La naturaleza humana, no sé por qué razón, dispone de un filtro que, con el paso del tiempo, va eliminando de nuestra memoria todo aquello que en su momento resultó desagradable para nosotros. No es el caso de mi estancia en Lobera, que exceptuando alguna minucia de poca importancia, que en otra ocasión comentaré, todo lo que allí me ocurrió fue digno de guardar a buen recaudo en el baúl de los buenos e imborrables recuerdos.
Les prometí a ustedes que en esta tercera entrega iba a hablarles de mis alumnos de Lobera de Onsella, y así lo voy a hacer. Han pasado ya 43 años desde aquel mes de septiembre de 1964, y parece que fue ayer. Para que se hagan una idea del estado emocional con el que comencé el curso, les diré que recuerdo perfectamente cuál era el color de mi camisa aquel primer día de clase. No era para menos. Aunque había ejercido un año de provisional en Eriste, Valle de Benasque, ese día significaba mi primera clase como propietario definitivo. Desde el punto de vista personal, era un día importante para mí, que ponía colofón a unos cuantos años de estudio y trabajo, combinados ambos, y a unas difíciles oposiciones para cuya superación había que estar, como quien dice, bien comidos. Creo que ahora me comprenderán si les digo que la camisa que portaba aquel día era de color azul claro, con un rayado fino disimulado, y con las mangas dobladas hasta la mitad del antebrazo.
Tras entrar a saludar a María Ángeles, la nueva maestra de Párvulos, a quien no conocía todavía, continué mi camino hacia mi lugar de trabajo. Contemplada desde el frontón, mi escuela semejaba una fortaleza situada allá en lo alto, a la que había que llegar ascendiendo por una calle empinada con el suelo descarnado, irregular, medio empedrado, pero con guijarros sueltos y algún que otro agujero que obligaban al caminante a poner toda su atención a la hora de dar un paso. Al acercarse uno a la puerta de entrada al edificio escolar, había que extremar todavía más la precaución, ya que para acceder a ella debían salvarse unas escaleras dispuestas en forma de abanico, medio desconchadas y desgastadas, que representaban un verdadero peligro para quien transitara por ellas. Pero eso no es todo. Una vez superado ese obstáculo, al asomarse a la puerta se cercioraba uno de que el peligro no había hecho más que empezar, ya que para llegar a las clases había que escalar una larga y pendiente escalera que, observada desde arriba, descendía de forma vertiginosa hacia el vacío. Debo aclarar, para que ustedes no me tilden de señorito criado entre algodones, que todos estos temores no se referían a mi persona, sino a lo que ello podía representar para la integridad física de los escolares. Sin embargo, mis preocupaciones por ese motivo se desvanecieron pronto al comprobar que mis nuevos alumnos, que estaban ya esperándome, se movían por aquellas irregularidades del terreno con la ligereza propia de una gacela.
En un principio, incluso llegué a pensar que tanto las autoridades locales como los padres de los alumnos se desentendían de aquel problema, pero estaba equivocado. Durante el verano de 1965, si mal no recuerdo, aprovechando el período de vacaciones, se construyó un muro de contención delante de la puerta, desviando las escaleras para ambos lados, como puede observarse en la fotografía de los alumnos. Pero hay más. Como muestra de la inquietud e interés que el alcalde, el Sr. Santos Buey, mostró por la resolución de ese problema, voy a copiar aquí el resumen del escrito que en su momento dirigió a las autoridades de Zaragoza solicitando la subvención necesaria para llevar a cabo esa obra. El hallazgo del documento se debe a Ricardo Vives, investigador entusiasta de la historia y de todo lo referente a Lobera de Onsella, que junto con Pascual Plano, a través de su página web, están volcando toda su ilusión y esfuerzo en la divulgación y propagación, a los cuatro vientos, de todo cuanto vaya ligado al pasado y presente de ese bonito y remozado pueblo. El contenido del documento rescatado por Ricardo, incluido en la web de Pascual, es el siguiente: “21.12.1963. El Alcalde de Lobera, Santos Buey, pide subvención para las obras del pueblo, pues tiene una deuda el ayuntamiento con una entidad bancaria por obras de abastecimientos de aguas y teléfono público, que se espera pagar con los aprovechamientos forestales, pero que no les llega para obrar en la escuela y ayuntamiento”. Como queda claro, en 1963, un año antes de mi llegada a Lobera, las autoridades locales ya habían realizado las oportunas gestiones para resolver el tema de las escaleras, noticia que me ha producido, aún transcurridos tantos años, mucha satisfacción.
Pero con el paso del tiempo, aquel muro que quizá dañaba la esbeltez de la fachada de los nuevos locales del Ayuntamiento y de la Asociación Cultural Sesayo, ha sido sustituido por una transparente barandilla, que sin dejar de desempeñar la función de contención para la que se construyó, le añade un toque de elegancia a la estética del entorno. El resultado ha sido tan satisfactorio, que las propias autoridades políticas, representadas en este caso por el presidente de la DGA, D. Marcelino Iglesias; el presidente de la DPZ, D. Javier Lambán, y la alcaldesa de Lobera de Onsella, Dª. Mariví Cabanes, no han podido resistir la tentación de asomarse a ese púlpito, plataforma idónea para el discurso político en busca del voto. Tomando las fotos de la página web de Pascual, podemos contemplar dos perspectivas diferentes de ese lugar.

Una vez superados todos esos obstáculos del terreno, insignificantes para una persona joven, y llegados a la clase, se sentía uno como aislado del mundo; como inmerso en un remanso de paz, donde sólo el viento, que silbaba en la ventana de atrás en los días fríos del invierno como si de una serpiente rabiosa se tratara, rompía la quietud que lo presidía todo, hasta que llegaba la hora de recreo, claro. Mirar por las ventanas en los momentos de descanso, y dejar que la vista se trasladara hasta el verde oscuro de las montañas del fondo, era la mejor terapia para el espíritu. Una sensación imaginaria de aire puro le invadía a uno.
Antes de continuar mi relato, les diré que en el rellano de la parte alta de las escaleras saludé a la Srta. Chelo, la nueva maestra de chicas, a quien tampoco conocía. Ambas clases, la de las chicas y la de los chicos, eran prácticamente simétricas, con las escaleras como eje. Cada una de ellas tenía dos ventanas que daban hacia el sur, hacia el pueblo, y una que miraba hacia el norte, azotada a veces por el viento, como se ha indicado. No era esa la mejor iluminación para una clase, ya que la luz llegaba a los alumnos de frente en lugar de provenir del lado izquierdo, que es el más adecuado para el trabajo escolar. Aún así, eran unas clases muy iluminadas.
Los alumnos se acomodaban en dos hileras de mesas bipersonales, con el tablero inclinado, que ya tenían sus años de servicio. En el lado derecho, a un par de pasos de la puerta de entrada, se encontraba el armario-biblioteca. A continuación, se ubicaba el encerado, que debido a su posición lateral, presentaba alguna dificultad de visión para los alumnos. En la pared del lado de la iglesia teníamos las perchas para colgar los abrigos, al fondo; algunos mapas murales, en el centro, y a continuación, cerca de la ventana, otra pizarra. La disposición de estos dos encerados permitía una mejor distribución del trabajo escolar por grupos, al tiempo que se lograba paliar en parte la incomodidad de su instalación lateral.
El suelo de la clase, construido con las típicas tablas de madera de pino, materia prima abundante en el término municipal de Lobera, resultaba especialmente confortable para la época invernal. Entre ambas ventanas se encontraba la mesa del maestro, con los típicos cajones enormes que, como ocurre en las casas, al final se llenaban de cosas inservibles. Me olvidaba de anotar un mueble muy importante para luchar contra el frío, pero también para otras aplicaciones, como explicaré en su momento. Estoy hablando de la estufa, que como mandan los cánones, estaba situada en las proximidades de la mesa del maestro. Faltaría más. En realidad, la problemática de aquellos artilugios no se centraba en dilucidar a quien calendaban más o menos, sino en conseguir que expulsaran el humo con normalidad. Para lograrlo, había que recurrir a procedimientos que rayaban en la pura ingeniería técnica y meteorológica, ya que la dirección del viento era clave para el buen funcionamiento. La clase de chicos, sin grandes comodidades ni decoraciones, era un lugar limpio y agradable, con las paredes blancas y relucientes. Como saben ustedes, este local acoge ahora la sede de la Asociación Cultural Sesayo, al tiempo que se utiliza esporádicamente para los plenos del Ayuntamiento por ser más espacioso.
¿Sabían ustedes que en aquel tiempo eran los propios alumnos los responsables de limpiar la clase y de traer la leña para la estufa? Y lo curioso del caso, según parece, es que ello no les provocó la caída de ninguno de sus anillos, como suele decirse, ni quedaron traumatizados para toda su vida, como sentenciaría algún psicólogo de nuestros días. Una vez a la semana, por lo general los sábados, y con más frecuencia si las circunstancias lo requerían, el equipo de alumnos a quien correspondía el turno ponía manos a la obra, dejando la clase como los chorros del oro. Unos apartando mesas y otros tirando de escoba, la cosa iba como una seda. En cuando a la leña, al llegar cada mañana a clase, los alumnos portaban en una mano la cartera con el material escolar y, bajo el otro brazo, unos cuantos “tizonicos”, cortados a medida de la estufa, para disponer en todo momento de reserva de leña, que guardábamos al fondo de la clase. Y es que alumnos como aquellos ya no quedan, sin que ello represente, por supuesto, ningún desmerecimiento para los actuales. Los tendrían que haber visto ustedes. Ser maestro con aquellos chicos era como conducir un Ferrari. La clase andaba sola. No quiero esperar más tiempo sin presentárselos. Aquí los tienen:

Para que ustedes conozcan mejor cómo eran aquellos intrépidos alumnos de Lobera de Onsella de los años sesenta, voy a plasmar aquí algunas pinceladas de su personalidad. Me extenderé más en los siete mayores por haber terminado la escolaridad durante mi estancia en aquel lugar. Al resto de los alumnos, por los que siento el mismo aprecio, por supuesto, me referiré de forma más breve con el fin de no alargar excesivamente este escrito.
Juanito Artigas
Era el más extrovertido. Su presencia no pasaba desapercibida. ¿Han observado ustedes que es el único de la foto que levanta la mano? Con ese gesto es como si quisiera decirnos: “¡Oiga, que estoy aquí! ¡Soy Juanito Artigas! ¡A ver si va a resultar ahora que no me reconocen en medio de tantos compañeros!” Aunque se esforzaba lo que podía, no se encontraba a gusto en clase. El ir a la escuela no era precisamente lo que más le gustaba. Sin embargo, era muy apreciado por sus compañeros por su iniciativa a la hora de planificar actividades o juegos, en los que descargaba todas sus energías. Fue uno de los primeros en abandonar la escuela para entrar en el mundo laboral. Según dijeron, se empleó en la hostelería. Espero que haya tenido suerte y que su carácter abierto le haya ayudado a afrontar la vida con decisión y optimismo.
Pascual Plano
El mayor entonces de tres hermanos, pronto tuvo que hacerse cargo de pequeñas responsabilidades de la casa. Por lo general, cuando llegaba a clase por las mañanas, ya había llevado a cabo diversas tareas encomendadas por su familia: que si llevar un aviso de conferencia telefónica a tal casa; que si acompañar a sus hermanos al parvulario; que si traer agua de la fuente, o tal vez acudir a la iglesia para ejercer de monaguillo, cosa habitual en aquellos tiempos. Su cooperación en las tareas de la casa se hacía cada vez más imprescindible. Quizá por ello mostraba ya signos de madurez propios de una persona de más edad. En clase ponía el máximo interés en todo y su nivel era excelente. Su habitual buen carácter podía tomar un giro brusco, al menos en su fuero interno, si su lugar privilegiado en la fila de cálculo mental o en la de preguntas generales se veía amenazado. Podía soportar todos los sufrimientos, menos que alguien se atreviera a avanzarle un puesto. Pero ese interés y ese esfuerzo tuvieron al fin su recompensa de cara al futuro, consiguiendo una beca, la de mayor cuantía en aquella época, para continuar los estudios lejos de Lobera, cosa que hizo con brillantez. En la actualidad, su cargo de responsabilidad en la GM no le ha apartado de sus raíces, que cultiva y propaga como presidente de la Asociación Cultural Sesayo y como autor de la magnífica página web de Lobera de Onsella, que tanto están contribuyendo ambas cosas a la promoción y divulgación de todo lo que lleve el sello de su pueblo natal.
Timoteo Artigas
Como indiqué en mi entrega anterior, Timoteo era el último de los hijos de la familia Molinero. Ser el menor de siete hermanos podría llevarnos a pensar que se trataba del niño mimado de la casa o que se comportaba como tal. Pero nada más lejos de la realidad. Tanto su madre como sus hermanos eran exigentes a la hora de pedirle responsabilidades, lo que no impedía que recibiera, aunque fuera de forma clandestina, mucho más cariño de todos que el resto de los hermanos, por ser el pequeño, claro, como suele ocurrir en todas las familias. Esto lo sé porque viví un año en su casa y, además, por experiencia propia, al haber sido también el pequeño de una amplia familia. Fue uno de mis mejores alumnos, como ya señalé. Asimismo, me ratifico en lo referente a su forma de ser: “poco ruido y muchas nueces”. De carácter tranquilo y alegre, caía bien a todos los compañeros, tanto en clase como en los juegos, siempre que no hubiera por el medio una fila de cálculo mental o una portería de fútbol. Llevaba un nivel excelente y cooperaba en cuantas actividades se planificaban en clase. Esa buena disposición para el estudio se vio recompensada al formar parte del grupo de alumnos de Lobera que superaron las pruebas para ingresar en la “Institución Virgen del Pilar” de Zaragoza. En aquellos momentos ese lugar, junto con San Valero, eran los dos centros más prestigiosos de la ciudad en la preparación de personas especializadas para entrar en el mundo laboral. Espero que haya triunfado en la vida y que aquellas dotes que tenía para el estudio le hayan abierto camino en la profesión elegida. No puedo terminar este apartado de Timoteo sin referirme a la agradable sorpresa que recibí, el pasado día 26 de diciembre, al leer en el “Libro de visitas” de la página web de Pascual, unas líneas de agradecimiento a cargo de un tal Oscar Artigas, que se presentaba con estas palabras: “Soy el hijo menor de Timoteo, de casa Molinero”. Francamente, me emocioné.
José Antonio Artieda
Hermano de José Manuel, iban siempre juntos a todas partes, aunque no siempre coincidieran en sus opiniones. No disfrutaba del todo con la escuela, pero trabajaba mucho e iba a por todas. Recuerdo que a veces había que levantarle la moral porque si no le salían las cosas como deseaba, se desanimaba un poco. Agradecía en el alma, como suele ocurrir en general con todos los alumnos, que el maestro estuviera pendiente de su trabajo, le escuchara y le ayudara a resolver sus dudas. En los juegos no admitía las trampas ni el cambio de las reglas de juego a gusto de los demás, lo que le ocasionaba algún que otro enfado con sus compañeros, e incluso, el abandono momentáneo del campo de operaciones. Pero todo había pasado en pocos minutos y la alegría hacía de nuevo acto de presencia en su rostro para integrarse con más ímpetu, si cabe, al juego. Era muy amigo de sus compañeros y agradecía mucho que lo tuvieran en cuenta a la hora de planificar cualquier tipo de actividad, tanto académica como lúdica. Hará una docena de años, José Antonio vino a hacerme una visita a mi colegio de Casetas. Me encontraba en el patio, cuando se me acercaron unos alumnos de mi clase diciéndome que un señor preguntaba por mí. “Dice que usted fue su maestro”, comentaron con voz apresurada. Al levantar la vista, cuál fue mi sorpresa al reconocer a José Antonio que se acercaba sonriente hacia donde yo me encontraba. De forma precipitada, pues había tocado ya la sirena, hablamos de varias cosas y, entre ellas, me contó que tenía un taller de reparación de automóviles en un pueblo próximo. En otra ocasión coincidimos en Alcampo, donde ya pudimos conversar con más tranquilidad. Después de la veintena de años transcurridos, me hizo mucha ilusión encontrarme con uno de mis alumnos de Lobera de Onsella. Recuerdo que el día que vino a visitarme conducía un “Ford Granada”. El hecho de que haya retenido en mi mente la marca y el modelo de ese coche, se debe a que, en su momento, constituyó mi gran ilusión de compra, cosa que no logré.
Vicente Gastón
Él y su hermano Jesús vivían al final de la calle de San Juan. Solían ir siempre juntos los dos a todas partes, aunque ya se sabe que el salir por ahí con un hermano pequeño al lado puede convertirse en una fuente de problemas si éste no sabe tener la boca cerrada al volver a casa. De carácter pacífico y amable, a veces daba la impresión de que la tristeza se asomaba a su rostro, pero no era más que eso, una apariencia. Se trataba de su forma natural de ser. Si alguna vez percibí esa sensación, no tuve más que asomarme a la ventana de la escuela y comprobar la alegría que derrochaba mientras participaba intensamente en los juegos con sus compañeros. En clase hablaba con voz suave y mantenía un comportamiento correcto y participativo. Sin embargo, la cosa cambiaba a la hora de defender los colores de su equipo. Cuando llegaban esos momentos, dejaba a un lado esa especie de timidez y se iba directo a la portería contraria. Apreciado por todos, sus opiniones eran tenidas muy en cuenta a la hora de planificar las actividades, tanto deportivas como de otro tipo. Como todo el grupo, era muy trabajador y mantenía un buen nivel en los estudios. Según informaciones que me han llegado, estudió unos años en Jaca, después pasó a Burgos, sin que tenga más noticias sobre su discurrir por la vida. Espero que su buen carácter y su constancia en el estudio le hayan servido para abrirse camino en la actividad profesional elegida.
Marino Begué
Vivía en las proximidades de la iglesia y de la escuela. Era el mayor de los hermanos y ello le daba un aire de responsabilidad frente a las cosas de la vida. Como le ocurría a Pascual, cada mañana tenía que atender varios encargos familiares antes de acudir a la escuela. Tenía mucha personalidad, que mostraba tomando decisiones propias e intentando imponer su criterio en los juegos. Su actitud en clase era participativa y no se conformaba cuando un concepto no había quedado lo suficientemente claro. Su nivel era excelente, destacando especialmente, según recuerdo, en todo lo referente a los números. Las competiciones de operaciones aritméticas eran todo un espectáculo. Como les ocurría a muchos de sus compañeros, cualquier cosa, antes que dejarse pasar en la fila de cálculo. Sus luchas con Pascual, Timoteo y demás compañeros para alcanzar o mantener el número uno, eran a capa y espada. Si en alguna ocasión era superado, cosa que no ocurría con la frecuencia que hubieran deseado sus compañeros, de sus ojos salían destellos de rabia, que pedían venganza a gritos. Formó parte también del grupo de alumnos de Lobera que fueron admitidos en la “Institución Virgen del Pilar” de Zaragoza, colegio de formación profesional de prestigio. Ya no supe nunca más nada de él, y muy poco de los compañeros, aunque en mis catorce años pasados en Cataluña me preguntaba con frecuencia qué sería de aquellos alumnos que habían salido de Lobera en busca de un futuro prometedor. En alguna ocasión me llegaron noticias de que trabajaba en Telefónica, pero sin concretar más. Espero que la vida le haya sonreído y que con su capacidad natural haya sacado adelante todo lo que se haya propuesto.
Antonio Artieda
Al igual que Marino, vivía muy próximo a la escuela, pero en el lado de poniente. Destacaba por sus buenos modales y excelente comportamiento, tanto en clase como en el trato con los demás chicos. Aunque algo tímido, era muy apreciado por sus compañeros por su buen carácter y compañerismo. En clase ponía todo el interés y llevaba un buen nivel. Sin embargo, su amor propio hacía que si algún trabajo no salía como él deseaba, se desmoralizara algo, pero con un poco de ayuda y unas palabras de ánimo volvía enseguida a ser el Antonio de siempre. Era también el chico de los recados de su casa. Bajaba la cuesta, volvía, siempre con su porte educado y correcto. Si nos cruzábamos por la calle, saludaba con amabilidad. Si se encontraba en la plaza del frontón enfrascado en algún partido de fútbol y se le reclamaba desde su cara para algún recado, dejaba de inmediato el juego y acudía con diligencia a la llamada. Formó parte también de la expedición que ingresó en la “Institución Virgen del Pilar” de Zaragoza. No he tenido conocimiento de sus actividades profesionales, pero estoy seguro que con su buen carácter y su amor propio por las cosas bien hechas, habrá triunfado en el ejercicio de su profesión.
Alfredo Artigas
Me ha causado una pena enorme la noticia de su fallecimiento. Fue un alumno muy educado, amable y buena persona, aunque algo tímido a la hora de enfrentarse a las situaciones. Por su buen carácter, era muy apreciado por sus compañeros, formando grupo con José María, Jesús, José Manuel, Emilio, Ricardo, José Luís, Fermín y Francisco Javier. Precisamente hace unos días estuve contemplando dos de sus fotos en la página web de Pascual. En una de ellas aparece vestido con el traje de la primera comunión. Desde aquí, me uno al dolor de su familia.
Jesús Gastón
Hermano de Vicente, tenía sin embargo un carácter distinto. Pero esa vitalidad desbordante que mostraba en sus manifestaciones espontáneas, no le impedía comportarse en clase con toda corrección. Él y José María Artieda eran amigos inseparables. Tanto en los juegos, como en las actividades escolares, siempre estaban unidos. Del mismo modo que su amigo, Jesús llevaba un buen nivel en los estudios. Era un futbolista incansable, y había que ver la expresión de su cara cuando encaraba la portería contraria con el balón en los pies. El día de su primera comunión tuve el honor de ser invitado a comer a su casa. Allí coincidí con sus tíos, alegres y dicharacheros, que nos alegraron la reunión. Recuerdo, sin embargo, que tal vez a causa de mi inexperiencia, la alegría se me subió un poco a la cabeza. Por lo demás, fue una fiesta muy agradable.
José María Artieda
Con José María éramos vecinos, aunque entrábamos a nuestras casas por calles distintas. Amigo inseparable de Jesús, como se ha dicho, participaban ambos siempre juntos en todo tipo de actividades. Recuerdo que un día, a causa de una urgencia, lo bajé, junto con su madre, directamente a Zaragoza con nuestro coche. He dicho “directamente”, pero no fue así, ya que al atravesar Tauste se pinchó una de las ruedas y tuvimos que cambiarla allí mismo, con la consiguiente pérdida de tiempo. Hace unos quince años, más o menos, recibí en mi casa una llamada sorprendente. Alguien en el otro extremo del teléfono me aseguró que se llamaba José María Artieda. Yo no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Después de tantos años sin saber nada de ellos, me causó mucha emoción oír la voz de uno de aquellos alumnos de mi escuela de Lobera. Me dijo que la vida le había tratado bien y que tenía una ferretería en el barrio de San José. Otras fuentes posteriores han completado esa información señalando que se trata de una de las más importantes ferreterías de Zaragoza. Para un maestro, ver triunfar a sus alumnos es una gran satisfacción.
Ricardo Cardesa
Me ha causado un dolor muy grande conocer el trágico final de Ricardo. Era un chico algo inquieto, pero atento y trabajador en clase. Además, destacaba por su iniciativa a la hora de planificar juegos u otras actividades y poseía unas dotes de convicción que solía ejercer sobre sus compañeros de grupo, como José Manuel, José Luís, Francisco Javier o Fermín. Desde estas líneas, me uno al dolor de su familia.
José Manuel Artieda
Hermano de José Antonio, iban juntos a todas partes, aunque sus opiniones, como he dicho más arriba, no coincidieran siempre. Agradecía mucho que se estuviera pendiente de sus trabajos escolares. Cuando tenía dificultades en sus tareas, con una explicación convincente quedaba contento y satisfecho. En cuanto al trato con los demás alumnos, a veces veía injusticias donde no las había, lo que le llevaba a protestar o a enfadarse con sus compañeros de juego, pero le duraba muy poco. Disfrutaba participando en toda clase de actividades. Era un buen chico.
José Luis Plano
Era entonces el segundo de los hermanos y necesitaba del cariño de todos. Su situación no era fácil. Por encima, tenía a Pascual, que al ser el mayor, recibía un trato preferente por su participación en las tareas de la casa. Por debajo, se encontraba su hermana Nieves que, según decía la maestra de párvulos, era la delicia de la clase por su simpatía. Aunque algo inquieto, en clase se comportaba muy bien y agradecía mucho todas las atenciones e indicaciones que se le hacían con respecto a su trabajo. Le gustaba participar en todo tipo de actividades. Era un chico estupendo. Según información recibida, he sabido que, tras muchos años de trabajo, ha logrado ser propietario de la empresa “Neumáticos Malpica”, dedicada al cambio de neumáticos de todo tipo de vehículos, ubicada en el Polígono Industrial de Malpica, Zaragoza. Noticia que me ha producido, como su maestro que fui, una gran alegría.
Francisco Javier Cardesa
De carácter bastante tímido, su comportamiento en clase era correcto. Aunque la mayoría de los alumnos que venían de párvulos sabían leer y multiplicar por una cifra, por lo menos, los comienzos en la clase de los mayores resultaban un poco difíciles. Esa timidez que Francisco Javier mostraba en clase, desaparecía en cuanto pisaba el terreno de juego, participando con sus compañeros en todas las actividades lúdicas. Era el benjamín de la clase.
Fermín Mayayo
Como les ocurría a sus compañeros de grupo, la llegada a la “escuela de mayores”, como se decía, siempre representaba un paso difícil para los alumnos. Pero Fermín, aunque dominado por la timidez, era un chico muy trabajador y de comportamiento correcto. Formaba equipo con los que aparecen en la primera fila de la foto.
Emilio Begué
Aunque no aparece en la foto por algún motivo que no recuerdo, Emilio también era alumno de nuestra clase. Hermano de Marino, su actitud frente al estudio se guiaba por los genes de familia. Llevaba muy buen nivel y era un chico muy educado y correcto.
Así finaliza la exposición de los rasgos personales más destacados de los alumnos que tuve en Lobera de Onsella. El excesivo espacio empleado me obliga a cortar por lo sano para no convertir esto en una enciclopedia. Pero no crean ustedes que con ello se agotan las cosas que podría contarles sobre aquellos chicos. Ni mucho menos. Quedan detalles como las clases de catecismo, o catequesis, impartidas por mosén Fermín los sábados por la mañana; o la asistencia a la misa de los domingos, situándose el maestro con sus alumnos en los primeros bancos del lado derecho de la iglesia, y las maestras, con las niñas, en el lado izquierdo. Asimismo, me gustaría hablarles con más detalle de las actividades académicas y deportivas. Académicas, como “cesta y puntos”; las competiciones de cálculo mental; los enfrentamientos por equipos con preguntas generales sobre todo lo estudiado; el reparto de los libros de la pequeña biblioteca escolar por todas las casas del pueblo; la campaña de “haga usted una buena obra, pero con testigos”; el empleo del mapa mudo de las provincias españolas, en forma de puzzle, hecho con panel de marquetería; la utilización del mapa eléctrico de fabricación casera, con una montaña de cables por detrás y con una bombilla que nos indicaba si la respuesta era correcta o no; la competencia en los dictados y redacciones, etc.
Si nos trasladamos al terreno deportivo, nada me gustaría más que narrarles a ustedes aquella estrepitosa derrota que los alumnos de Lobera infringieron a los de Isuerre en un memorable partido de fútbol, cuyo resultado, según las crónicas de los especialistas en deportes, no fue igualado hasta el histórico España-Malta; o aquel otro partido, “chicos-chicas”, jugado en las eras de poniente, con la participación activa de las maestras con el equipo de chicas, y el maestro con el de chicos, en el que el fragor de la batalla deportiva alcanzó tal grado de competitividad, que ninguna de las dos partes quería dar su brazo a torcer, y menos abandonar el terreno de juego, hasta que quedara claro quién era el vencedor, sin percatarse de que la noche había caído ya sobre Lobera. Aunque muy deportivamente, por supuesto, aquel día se repartió allí “leña” como para plantar unas cuantas carboneras de las que aparecen en el programa de D. Eugenio Monesma. Las huellas tangibles de tal evento salieron a la luz al día siguiente en forma de moratones múltiples, repartidos por diversas regiones de las extremidades inferiores. ¿Quién dijo que vivir en un pueblo era aburrido?
