La misa de los domingos

Martes, 29 de Enero de 2008 01:00 Fernando Sahún
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Como ya dije en otra ocasión, hubo un tiempo, cuando éramos simplemente maestros, que teníamos que fijar nuestra residencia en la localidad de destino. Digo lo de “simplemente maestros” porque no sé si ustedes conocen la retahíla de títulos que hemos ido acumulando a lo largo de las últimas décadas. En los años sesenta, el título que colgaba de una de las paredes de mi casa anunciaba que allí vivía un “Maestro de Primera Enseñanza”. En los setenta, se nos encumbró, por obra y gracia, al título rimbombante de “Profesores de E.G.B”. Así al menos figuraba en mi DNI. Sin mover un dedo por nuestra parte, de un plumazo, como suele decirse, habíamos sido admitidos en el club de los “profesores” porque, según decían, merecíamos una mejor consideración social y económica. Pero como la alegría de los pobres suele ser muy efímera, pronto se levantaron voces en contra de nuestro ensalzamiento gratuito. Resultado, fuimos degradados otra vez, nos quitaron los galones como en las películas americanas, y nos devolvieron de nuevo al estatus de “Maestros de Educación Primaria”. En el largo proceso había desaparecido de nuestro título la palabra “Enseñanza”, tal vez por anticuada, y en su lugar figuraba el término “Educación”, que tampoco está nada mal. Aunque si les he de ser sincero, después de tantos años en el mundo de la docencia, tengo mis dudas sobre con cuál de ambos vocablos, “enseñanza” o “educación”, se llega más lejos hoy día. Lo ideal es que ambas expresiones vayan bien conjugadas.

Mientras tanto, comenzó la fiebre de las especializaciones; se regularon las habilitaciones; se implantaron los reciclajes; comenzó el desfile diario de un batallón de maestros por la misma clase; se convocaron reuniones y más reuniones en los colegios para atender al enorme entramado burocrático, olvidándonos a veces de que los alumnos nos estaban esperando en la clase; eran tantos los proyectos, los informes y las memorias que había que redactar, que cuando nos presentábamos ante nuestros alumnos nos encontrábamos ya medio extenuados. Los altos controladores, también llamados inspectores, ya no iban a juzgarnos ahora por el nivel de los conocimientos de nuestros alumnos, como ocurría antes, sino por nuestra mayor o menor habilidad y diligencia a la hora de “tramitar el papeleo oficial”. Pueden creerme si les digo que sé de qué les estoy hablando. No en vano he desempeñado el cargo de secretario durante una treintena de años en distintos colegios. Como pueden ustedes suponer, ni los maestros de antes y ni los actuales son los responsables de semejante tinglado burocrático. Las decisiones siempre han emanado de las altas esferas. Incluso estoy convencido, tal vez pecando de inocente, que todas las reformas educativas, las de antes y las de ahora, se acometieron con la mejor intención del mundo.

El caso es que, en aquellos tiempos en que éramos “simplemente maestros”, llegábamos al pueblo de nuestra escuela a comienzos de septiembre y permanecíamos en él hasta las vacaciones de Navidad. Después, hasta Semana Santa. Y así sucesivamente. Supongo que a los jóvenes maestros y maestras actuales esto les parecerá algo insólito, imposible, insoportable. ¡Cómo iba uno a encerrarse en un pueblo pequeño perdido entre montañas, sin luz, sin agua corriente, sin cines, sin periódicos, sin teléfono, sin biblioteca, sin tele, sin móvil, sin Internet…! No es que estuviéramos prisioneros. Podíamos organizar tantas escapadas como deseáramos o acudir a las fiestas de los pueblos vecinos. Pero al tener clase los sábados por la mañana, difícil era, con los escasos medios de transporte existentes, alejarse mucho del pueblo de destino. Así que, lo aconsejable era adaptarse a las costumbres del lugar y disfrutar de la convivencia con sus gentes.

En realidad, la cosa no era tan grave. La estancia prolongada en una localidad alejada del mundanal ruido tenía también sus encantos, y muchos. En un pueblo, el maestro era el señor maestro, y la maestra, la señora o señorita maestra: D. Pedro, D. Francisco… Dª. Genoveva, Dª. Lourdes… Si cumplían con sus obligaciones con normalidad, eran personas muy respetadas. Su comportamiento correcto se veía recompensado con el aprecio de todos. Era habitual, asimismo, que los maestros se implicaran en los asuntos locales. Muchos, como es el caso de Benasque, Campo, Estadilla, Bujaraloz, por citar algunos ejemplos que conocí, alternaban su trabajo escolar con los cargos de alcalde, secretario o banquero.

Colacación en la IglesiaUna de las obligaciones morales que tenían los maestros en aquella época era la de asistir a la misa de los domingos en compañía de sus alumnos. Cuando la campana de la iglesia de Lobera convocaba a sus feligreses, las maestras y el maestro, junto con sus alumnos, debían instalarse en los primeros bancos de la iglesia. Los chicos, con su maestro, en el lado derecho, y las chicas, incluidos los párvulos, con sus maestras, en el lado izquierdo. Ante la mirada de los presentes, los docentes avanzaban por el pasillo central y se situaban junto a sus alumnos para controlar en todo momento su comportamiento. Mientras mosén Fermín declamaba oraciones y más oraciones con su voz clara y rotunda, los niños y niñas guardaban un silencio absoluto. Y ello no se debía sólo a la vigilancia que sobre ellos ejercían sus maestros, sino también al control que provenía de todos los presentes. Ni siquiera les estaba permitido recurrir a la típica voz de “confesionario”, es decir, al “bis, bis, bis…”, para comunicarse entre sí. Nada.

La actitud de los alumnos de Lobera durante la celebración de la misa solía ser totalmente correcta. Pero un día, al parecer, no fue así, ya que al salir al pórtico de la iglesia se me acercó una señora mayor, que con toda amabilidad y educación, me dijo en voz baja:

-Señor maestro, dos de sus chicos han hablado durante la celebración de la misa. Usted no se ha dado cuenta, pero Fulanito le ha dicho algo a Menganito.

Ante el agravio que para aquella señora representaba el comportamiento incorrecto de los dos alumnos en un lugar sagrado como era la iglesia y en un momento tan importante como la celebración de la santa misa, no tuve más remedio que responderle con cierta energía:

-No se preocupe, señora, que mañana, en cuanto entremos a clase, voy a tomar las medidas oportunas para que no vuelva a repetirse nunca más una cosa así.

La señora, visto el interés con que había aceptado su reclamación, se despidió de mí con amabilidad y se alejó contenta y feliz. Y es que las gentes de los pueblos, yo soy de pueblo y siempre he presumido de ello, tienen, al menos antes, unas convicciones muy sólidas.

La misa del domingo era tanto un acto religioso como un encuentro social. Hay que haber vivido aquella época para descubrir su verdadero significado. La misa del domingo representaba la convocatoria del pueblo, el encuentro, la convivencia, la participación conjunta. La misa del domingo obligaba a los agricultores a hacer un alto en su constante laborar. La asistencia a misa era un motivo para “mudarse”, como se decía entonces, para vestirse con la “ropa de los domingos” y acudir a la iglesia bien arreglados, con las mejores galas, pues antes los hombres y las mujeres de todas las edades también sabían ponerse muy guapos y muy guapas, como puede apreciarse en las fotos de personas de Lobera, que he tomado prestadas de la página web de Pascual Plano.

Con ropa de domingo Con ropa de domingo Con ropa de domingo

El primer encuentro de los vecinos de Lobera tenía lugar en el pórtico de la iglesia. Esos momentos previos al comienzo de la misa eran aprovechados por todos para saludarse e interesarse por el estado de las familias; se hacían pronósticos sobre el tiempo atmosférico presente y futuro; se intercambiaban opiniones sobre las labores del campo; se preguntaba por los hijos que se encontraban cumpliendo el servicio militar, o por aquellos que habían emigrado. Era la primera fase de contactos para “ponerse al día en los asuntos relacionados con el pueblo y sus gentes”. A veces, el entusiasmo entre los asistentes llegaba a tal punto, que no se percataban de que la campana había dado el último toque y que la misa había comenzado. Era entonces cuando salía alguien del interior de la iglesia, o tal vez un monaguillo enviado por mosén Fermín, para rogarles que bajaran el tono de la conversación. Un poco avergonzados por la distracción, se despedían a media voz de sus interlocutores, señalando que continuarían la charla al finalizar la ceremonia religiosa. Al tiempo que las mujeres se colocaban la mantilla sobre la cabeza con todo el cuidado del mundo para no estropear su artístico peinado, los hombres cogían con una mano la boina, si es que la portaban, y con la otra tomaban el agua bendita y se la ofrecían a sus acompañantes.

Con ropa de domingo Con ropa de domingo

En el transcurso de la misa, entre rezo y rezo, se disponía de tiempo suficiente para pasar revista a los atuendos de los asistentes. Era buen momento para que las mujeres, que suelen estar más al tanto de esas cosas, controlaran los estrenos y peinados de sus vecinas, o también para que los mozos observaran embobados desde el coro, donde solía haber algún que otro codazo para ocupar la primera línea, a las mozas hechas y derechas en que se habían convertido aquellas que hasta hace cuatro días eran tenidas por unas niñas. Por lo tanto, el silencio de la iglesia era el ambiente más adecuado para rezar, pero también para controlar todas las novedades que pudieran surgir, en todos los aspectos, de un domingo para otro.

Una vez cumplido el mandamiento dominical, se producía un segundo encuentro de convivencia en el pórtico y calles adyacentes a la iglesia, pero en esta ocasión de forma más relajada y prolongada. Excepto alguna cocinera que necesitaba dar una vuelta por su casa para recordar el puchero del cocido, que llevaba ya tres horas hirviendo, o algún que otro pastor que debía sacar las ovejas al monte, los demás, mayores y jóvenes, no tenían prisa. Deseaban aprovechar el día de descanso para disfrutar de la compañía de sus convecinos, ya que a lo largo de la semana apenas podían intercambiar un escueto saludo mientras iban o venían de sus múltiples quehaceres. Y ahora que hablamos de pucheros, pregunto a quienes hayan viajado o vivido fuera de Lobera: ¿Encontraron ustedes por esos mundos de Dios algo que se pareciera, ya no digo igualara, al cocido de su abuela, o al de su madre, cocinado en aquellos pucheros de barro a base de mantenerlos en fuego lento desde el punto de la mañana hasta el medio día? ¿Recuerdan aquel sabor a gloria bendita? ¿Y aquel olor que resucitaba a los muertos, según decían? Era el mejor ambientador jamás inventado.

Volviendo a lo que estábamos, pues si seguimos hablando de esos manjares tan exquisitos no habrá más remedio que hacer una visita al frigorífico, la salida de misa representaba un momento de relajación, necesario tras una semana muy atareada. Poco a poco, la gente iba abandonando el pórtico de la iglesia, pero sin bajar el tono de su voz. En grupos de edades similares, se encaminaban hacia las calles del entorno o descendían hacia la plaza. Andaban unos pasos, hacían una paradita aquí, un descanso allá, mientras continuaban absortos en sus temas de conversación.

Con ropa de domingo Con ropa de domingo

Los chavales, una vez liberados de sus deberes de monaguillos o de la vigilancia de los maestros, salían corriendo para practicar sus juegos preferidos o realizar algunas exploraciones por las inmediaciones de la iglesia, cosa que podía terminar, si no se ponían los cinco sentidos en ello, en una buena reprimenda al llegar a su casa con algún que otro descosido o alguna mancha imborrable en su “ropa buena”.

Las personas mayores, menos ágiles, se detenían cada pocos pasos mientras analizaban la marcha de la cosecha, pronosticaban el tiempo, daban un repaso al estado en que se encontraban los pastos para el ganado, sacaban a colación algún que otro recuerdo de su juventud, repetían por enésima vez el relato de aquella cacería de jabalíes llevada a cabo en sus años mozos, e incluso, referían alguna anécdota ocurrida mientras cumplían el servicio militar.

Las dueñas, como auténticas directoras generales de sus casas, aunque con alguna ausencia por tener que acudir a recordar la comida, constituían el grupo más activo, más vital, más dicharachero. Disponían de poco tiempo y eran muchos los temas a tratar. Tenían unas ganas enormes de explayarse, de contarles a sus convecinas cuáles eran sus proyectos, sus alegrías y sus tristezas. Ocurría, a veces, que esa necesidad perentoria de ser escuchadas, las llevaba a que cada cual expusiera su punto de vista, sus opiniones, sus penas y sus triunfos por su cuenta, incluso hablando varias de ellas al mismo tiempo, sin prestar apenas atención a lo que decían sus compañeras, ya que lo que más les importaba no era lo que ocurría en las casas de sus vecinas, sino el poder contar a las demás sus preocupaciones, sus éxitos, lo bien que habían vendido los corderos ese año, la suerte que tuvieron con las dos caballerías que compró su marido en la feria de Ejea, lo listos y buenos que eran sus hijos, lo rico que era el novio de la hija mayor, la suerte que tuvo uno de sus hijos al entrar a trabajar en una fábrica muy importante de Zaragoza… Cada una de ellas pensaba que si esperaba a que le tocara el turno o si se pasaba el rato escuchando a las demás mujeres, no tendría tiempo suficiente para contar todas las cosas que tenía preparadas. Para terminar este punto, desearía hacerle, a usted lector, la siguiente pregunta: ¿Presenció alguna vez la animada conversación de un grupo de dueñas de Lobera de Onsella? ¿Ah, no? Pues permítame decirle que no tiene usted ni la más mínima idea de lo que es una “verdadera directora general de una empresa familiar”.

Partido de pelota en la plaza

La misa del domingo era también una ocasión propicia para que chicos y chicas, casaderos o no, pudieran juntarse, conversar y bromear mientras paseaban por las calles o se detenían a tomar el vermouth, con sus sabrosas tapas, en alguno de los dos “cafés-bares” que había entonces en Lobera, como eran el del Sr. Clemente, que se encontraba en la plaza, y el de casa Marcelo, situado en la calle de San Juan y regentado por el Sr. Pascual y la Sra. María José, donde podía aprovecharse la visita para poner una conferencia telefónica a los familiares o amigos ausentes.

Si el día era bonancible, no podía faltar el acostumbrado partido de pelota en el frontón, donde los contendientes se jugaban el aperitivo, tapas incluidas, al tiempo que aprovechaban la ocasión para impresionar a la dama de sus amores con su potencia física y sus habilidades en el juego. La fotografía que se adjunta, aunque más reciente, refleja perfectamente lo que ocurría en ese lugar un domingo cualquiera de los años sesenta. La reunión de mozos y mozas solía finalizar acompañando los caballeros a las damas hasta la puerta de su casa.

Al llegar al mediodía, cuando el astro rey se encontraba ya en el punto más alto del firmamento, todos comprendían que era la hora de dirigirse hacia sus respectivas casas para reunirse con su familia en la mesa o en torno al hogar. Pero los efectos de la misa dominical no habían finalizado todavía. Lo visto y oído en la convocatoria religioso-social sería tema de conversación durante la comida en todos los hogares. El diálogo que voy a transcribir a continuación pudo ocurrir, en los años sesenta, en una cualquiera de las familias de Lobera de Onsella. Creo que no es necesario advertir que todos los nombres que aparecen en el mismo sólo existen en la imaginación.

La abuela ha sido la primera en regresar a casa para terminar de componer la comida, que ya dejó apartada junto al fuego al salir hacia la iglesia. Poco a poco, hacen acto de presencia los demás miembros de la familia. Unos se han cambiado ya la ropa de los domingos por la de faena. Otros siguen arreglados, especialmente los jóvenes, porque quieren salir de nuevo por la tarde. Por fin, tras reiterados llamamientos realizados por la madre, se logra que la familia numerosa, como casi todas las de entonces, esté dispuesta en la mesa para dar comienzo a la comida principal del día:

-¡Hay que ver la gente que había hoy en misa! —comenta la abuela mientras da la última revisión a las cacerolas.

-¿Habéis visto a los de casa Tal? Apenas hace dos años que se fueron a vivir a Zaragoza y ya han vuelto como si fueran unos marqueses, trajeados, llenos de joyas y hablando “refinado” como en la ciudad —dice la madre con cierto resquemor, temerosa de que sus hijos elijan también el camino de la emigración—. Aquí mucho presumir, pero allí seguro que tienen que ir a fregar escaleras para poder vivir —continúa, mientras sirve el primer plato.

-Mamá, yo he hablado con ellos y me han parecido tan amables como siempre. Lo que ocurre es que en Zaragoza, al haber tantas tiendas, tienen más facilidad para comprarse ropa y por eso van más arreglados —interviene la hija mayor, que ha intuido la preocupación de su madre.

-Mamá, ¿a que no adivinas quién nos ha invitado a un vermouth? —suelta la segunda de las hijas, mientras en sus mejillas se produce un asomo de rubor.

-¡Hija mía! ¡Te he dicho mil veces que no tomes ni una gota de alcohol! —responde con prontitud  su madre sobresaltada por lo que acaba de oír.

-Pedro de casa Tal y Juan de casa Cual, nos han invitado a mi amiga y a mí a un vermouth en el bar de la plaza —continúa la joven mientras su cara permanece resplandeciente por la ilusión.

-¿No decías hace pocos días que esos chicos eran unos antipáticos y que sólo se fijaban en las chicas de fuera, como las de Isuerre o Navardún? —replica la madre toda extrañada.

-Pues hoy han estado la mar de simpáticos, sobre todo Pedro. No sabía que era tan agradable —certifica la joven de los dieciocho años recién cumplidos, mientras se olvida de que tiene la comida en el plato.

-¡Uy, uy, uy!... —sentencia el hermano mayor mientras gesticula poniendo caras de enamorado.

-¡Deja en paz a tu hermana! —le increpa la madre—. ¿Y a ti, qué te pasa, que no has pronunciado palabra desde que has vuelto de misa? —prosigue la dueña volviéndose hacia su marido, que está como ausente.

-Miguel, el de Tal, me ha invitado a su casa para enseñarme las dos caballerías que compró en la feria de Uncastillo. ¡Vaya par de machos bien plantados! Tenía que haberle hecho caso e irme con él para buscar recambio para estos animales de labranza nuestros, que tienen ya demasiados años —responde el hombre librándose de una pesadumbre que le oprimía.

-Nuestros machos están todavía muy fuertes y sanos. Aún pueden tirar un par de años más. Vete a saber lo que le habrán costado. A ti te habrá contado lo que ha querido, pero… —contesta con energía la dueña de la casa para levantar el ánimo a su marido.

-Me ha parecido que Inés, la joven de casa Tal, está embarazada. ¿Os habéis dado cuenta vosotros? —dice de pronto la hija mayor. Pero nadie se ha percatado de ello.

-Pues ya es hora. El próximo mes hace un año que se casaron —responde la madre, que está al tanto de todo lo que se habla en la mesa.

-La que estaba guapa de verdad era la moza de casa Cual —recita la madre en voz alta mientras mira de reojo a su hijo mayor—. Llevaba un traje-chaqueta rojo muy elegante. Es una chica que vale mucho. Sabe hacer todas las faenas de la casa y, cuando es necesario, acude al campo a ayudar a los hombres sin que se le caigan los anillos. Me han dicho que incluso se cose ella misma su propia ropa de vestir —prosigue con énfasis la madre para ver si su hijo se decide, de una vez por todas, a buscarse novia. Es hora de hacer herederos, y el mozo no tiene trazas.

-Me ha dicho Toñito, de casa Tal, que van a comprarle una bicicleta —apunta tímidamente el hermano pequeño.

-Hermanito, déjate de gastos inútiles, que no estamos como para tirar el dinero por la ventana —le increpa el hermano mayor, aprovechando un cierto resentimiento que se ha apoderado de él tras escuchar las indirectas que le ha lanzado su madre.

-Bueno, bueno —interviene el padre—. Todo tiene solución. Mirad, cuando llegue el otoño, os vais unos cuantos días a recoger setas, que en los bosques de Lobera abundan mucho y, junto con alguna ayudita nuestra, conseguirás tu bicicleta deseada. Lo que algo vale, algo cuesta —recalca el padre de familia, que ha estado durante la comida más callado de lo habitual.

¿Verdad que les gustaría a ustedes sentarse alrededor de una mesa con personas como las que aparecen en este diálogo? Pues algo semejante ocurría en la mayoría de los hogares de Lobera en los años sesenta. Tengan en cuenta que el pueblo tenía entonces un censo de 450 habitantes, y eso daba para mucho. Sólo quien ha disfrutado de esa conversación pausada, tranquila y serena; sólo quien ha saboreado esa convivencia vecinal, libre del sometimiento actual a la TV, a la consola, al móvil o a Internet, entre otros, sabe cuál es la verdadera esencia de vivir en un lugar como Lobera de Onsella.