa Mª Pilar Pardo y a sus dos hijas. Y en el gremio de la Iglesia, difícil es olvidarse de mosén Fermín, con su recia personalidad. Era un sacerdote que se tomaba muy en serio lo del rezo, así como la instrucción religiosa de los alumnos, a quienes impartía catecismo los sábados por la mañana. Era un lector empedernido y estaba al tanto de todas las corrientes culturales. Pero también se preocupaba por las gentes del pueblo. Así, en una carta rescatada por Ricardo Vives, investigador y asiduo colaborador de la página web de Pascual Plano, el día 26 de septiembre de 1961 se dirigía mosén Fermín al gobernador civil de Zaragoza para solicitarle un televisor con el fin de instalarlo en una sala de la abadía, según decía, “para entretener el ocio dominguero” de los niños y jóvenes de Lobera.

Del mismo modo, antes de finalizar me gustaría dar un paseo virtual por las calles de Lobera para saludar y agradecer a sus gentes la buena acogida que nos dispensaron, a mi familia y a mí, durante nuestra estancia en aquel lugar. Para comenzar este recorrido, quiero dirigirme, en primer lugar, a casa Molinero para reiterar desde aquí todo lo dicho sobre esta familia en el escrito que les dediqué el pasado mes de noviembre. Pero hubo también otras personas que dejaron huella en nosotros: la familia Begué y la familia Artieda, ambas próximas a la escuela, siempre tan amables y educadas; el Sr. Clemente y su esposa Pilar, tan atentos y colaboradores con la educación de sus dos hijos; el Sr. Olegario, con quien tuvimos poco trato, pero cuya imagen va unida a la plaza de Lobera; la Sra. Nélida, siempre ocupada con su tienda; Martín y Felisa, los carteros, con sus dos hijas, buenos amigos y dispuestos a cooperar allí donde se precisara su ayuda; el Sr. Santos Buey, el alcalde, a quien no traté demasiado, pero que me pareció una persona muy sensata; la familia Mayayo, nuestros vecinos por el este, con Juanito y su hermana, siempre muy ocupados en los múltiples quehaceres de la casa; la familia de José María Plano, nuestros vecinos por el sur, que eran la amabilidad y la educación personificadas; la familia del Sr. Nereo, el practicante, nuestros vecinos por el oeste, con sus alegres tertulias en la puerta de su casa, en las que participaban esporádicamente todas cuantas personas transitaban por allí; Jesús, el carpintero, buen conversador y amigo; la familia Cardesa, con Celia y Blanquita, que fueron de gran ayuda para nosotros en los primeros años de nuestro hijo mayor; la señora de la aguja, por la valentía demostrada, que vivía por la zona de la calle Sol; la familia de casa Marcelo, Pascual, Mª José y sus entonces tres hijos, envueltos en frenética actividad para atender las numerosas tareas de la casa: bar, tienda, teléfono, hacienda, etc.; la familia de Vicente y Jesús Gastón, tan amables y con unos tíos muy divertidos; la familia de José Antonio y José Manuel, preocupándose por los estudios de sus hijos; la Sra. Ramona y su marido, el herrero, por la paciencia y cariño con que cuidaron a las maestras, de pensión en su casa, actuando con ellas como verdaderos padres. Asimismo, quiero enviar también un recuerdo para el resto de las familias de mis alumnos que no he citado aquí, a los que tal vez no traté tanto, pero por quienes siento el mismo respeto y agradecimiento. Para todos ellos, y para cuantas otras personas de Lobera tuvimos el honor de conocer, vaya mi gratitud por los agradables años pasados allí en compañía de gente tan abierta, sincera y amable. Pero de manera especial, pues su recuerdo y añoranza me han empujado a escribir todo esto, dedico los siete escritos publicados en la página web de Pascual Plano a una persona que siempre habló con emoción y cariño de las gentes de Lobera. Me refiero a una extraordinaria mujer, esposa, madre y maestra, llamada María Ángeles Jiménez Merino